martes, 24 de abril de 2018

CREENCIAS


     “Dios existe”, “Dios no existe”, “Yo no creo en Dios”, “Yo soy creyente y sí creo en Dios”.

     Con estas frases y con muchas otras de igual firmeza, pero a la vez de desigual opinión y aseveración, se da a conocer la postura que cada uno tiene acerca de la existencia de Dios y, con ello, posicionarse a un lado u otro según lo que para cada uno signifique la religión, en este caso cristiana.

     Qué Dios existe es un rumor inmortal que ha acompañado siempre al hombre durante toda la humanidad, si bien no es éste el mismo Dios en el que creían todas las culturas y civilizaciones anteriores al nacimiento de Jesús y el comienzo del cristianismo en el mundo.

     El hombre siempre ha sentido la necesidad de creer en algo. Si en la referida anterior antigüedad los hombres creían en varios dioses asociados a la tierra, a la naturaleza, al agua, ríos y lagos, animales diversos e incluso en el sol y en la luna, con los cambios sociales esa creencia se ha ido diluyendo para creer en algo más material y, a la vez, más cercano y más inmediato, como un horóscopo o incluso en su equipo de fútbol con el jugador estrella a la cabeza, santificándolo como su dios personal. Pero la necesidad de creer siempre ha estado ahí, una necesidad imperiosa de mantenerse en contacto con una fuerza superior cuya presencia puede ser invocada, aplacada o desafiada, y que, si las respuestas humanas con apropiadas, puede influir en las vidas de los creyentes y no creyentes.

     Actualmente hay quien considera que la fe en lo sobrenatural es una postura primitiva, incluso patética, nacida de una inseguridad asociada a una neurosis. Otros se agarran a la creencia en lo divino como una necesidad humana de creer en la existencia de un “algo” establecido y deliberado para justificar un mundo que sufre, convencidos por encima de toda duda y escepticismo sobre la realidad y certeza de su fue. Pero cualesquiera que sean las convicciones personales de cada uno, creyentes y no creyentes (religiosamente hablando), no se puede dudar de la influencia que en él ejercen las numerosas creencias, tanto actuales como pasadas.

     A pesar de las profundas diferencias entre unos y otros, a la hora de invocar a su dios o a su creencia, ambos lo hacen buscando una esperanza que les permita facilitar su vida, incluyendo la solución a corto o medio plazo de algún que otro problema doméstico y cotidiano que pueda surgirle a lo largo de su existencia.

     Si a pesar de la invocación a esa fuerza superior no se obtienen las respuestas que se desean o son respuestas inapropiadas, se deja de lado a los dioses y creencias particulares y personales, y se comienza a culpar de las desgracias a Dios, el Dios cristiano, el mismo al que se niega y defenestra en el momento en que las respuestas obtenidas son óptimas y adecuadas a las invocaciones realizadas.

     La misma postura y el mismo posicionamiento se adopta cuando aparece un mundo de violencia, de pobreza, de catástrofes naturales, de pavorosos dolores, de muertes violentas e innecesarias (si es que alguna lo es). Tanto si se es crédulo como si no, siempre se acaba pensando lo clásico: “si Dios existe, ¿por qué tolera esto? ¿Por qué calla? ¿Dónde está Dios cuando el hombre sufre? ¿Por qué permite Dios que ocurra esto? ¿De verdad quiere Dios que esto suceda?”. Se demandan respuestas a estas preguntas incontestables cuando los propios dioses abandonan al hombre y no quieren saber nada de él. Se buscan las respuestas en quién más a mano se tiene, en quién resulta más familiar en esas situaciones: en Dios. Se sabe que es omnipotente, por lo que podría evitar tanto sufrimiento personal y general, y también se sabe que es bondadoso, por lo que también querría evitar tanto sufrimiento. Sin embargo no hace ni una cosa ni la otra. Al contrario, da la sensación que mira para otro lado, a modo de “hacerse el loco”. Aún así, siempre se le tiene presente, como chivo expiatorio de los males o como botarga en quién descargar las culpas.

     Aún así siempre hay un punto de inflexión en la vida o una situación difícil en la que la respuesta demandada es más personal e interior, más crédula. Se apartan por unos momentos las creencias opuestas a Él y se le demanda, no una solución, pero sí una explicación sincera de lo sucedido.

     “¿De verdad quiere Dios que me pase esto?” Fue la respuesta que le exhortó un adolescente hacia su madre cuándo ésta utilizó una cómoda frase hecha para tratar de normalizar y en poner en Sus manos el desenlace final de una enfermedad maligna diagnosticada en el hijo adolescente. Madre creyente, adolescente no creyente, pero, ante todo lo venidero, le brotó la duda, acordándose de Dios, si de verdad era merecedor de todo lo que le iba a pasar, llegando incluso a plantearse la posibilidad de la existencia de Dios. Al final posturas opuestas que confluyen en el mismo punto, y hacen aumentar en ambos la fuerza y la rabia para preguntarse si de verdad Dios existe.

     Teológicamente hablando, decir que “Dios existe” o “Dios no existe” es un error. Todo lo que existe nace, crece y muere. Dios no ha nacido (nació su hijo Jesús, no Él), no ha crecido y no ha muerto (mismo argumento que para el nacimiento). Por lo tanto es tan inútil argumentar que Dios no existe como tratar de demostrar que existe. Pero ante situaciones difíciles no se plantea su existencia ni la condición propia de credulidad hacia Él; tan sólo uno se acuerda de Él, se le nombra, se le invoca, se exige su presencia, su omnipotencia y su bondad, incluso se le llega a desafiar, aunque cuando todo retorna a la normalidad, retornan también las creencias propias y primigenias.

     ¡Vaya por Dios! ¡¿Qué le vamos hacer?!

     ¡Que sea lo que Dios quiera!


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