martes, 30 de marzo de 2021

DON INO Y LA SECULARIZACIÓN DE LA SEMANA SANTA

 


Ilustrísimas y reverendísimas fuerzas vivas todas que pululáis por este templo de la sabiduría y el conocimiento, que os decantáis por textos ensalzadores del dios Hipnos en vez de disfrutar de imágenes poderosas, edificantes y dignas de toda loa sobre el ser humano y sus formas y maneras de ser aún mejores personas de lo que ya lo son (¡el que lo sea o quiera ser!), autoridades domésticas y de “andar por casa”, hermanos mayores, medianos y pequeños. Hermanos todos: hoy es un buen día pandémico, vírico y con “el moco tendío” para sermonear uno, oír todos y escuchar pocos o ninguno, y continuar con nuestra tan querida, controvertida y, a veces, problemática Semana Santa.

En este nuevo pseudopanegírico me gustaría hacer alusión a una situación que comenzó a ir tomando cuerpo y forma hace ya unos cuantos años, y que en la actualidad está muy implantada en nuestra sociedad, incluida la parte o faceta religiosa, cristiana y católica, por supuesto. Me estoy refiriendo concretamente a la secularización de la Semana Santa, al laicismo de la misma, a su separación de cualquier confesión religiosa, cristiana y católica en este caso. Si la Semana Santa conmemora la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús entre nosotros, su tránsito desde este mundo hacia su Padre, hacia Dios, ¿qué ha podido suceder para que esa dimensión totalmente cristiana pueda haberse convertido de una dimensión cuasi profana? ¿Qué ha ocurrido o cambiado en nuestra sociedad para que se pueda haber producido ese cambio tan radical, opuesto y profundo?

Antes de tratar de dar una respuesta a esas preguntas deberíamos analizar qué ha ocurrido realmente en nuestra sociedad para que se haya podido producir ese cambio tan radical. Ese análisis, para que pueda tener algo de valor y pueda ser la puerta de entrada a la razón de la desacralización de la Semana Santa, debe ser claro y, sobre todo, verídico y realista, sin paños calientes, sin tapujos, llamándole al pan pan, y el vino vino. Un análisis en el que nos veamos todos reflejados, en el que estemos todos incluidos y con el cual se nos incite a realizar un acto de contrición por ser creadores y partícipes activos de esta nueva sociedad.

Como todos sabemos, el proceso globalizador al que está sometido en la actualidad el orbe mundial ha cambiado totalmente la perspectiva de la sociedad y, por ende, del hombre, del ser humano. A ese cambio tan brutal no podía ponerse de perfil la sociedad española, contagiándose del mismo e incluso extrapolándolo a su faceta más íntima y personal como es la religiosa en este caso.

Actualmente, nuestra sociedad es una sociedad sin identidad, cuyo ritmo cotidiano desborda inconsistencia del ser. Se vive en una constante y perpetua individualización colectiva, en una estetización de la realidad, fugacidad del disfrute, con relaciones personales inconsistentes, con pasión y fervor exagerados, y con una moral espontánea permisiva y autolegitimante. El ser humano vive y se orienta exclusivamente por lo inmediato, lo pragmático, lo empírico, y suele acabar buscando un horizonte finito y superficial, un estado dionisíaco que le permita su emancipación y le otorgue una identidad propia en una oscuridad y tenebrosidad vital, donde no quiere fundamentos absolutos, donde el principio unificador de todo es encontrar la profundidad de la vida, entendida ésta como un renovado “carpe diem” o “collige vigorosas”, antes de que la vida se marchite. Se vive en el permanente cambio, en la permanente movilidad, lo que acarrea una desvirtualización general de la persona.

Esa alteración de la verdadera naturaleza del ser humano afecta también a la faceta religiosa, la cual se ve alterada ante la propuesta de una desclerialización de la misma, buscando una religión que no moleste, que haga estar bien a uno mismo, que garantice el confort aunque sea un coladero de injusticias y éticas deshumanizantes. El relativismo y la privatización de la religión puede generar una religiosidad-humanidad-sociedad babélica que, lejos de ser tolerante e integradora, puede acabar en división, exclusión y conflicto. Ese fenómeno secularizador actual y contemporáneo trata de acabar con los restos confesionales que impregnan el terreno social.

Fiestas que antes estructuraban la vida de la sociedad han pasado a paganizarse o descristianizarse. Emergen Halloween y el Carnaval con más fuerza que nunca; la Navidad pasa a descristianizarse. Los nombres de los santos siguen existiendo, pero sólo para identificar fiestas locales importantes; las fiestas patronales no buscan honrar a nadie. Festividades religiosas apreciadas por la tradición popular son sustituidas por manifestaciones folclóricas de gran sugestión, hasta el punto de reducirlas a un mero acto sociocultural, disociando el aspecto lúdico del espiritual. Los momentos religiosos se han ido exteriorizando en múltiples tradiciones festivas que han reutilizado costumbres precedentes de tradiciones diferentes, queriendo enseñar al mismo tiempo a ir alternando el trabajo con el descanso para así podernos recuperar física y espiritualmente. La consigna es no entorpecer el ritmo laboral de la sociedad: Corpus Christie o la Ascensión han sido trasladadas al domingo siguiente, al igual que la mayoría de las fiestas patronales. Se ha pasado de un universo mental sacralizado a una sociedad secularizada, a un cristianismo desinstitucionalizado que busca fluir por otros itinerarios más significativos de la vida real y de la experiencia cotidiana.

Las iglesias han sido apartadas de la experiencia religiosa de nuestra sociedad. Los espacios tradicionalmente cristianos han dejado de ser significativos para el creyente actual. Entrar en una iglesia, celebrar la liturgia del santo patrón del lugar no provocan ninguna reacción cristiana, sino más bien indiferencia e incluso paganismo. Los recintos y tiempos de nuestra tradición han dejado de estructurar la vida de los bautizados, no aportando ni principio de identidad ni de sentido. Son más bien otros recintos con diferentes sentidos del tiempo los que nos uniforman y aportan experiencia humano-religiosa en la actualidad. Parques y calles, grandes superficies comerciales, estadios de fútbol, gimnasios, las calles de las procesiones, los senderos y caminos hacia la ermita de un santo, los ensayos en parques o lugares parecidos se han convertido en lugares comunes contemporáneos que aportan identidad y sirven de grandes templos de experiencia personal nueva, lugares con camuflaje neopagano.

La actual religiosidad profana incorpora otro sentido del tiempo, aportando ritos y prácticas que, en definitiva, acaban aportando a la persona otra perspectiva de la vida y otro dios al que adorar. El acontecimiento pascual es sustituido por la “resurrección” del cuerpo, a quién realmente hay que adorar y por el que sí merece la pena ayunar, incluso sometiéndolo a ascesis mayores que las absurdas penitencias cristianas. Los mismos que no entienden, critican y se mofan de la abstinencia cristiana de los viernes cuaresmales, recaen en una ascética exagerada y perjudicial para la salud: dietas extremas, ingestión de fármacos, operaciones de alto riesgo, etc. Tienen claro por qué dios se está dispuesto a sufrir o qué sacrificar, aunque, paradójicamente, ante la increencia de un dios que los puede salvar, no obstante ponen una vela a la Virgen por lo que pueda pasar, teniendo conciencia (a veces invencible) de no haber hecho nada malo, nada “ofensivo” a Dios, pero solicitan la absolución que les salve.

El proceso globalizador y la creciente secularización han provocado una desalentadora y destructiva reducción de acontecimientos rituales y solemnidades a una simple atracción turística, permitiendo la pérdida del específico sentido de lo sacro, ignorando los aspectos a los que remiten cada uno de los elementos simbólicos presentes en esta celebración. La creciente explotación turística que en la actualidad se está haciendo de la Semana Santa está influyendo negativamente en la conservación de sus tradiciones. No son infrecuentes las llamadas de atención hacia estas realidades, e incluso su repercusión en la opinión pública. El complejo festivo ritual configurado por la Semana Santa en España en la actualidad ha sobredimensionado determinadas realidades y provocado cuantitativas transformaciones debido a esa conversión en explotación y atracción turística, todo ello bajo el influjo del “modelo procesional andaluz”, con su lujuria sensorial, estética barroca y sus piropos a las bellas tallas de las vírgenes. Mientras que la sociedad es más laica y el sentido vacacional de la fecha se va imponiendo sobre el litúrgico, de forma aparentemente contradictoria se experimenta un auge de la participación activa en las procesiones, aumentando el número de cofradías y penitentes, y las riquezas de pasos o tronos que sustentan las imágenes.

La desacralización y desvirtualización propuestas por el hombre moderno han alterado el contenido de su vida espiritual, pero no han roto las generatrices principales de su imaginación. Un inmenso residuo mitológico perdura en él, generando la necesidad de creer en algo, la necesidad de mantenerse en contacto con una fuerza superior cuya presencia pueda ser invocada, aplacada o desafiada, y que, si las respuestas humanas son apropiadas, puedan influir en sus vidas. Es muy raro y tremendamente difícil no sostener absolutamente nada ni ninguna opinión personal acerca de lo que subyace a la existencia del hombre. Por naturaleza, toda persona tiende, por alguna mediación, a intervenir de algún modo en el curso de su destino de vivientes y mortales para satisfacer sus esperanzas y colmar sus temores. Demanda algo que realmente le aporte identidad de individuo y de grupo para desenvolverse en una sociedad cuyo ritmo cotidiano desborda en fragmentación, sin sentido, relativismo e inconsistencia del ser.

     En respuesta a su petición, propone ese cristianismo desclerializado y desinstitucionalizado al que se viene aludiendo, un cristianismo que le haga fluir por otros itinerarios más significativos de la vida real y de la experiencia cotidiana, reformando tradiciones pero, sobre todo, abriendo horizontes alternativos y novedosos que le sumerjan en el mundo de lo afectivo-emocional con pequeñas degustaciones o libaciones de amistad, fraternidad, cariño y, ¡cómo no!, de fiesta. Estaríamos, por tanto, asistiendo al nacimiento de un nuevo cristianismo, de una nueva religiosidad popular que trataría de manifestarse a través de la dimensión cultural y/o folclórica que, a su vez, tanto tiene que ver con las dimensiones estéticas y bellas.

Los ritos y los mitos que han dado forma, saber y sabor a las tradiciones religiosas, quieren ser reutilizados en múltiples manifestaciones folclóricas de gran sugestión popular y personal. Se trata de superponer lo sagrado y lo profano, no ya como oposición entre ambas opciones, sino como complementación, del mismo modo que en la existencia humana conviven el bien y el mal, la gracia y el pecado, la alegría y el dolor, o el trigo y la cizaña, ya en lenguaje más evangélico y simbólico.

Pero mientras ese nuevo nacimiento va tomando forma en la placenta social y personal de cada uno, ese residuo mitológico aún mal controlado los arrastra involuntaria e inconscientemente hasta ponerlos frente a frente ante Dios.


 

 


lunes, 29 de marzo de 2021

CONSIDERACIONES SOBRE LA SEMANA SANTA (Divertimento Pascual) III

ORÍGENES: EL PÉSAJ O PASCUA JUDÍA


Originariamente, la Pascua es la fiesta semítica del retorno primaveral de la vegetación, fiesta común a todas las civilizaciones primitivas y asociadas con la presentación de la primera gavilla de cereales a los dioses de la naturaleza. Su origen se pierde en el tiempo, en una antigua institución religiosa anterior a los tiempos de Moisés y asociada a un pueblo de pastores nómadas a la que se unió otra de carácter agrícola, la de los ácimos, en la que estaba prohibido el consumo y posesión de pan o de cualquier otro producto con levadura. La sal esa sustituida por hierbas amargas que crecen en el desierto, y se debía consumir todo el cordero que se sacrificaba, actitud propia de pueblos nómadas dispuestos a continuar su camino el día siguiente.

La Pascua es por tanto la evolución de una antigua fiesta de primavera de los pastores trashumantes, pero se piensa que después que los hebreos se convirtieron en sedentarios, abandonaron su celebración como lo atestigua la ausencia de referencias sobre la Pascua en los libros sagrados anteriores al exilio.

Se supone generalmente que su nombre viene de pasah, “pasar” en el sentido de dispensar (Éx 12, 23)[1], aludiendo a que el Señor pasó por Egipto sacrificando a los primogénitos egipcios y “respetando” las casas de los israelitas que estaban marcadas con la sangre del cordero que había sido sacrificado por instrucciones de Moisés. También ese término “paso” alude al paso del pueblo de la esclavitud de Egipto a la libertad del camino hacia la tierra prometida, y al paso del pueblo por el Mar Rojo, que Dios había abierto para que escaparan de los egipcios que los perseguían y que Dios cierra para ahogar ahí a los soldados y al faraón.

Los hijos de Israel salen de la servidumbre para entrar en la libertad, y la profusión de leyes que rigen la celebración de la Pascua tiene por objeto rememorar este hecho. La Pascua que vivió aquel pueblo anuncia la Pascua definitiva que vivirá Jesús para liberar al hombre de la esclavitud del pecado.

Paso del Mar Rojo. Los Diez Mandamientos.

Pero para hablar de los orígenes de la celebración de la Pascua Cristiana necesariamente tenemos que rememorar la fiesta judía del Pésaj, ya que no podemos olvidar que los primeros cristianos eran judíos, y, según se narran en los Evangelios, Jesús llegó a Jerusalén a celebrar con sus discípulos la pascua judía.

El Pésaj es una festividad ancestral del pueblo judío que conmemora su salida de Egipto, relatada en el libro bíblico del Éxodo 12,14-20, y es el hito que marca el nacimiento del pueblo de Israel como tal. El Libro del Éxodo narra las penurias que el pueblo de Israel pasaba como esclavo en Egipto y cómo Dios llama a Moisés para que lo libere, prometiéndole una tierra próspera y fértil que Él les daría en propiedad si los israelitas decidieran dejar la seguridad y la esclavitud de Egipto. Después de muchos problemas, los hebreos emprenden el camino por el desierto hacia la "tierra prometida". Por lo tanto, el motivo central de la festividad del Pesaj es la libertad (jerut).

Al Pésaj se le conoce también como la Pascua Judía, cuyas raíces están en la historia de la Torá. Está marcada por dos acontecimientos de la tradición de los primeros israelitas: la inmolación de los corderos en primavera, que corresponde a la época nómada del pueblo de Israel, y la fiesta de los panes ácimos, conocida también como la fiesta de los Panes sin Levadura.  A estos se fueron añadiendo otros elementos esenciales en la vida del pueblo de Israel, como la liberación de Egipto y la Alianza en el Sinaí, y la Pascua se convierte así, ante todo, en una experiencia de liberación y alianza.

Por tiempos de Ezequías (s. VII a.C.) se produjo una transformación religiosa que tiene su expresión en el código legal del Deuteronomio que replantea la Pascua nómada con la antigua fiesta agrícola de los ázimos. Las novedades del código deuteronómico se centran en la posibilidad de sacrificar ovejas y ganado vacuno (quizás resultado de un cambio en la producción ganadera). Dicho código exigía que la Pascua fuese celebrada en un lugar determinado, permitiendo que pueda cocerse y trocearse, como lo podía exigir la víctima del sacrificio si fuera un buey. Las normas de la celebración de la Pascua expuestas en el Éxodo se referían sólo a los hombres varones, pero en el Deuteronomio se convoca a todo el pueblo sin distinción. Dichas reglas deuteronómicas tampoco expresaban con recisión en qué día debía celebrarse la fiesta.

La celebración de la Pascua Judía o Pésaj dura siete días y su punto culminante es la Cena Pascual (Séder) donde se recordaba y se celebraba el paso de Dios, compartiendo los panes ácimos, el cordero inmolado, el vino de la alianza y las hierbas amargas de la esclavitud pasada. Realmente, la Última Cena de Jesús con sus apóstoles no es otra cosa que la celebración del Séder o Cena Pascual durante el Pésaj judío. El propio Jesús, de origen judío, llegó a Jerusalén para unirse a la celebración de los israelitas e igualmente se preparó para el ritual de la última cena o Séder[2].

Jesús, celebrando esta “Cena pascual” con sus discípulos, da origen a la “Pascua cristiana”

            La Pascua, tal cómo era celebrada en tiempos de Jesús se iniciaba con el sacrificio del cordero pascual en el Templo, al que le seguía el banquete casero. La destrucción del Templo de Jerusalén por Tito Flavius en el año 70 a. C. imposibilitó que en lo sucesivo se siguiera sacrificando la víctima, por lo que se continuó celebrando el banquete pero sin cordero pascual, o al menos sin su sacrificio ritual.

            La celebración de la Pascua en tiempos de Jesús se iniciaba en la noche que va del 13 al 14 de Nisán, o primer mes de la primavera. El padre de familia buscaba con la ayuda de una vela restos de pan u otros alimentos que hubieran fermentado con levadura. El cordero era sacrificado en la tarde del 14 de Nisán. Cada israelita llevaba el cordero que él mismo sacrificaba, mientras que el sacerdote recogía la sangre de la víctima y la vertía sobre el altar. Después el sacerdote quemaba los trozos grasientos del cordero. Terminado este ritual, cada israelita se llevaba el cordero a su casa, donde lo asaba en una rama de granado.

            En las Pascuas celebradas en tiempos de Cristo ya no era preceptivo llevar la indumentaria de los caminantes, sino que el banquete se había transformado, adquiriendo las características greco-romanas, con los comensales sentados, como manifestación de una fiesta de liberación donde todos los miembros debían comportarse como personas libres.

La fiesta de la Pascua se inicia, aproximadamente, el 14 del mes de Nisán, coincidiendo con el inicio de la Semana Santa cristiana, en torno al equinoccio de primavera. Abarca siete días, y durante la misma queda prohibida la ingestión de alimentos fermentados y derivados de la harina, llamados en hebreo jametz (la raíz de la palabra indica “fermentación”). En su lugar, durante la festividad se acostumbra a comer matzá, o pan ácimo[3]. Según la tradición, el pueblo judío salió de Egipto con mucha prisa y sin tiempo de prepararse, por lo que no hubo tiempo para dejar fermentar la masa con la levadura y cocer el pan para el camino, y de esta creencia deriva la prohibición de ingerir jametz. En estos días se come pan ácimo, sin levadura, como señal de humildad; también se toma una copa de vino, bebida que alegra el corazón.

La salida de Egipto se rememora todos los años en las dos primeras noches de Pascua, durante la cual se cena en familia y se lee el Agadá, relato en hebreo del Éxodo según los textos rabínicos.

En las fechas previas a la Pascua, hay que hacer en las casas y propiedades judías una meticulosa limpieza para eliminar de utensilios y vestidos cualquier resto de alimento que contenga levadura, ya que según cuenta la Biblia, los judíos salieron de Egipto tan deprisa que no hubo tiempo para que la masa leudara, fermentara con la levadura. Un preciso ritual indica la manera de proceder con esos alimentos y con los recipientes que los han contenido, siendo costumbre tener una vajilla especial para usarla sólo en Pascua.

Plato ritual del Séder durante el Pesaj

El séder tiene como objeto primordial revivir y hacer comprender a los niños el hecho milagroso de que fueron protagonistas los antepasados judíos. Por eso el momento culminante es cuando, casi al comienzo de la Agadá, el más pequeño de la casa (o en su defecto la mujer) hace la pregunta: "¿Por qué esta noche es diferente de todas las otras noches?".

Para la cena se prepara un plato en el que se ponen varios alimentos que deben consumirse en el séder y que simbolizan las penalidades y sufrimientos de los judíos en Egipto, así como la intervención milagrosa de Dios a favor de su pueblo; a saber:

·         Tres panes ácimos (masot) puestos uno encima del otro, que son el símbolo de los tres sectores del pueblo judío: sacerdotes, levitas y el resto del pueblo.
·         Verduras amargas (maror), como lechuga, endivia, rábanos picantes, berros, etc., que son el símbolo de la amargura de la esclavitud.
·         Una pasta (jaróset) hecha con frutos secos, canela, miel, manzana y vino: recuerda el mortero con que se hicieron las construcciones para el faraón de Egipto.
·         Un trozo de brazo (zeroa) de cordero, que representa el brazo tendido de Dios que liberó a los hijos de Israel de la esclavitud.
·         Apio (karpás), la primera hierba amarga, que se moja en un recipiente con vinagre o agua salada.
·         Un huevo (besá) cocido, comida propia de luto, que simboliza la fugacidad de lo terreno y alude al dolor por la destrucción del templo de Jerusalén.
·         Un recipiente con agua salada o vinagre para mojar el karpás, que recuerda las aguas del mar Rojo que hubieron de atravesar los israelitas en su huida.

Plato ritual del Séder con los alimentos a consumir durante la cena.

Durante la celebración, cada uno de los comensales debe tener un Agadá, libro con el relato del Éxodo que contiene elementos narrativos y folclóricos, y se lee durante la cena; es en realidad un manual para el séder que contiene el texto hebreo y frecuentemente se traduce a otras lenguas.

A lo largo de la cena se bendicen y se consumen cuatro copas de vino, cuyo significado explican la Biblia y el Talmud. Una de ellas se refiere a la promesa de redención divina a Israel expresada en cuatro verbos en primera persona (Ex 6, 6-7): "os sacaré, os libraré, os redimiré, os tomaré". En la Torá se prevé una quinta copa para el profeta Elías, presente en todas las celebraciones judías, y que se consumirá si alguien ajeno a la familia se uniese a la celebración, símbolo de la hospitalidad que debe reinar en todo hogar judío, en especial en esta celebración.

Celebración del Séder o cena pascual durante el Pésaj (Pascua judía)

 



[1] “Porque el Señor pasará para castigar a Egipto; pero al ver la sangre en el dintel y en los dos postes, pasará de largo por aquella puerta, y no permitirá que el Exterminador entre en sus casas para castigarlos”. (Ex 12, 23).
[2] El origen del Séder podría provenir de los simposios (banquetes) griegos, donde alrededor de una mesa de comida, y recostados en almohadones, se debatía toda la noche sobre algún tema determinado. Estos elementos se preservan en el ritual del Séder.
[3] La hostia católica tiene su origen en la matzá.

CONSIDERACIONES SOBRE LA SEMANA SANTA (Divertimento Pascual) II



A MODO DE INTRODUCCIÓN

La Pascua es la fiesta principal y la más antigua de los cristianos. Es el corazón del año litúrgico. León I (sermón xvii en Exodum) la llama la fiesta mayor (festum festorum, máxima fiesta), y dice que la Navidad se celebra en preparación para la Pascua, pues si en la natividad nació el Salvador y nos llenó de gozo su venida, aún mayor alegría nos causa el cumplimiento de las promesas de Dios al enviarnos a un Salvador que rescatará a la humanidad entera del pecado. En los primeros años del cristianismo, estos días fueron denominados Gran Semana o Semana Mayor.

            La Pascua es la conmemoración anual que las iglesias cristianas hacen del misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, la Resurrección del Cordero Inmolado: Jesucristo. Recuerda los últimos días de Jesús de Nazaret en la tierra, rememorando todos aquellos acontecimientos que vivió y que le llevaron a morir en la cruz, resucitando a los tres días de su muerte. Manifiesta la victoria ganada en la Cruz por Jesús sobre el demonio.

Para celebrar el aniversario de estos acontecimientos salvadores, cada año, en la fecha apropiada (el primer domingo después de la primera luna llena de primavera), los cristianos conmemoran la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo.

Las celebraciones comienzan el Domingo de Ramos, con el recuerdo de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén (que hoy se conmemora con la bendición de palmas en la misa), y terminan el Domingo de Resurrección. Entre medias, el Jueves Santo se recuerda la Última Cena de Jesús con los apóstoles, donde se instituyó el sacramento de la Eucaristía. El Viernes Santo se conmemora la Pasión y Muerte de Jesús en la cruz, para, posteriormente, el Sábado Santo pasarlo esperando, cerca del sepulcro de Cristo, su resurrección, que se celebra con júbilo la misma noche del sábado en la Vigilia Pascual, que abre la puerta y da el pistoletazo de salida a las grandes celebraciones del Santo Día de Pascua, Domingo de Resurrección, y que se alargarán durante 50 días más, hasta Pentecostés, fiesta de la llegada del Espíritu Santo.

De todas las celebraciones de la Semana Santa o Semana Mayor, la Vigilia Pascual (noche del sábado al domingo) quizás sea la celebración más solemne e importante de todo el año litúrgico cristiano. Esa noche se bendice el Fuego Nuevo y se enciende el Cirio Pascual, se canta el Anuncio de la Pascua, y se leen las lecturas del Antiguo Testamento que nos narran la historia de la Salvación, sobre todo la primera pascua, la pascua judía, que se sucede con la salida de los hebreos esclavos de Egipto y su éxodo hacia la Tierra Prometida, después de su paso por el Mar Rojo. La historia de la creación, el sacrificio de Isaac y el cruce del Mar Rojo son otras de las lecturas que también se leen en esta Vigilia Pascual del sábado santo.

Las lecturas bíblicas finalizan con la solemne proclamación del Evangelio de la Resurrección, precedida por el retorno del canto del Aleluya, silenciado durante toda la Cuaresma. Posteriormente se bendicen las fuentes bautismales, se bautizan a aquellas personas que se han preparado para ello, y todos renuevan las promesas de su propio bautismo -esa agua bendecida durante la Vigilia Pascual se usará para los bautismos de todo el tiempo de Pascua-. Finalmente se celebra la Eucaristía Pascual, Eucaristía que se repite cada domingo, sobre todo los domingos de Pascua, para revivir y conmemorar la Resurrección de Cristo como epicentro de la fe cristiana.

La Última Cena. Leonardo Da Vinci

            Pero realmente la Pascua no se reduce solamente a esa Semana Mayor o Semana Santa, como popularmente se la conoce. La Pascua Cristiana abarca desde el Domingo de Resurrección hasta Pentecostés (quincuagésimo día, en griego), cincuenta (50) días (siete semanas, aproximadamente) que simbolizan la imagen de la eternidad que se espera obtener con la resurrección de Jesús que, a su vez, es señal de nuestra propia resurrección. El último día, el 50, los apóstoles recibieron el Espíritu Santo (pasaje narrado en el capítulo 2 de los Hechos de los Apóstoles) comenzando, posteriormente, a predicar el Evangelio. Fue realmente el principio de la vida de la Iglesia y el inicio de la acción evangelizadora.

            Si el final de la Pascua, con el día de Pentecostés, da comienzo un tiempo de gozo y plenitud eterna, también marca el inicio y la puesta en marcha del calendario civil y de otras actividades relacionadas con él, que constituían, y aún hoy constituyen, la base de buena parte de la economía: siembra, mercadeo, trashumancia, construcción, etc. Son reminiscencias del pasado, en la que la actividad económica, civil y militar recuperaba su pulso tras la oscuridad y los impetuosos fríos del largo invierno, que recuerdan las incertidumbres sufridas y la necesidad de efectuar provisión económica para la próxima temporada.

            También en el calendario religioso la Pascua marca el inicio de todas las fiestas movibles de la cristiandad, desde el martes santo (Oración en el Huerto de los Olivos) hasta los Sagrados Corazones, pasando por la Ascensión (40 días después del Domingo de Resurrección), Pentecostés, Corpus Christie, Santísima Trinidad y los anteriormente citados Sagrados Corazones. Son, pues, fiestas movibles relacionadas con la luna que incluyen también al carnaval, fiesta que marca el inicio de la cuaresma (miércoles de ceniza) con 40 días de preparación para la Pascua, terminándose el Jueves Santo para comenzar el Triduo Pascual. Estas fiestas movibles de carácter lunar se contraponen y a la vez se complementan con las fiestas de carácter solar, fiestas fijas en el calendario religioso, relacionadas, sobre todo, con los solsticios de invierno, Navidad, y de verano, San Juan Bautista, además de muchas otras que se celebraban en el mismo día todos los años, mayormente onomásticas de santos, con la fiesta de Todos los Santos (1º de noviembre) a la cabeza, fiesta que, a su vez, nos enlaza con el calendario celta, el cual indicaba el final del año y el comienzo del nuevo, con el inicio de Samhain, el oscuro invierno celta.

            Pero si hay una fiesta que debiera ser importante para un cristiano, y celebrarla con la máxima solemnidad, esa fiesta es el Domingo de Resurrección. El Domingo de Resurrección o Domingo de Pascua es la piedra angular de todo el calendario litúrgico cristiano. Es el día en que se rememora y se conmemora la Resurrección de Jesús, verdadero pilar de la fe cristiana que apuntalamos esperando nuestra resurrección. Por tanto, debería ser el día de mayor fiesta de todo el calendario litúrgico, la verdadera fiesta religiosa, la fiesta de todas las fiestas, la fiesta de la renovación de nuestra fe. Sin embargo, no hace falta poner mucha atención para darse cuenta que lo que el hombre celebra con verdadero “entusiasmo” no es la Resurrección, sino la Pasión y Muerte de Jesús.

            Durante toda la Semana Santa, sobre todo de lunes a viernes, las calles de nuestro pueblo o ciudad se “engalanan” con verdaderas joyas de arte en forma de pasos procesionales. El olor de asfalto y polución dejan paso a un aromático perfume urbano con todo tipo de flores y especias. Las personas lucen sus mejores vestidos y ajuares, preparan las vituallas propias de estas fechas y la familia parece, por unos días, una unidad indisoluble llena de buenas intenciones. Sin embargo, llegando el sábado santo y Domingo de Resurrección, todo eso se desvanece, explota como una gran burbuja de jabón, como un bonito sueño arrebatado por el traicionero despertador. El Domingo de Resurrección se convierte en un domingo de despedidas, de lastimeos, de encierros de engalanajes, de choque con la realidad, dejando a un lado la Verdadera Fiesta Cristiana. Esa fiesta no pasa ni siquiera a un segundo plano; simplemente, no pasa, no se celebra, nadie se acuerda de ella. Parece como si el hombre se alegrara más con pasiones y muertes que con renacimiento y vida; se regocijara más en penas que en alegría, como si diera a entender y pusiera de manifiesto sus verdaderas pasiones e intenciones en esta corta vida. Deja de mirar una vez más al faro que le guiará en la vida para mirar de reojo a instantes efímeros y engañosos.

            El Domingo de Resurrección es el día grande de la fe cristiana, y como tal se debería celebrar. Pero el hombre, una vez más, olvida la importante y alaba la trivialidad.

La Resurrección de Cristo. El Greco


CONSIDERACIONES SOBRE LA SEMANA SANTA (Divertimento Pascual) I


             Meterse en camisas de once varas (meterse en problemas que, normalmente, no incumben); buscarle los tres pies al gato ( aparte que los gatos no tienen pies sino patas, nada tiene esto que ver con este animal felino y doméstico, sino con una forma métrica antigua a la hora de escribir poesía), son dos expresiones hechas que se utilizan en español y cuyo significado ni es compendio o suma de los significaos de las palabras que las componen. Proceden de la cultura o tradición popular, y utilizarlas adecuadamente denota un buen conocimiento y uso del idioma, sobre todo cuando son usadas en el contexto adecuado.

            Conociéndome como me conocéis de mi otra faceta como “tostoneador románico”, y sin dejar de lado mi condición eclesiástica, lo que ahora trato de acometer puede definirse con las dos expresiones anteriores.

            Mi faceta románica la abandono durante un tiempo (poco, ya que mis chiquetes, aunque no lo reconozcan, me echan de menos) para centrarme un poco más (tampoco mucho) en la eclesiástica, y tratar un tema que, precisamente por esa condición, puede parecer una irresponsabilidad proponerlo, además de dejar al descubierto una posible hipocresía guardada y bien escondida durante toda mi vida. Si a ello le sumamos mi saber o mi manera de contar días de la semana diferente a la de verdaderos y reputados investigadores sobre el tema a tratar, mi reputación no sólo estaría puesta en duda, sino que, directamente y sin anestesia, sería considerado como un vulgar charlatán embaucador, embustero e inculto ¡Ahí es nada!

            Aún así, y siendo consciente del riesgo que ello supone, voy a tratar de acometer este “divertimento pascual” (que no es sino eso, un divertimento) con la sola y única finalidad de entretener al mismo tiempo de motivar a un razonamiento, todo ello aderezado con una pequeña difusión de parte de las Sagradas Escrituras.

            Aterrizando: vamos a entretenernos en entender por qué la Semana Santa no cae siempre en las mismas fechas todos los años, como la Navidad y los Reyes Magos, y vamos a entretenernos también en analizar cómo pudo ser o qué pudo ocurrir durante los días de esa Semana Santa, días de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús de Nazaret.

            La condición eclesiástica de mi persona impide analizar esa semana en forma de divertimento, ya que mi fe en ella y en todo lo que la rodea antes, durante y después, es lo que verdaderamente da sentido a mi vida. Pero, tal y cómo está la sociedad hoy día, y la opinión que se tiene de ese asunto o de cualquier otro relacionado con la Iglesia Católica, me obliga (en el sentido cariñoso y casi paternal de la palabra) a exponer otro punto de vista, con el fin de tratar de acercar posturas entre ambos bandos en conflicto: sociedad e Iglesia. Y eso lo quiero hacer de una forma amigable, amable, divertida y amena, pero siempre respetando mis creencias y las de cualquier persona que las pueda tener como yo. El respeto hacia los demás debe imperar a la hora de exponer una opinión o realizar un razonamiento acerca de cualquier tema. Es fundamental para un buen funcionamiento de la sociedad y una convivencia “pacífica” entre sus miembros, lo que acarrea y genera un enriquecimiento para ambas partes.

            Con el deseo de conseguirlo que realmente estoy tratando de hacer, pido disculpas si alguien se siente ofendido en sus creencias e ideas. No es, ni de lejos, mi intención.

            Intentad abordar este tema como lo que realmente es: un “divertimento pascual”.

            Un saludo

            Don Ino


viernes, 26 de marzo de 2021

DON INO Y LA SEMANA SANTA

 


Ilustrísimas y reverendísimas fuerzas vivas todas que pululáis por este templo de la sabiduría y el conocimiento, que os decantáis por textos ensalzadores del dios Hipnos en vez de disfrutar de imágenes poderosas, edificantes y dignas de toda loa sobre el ser humano y sus formas y maneras de ser aún mejores personas de lo que ya lo son (¡el que lo sea o quiera ser!), autoridades domésticas y de “andar por casa”, hermanos mayores, medianos y pequeños. Hermanos todos: hoy es un buen día pandémico, vírico y con “el moco tendío” para tratar de hablar uno, oír todos y escuchar pocos o ninguno, acerca de un tema que, a medida que va pasando el tiempo, va generando más y más polémica, sobre todo socialmente. Un tema en el que todas las personas se autogeneran el derecho y la obligación de opinar, y en el que cada vez hay más detractores “practicantes”, postureadores” de cara a la calle, y cultivadores de aquello de lo que están empeñados en aparentar, pero que en el fundo no son más que feroces y agónicos ociosos en busca de un escape de sí mismos y de una libertad añorada el resto del año. Están en contra de la festividad de este tiempo, pero la preparan con una anticipación digna del mejor astrólogo de la antigüedad al predecir la llegada de tal o cual rey a su trono. Externamente siguen las directrices marcadas por sus “sidis”, sus mensajeros, mentores y guías sociales, pero internamente este tiempo festivo y celebrante les retrotrae a su infancia, a su familia, a sus pueblos, a sus años felices e inocentes donde sus amigos de juegos y escuela eran amigos de verdad, donde sus padres eran sus verdaderos mentores y valedores, y donde la paz, sobre todo interna, les hacía disfrutar cada momento vivido, momentos que nunca se han olvidado, y que en estos días tratan de recordar y rememorar, considerándolos su poderoso elixir para poder soportar el resto del año. Internamente los necesitan, e intensamente los tratan de aprovechar, aunque luego, externamente, pueda parecer otra cosa. Se puede engañar a todo aquel que lo queramos hacer, pero nunca podremos engañar a nuestro cuerpo y a nuestra mente.

Hermanos mayores, medianos y pequeños. Hermanos todos: un año llega el Domingo de Ramos. Un año más se lee la Pasión. Un año más la primavera pide paso anunciándose con la claridad nocturna de Selene, iluminando el inicio de un tiempo cíclico que otorgará al tiempo social un carácter festivo-religioso, recordándonos que el sentido del tiempo pertenece de igual manera tanto al dominio de la cultura como al dominio de la naturaleza. La intensa y clara iluminación selenita parece indicarnos que puede haber luz incluso en la más absoluta oscuridad, anuncio subliminal y anticipado de cómo va a ser el final de este tiempo cíclico festivo: vuelta a la luz después de días de tinieblas y oscuridad. Resurrección y vuelta a la vida después de abstinencias, sacrificios, sufrimientos, Pasión y Muerte.

Llena la luna primaveral comienza uno de los ciclos más importantes en que está dividido el calendario cristiano: la Semana Santa. Y Selene, con toda su cara plateada7 en lo alto, se erige en cruz y guía de toda la serie de actos lúdico-festivos-litúrgicos quizás más controvertidos de toda la sociedad española; mucho más en la actualidad, por el propio cambio social que se va produciendo, fruto y signo inequívoco de que permanece viva y evolutiva. Hay que tener en cuenta que las fiestas se han transformado, o quizás mejor dicho, reinventado. Han ido cambiando los factores sociales, políticos, económicos e ideológicos de la sociedad que las celebra. Por ello, un fenómeno tan complejo como la Semana Santa solamente puede abordarse teniendo presente todos los matices, y más si somos conscientes que al ser humano, un fenómeno vivo es cambiante.

La Semana Santa siempre ha sido una época del año en la que más se ponen de manifiesto las principales diferencias personales de cada uno para abordar ese tiempo lúdico-litúrgico, diferencias que se mantienen más allá de ese tiempo religioso, incluso engangrenándose durante todo el año, no sólo por parte de cofradías, hermandades o juntas locales, sino también por parte familiar, enfrentando a generaciones de familias aferradas a posturas irreconciliables y estáticas basadas en las vivencias y experiencias de ese tiempo que en muchos casos, y mayormente en la actualidad, no tienen por qué ser todas ellas vivencias de carácter religioso obligatoriamente.

Podríamos decir que la Semana Santa es una coctelera muy personal y particular. Unos le echan una experiencia primaveral, otros experiencia sensual antropológica, otros pertenencia a determinados colectivos, como el  barrio, la gente, su familia ,…, otros experiencia artística. Para otros es un contrato con la memoria, acordarse de cuando le llevaba su padre o su madre y ahora lleva a su hijo o a su hija. Cada uno hace su coctel a su manera, y luego se lo bebe a modo de acto metafórico acerca de cómo son sus vivencias y experiencias en “su” Semana Santa. Debemos tener en cuenta, y no lo podemos olvidar, que la Semana Santa afecta a una multiplicidad diferente de dimensiones: religiosa, social, económica, política, identitaria; involucra de una manera u otra a toda una sociedad, a todos los sectores de la población, por lo que no es indiferente para casi nadie.

            La Semana Santa convoca a creyentes y no creyentes unidos por la profundidad de las emociones que, cuando se comparten, son más hondas y profundas. Es una manifestación pública, es la vida que surge de las relaciones entre personas, actores esos días, que participan activa o pasivamente en manifestaciones objetivas, fundamentalmente de religiosidad popular, que con frecuencia son anacrónicas, pero no por ello carecen de un profundo significado. No podemos ni debemos olvidar que no hay, ni habrá, certificados para las verdades de la fe.

            Para vivir y entender la Semana Santa, la fe no es estrictamente necesaria. Puede vivirse desde la convicción, desde la duda, e incluso desde la descreencia. Entre las tres maneras hay un hilo invisible que las une a los sentimientos personales y a la identidad colectiva, a la memoria, al territorio, a la tradición y la cultura. Cada uno, individualmente, es quién elige a qué distancia se quiere colocar en cada una de esas manifestaciones: se puede vivir desde un misticismo profundo y abrazado a la liturgia más ortodoxa, hasta la simple expectación contemplativa, pasando por la admiración artística o el éxtasis estético. Por eso, la Semana Santa implica y mueve a tanta gente distinta, y por eso pertenece a lo más puro de los sentimientos, a un patrimonio inmaterial de todo un pueblo que en la actualidad no acostumbra a disponer de puntos de encuentro tan amplios, ni tan respetuosos, ni tan acogedores.

            Por todo lo dicho hasta ahora, podría parecer que la Semana Santa sea más profana que religiosa. Que nadie se asuste; tan sólo se trata de aclarar y actualizar conceptos. Aunque pueda parecer lo contrario, la Semana Santa es profunda y tremendamente religiosa, pero eso no quiere decir que el nivel de espiritualidad de quienes participan más activamente en los ritos litúrgicos que en los ritos populares sea más elevado, más verdadero. Un alto nivel de espiritualidad puede alcanzarse tanto en unos casos como en otros, como también pueden ser vividos ajenos a toda espiritualidad.

            La Semana Santa es una manera de relacionarse con Dios, pero también es una manifestación de religiosidad popular, una inculturización de la fe sometida a diferencias culturales y a la idiosincrasia propia de cada pueblo. Es la pervivencia de normas religiosas y valores sociales, el mantenimiento de las tradiciones de los mayores, la devoción de una imagen o la expresión de comunidad y de identidad propia a través de una cofradía. Se trata de la rememoración de otros momentos, otras vivencias, otras maneras de ser, otras maneras de estar. Porque, aunque pueda parecer mentira, la Semana Santa no es igual cada año, porque cada persona llega a ella de forma diferente y distinta, ya que cada año han pasado cosas diferentes que hace que no se llegue a ella de igual manera que el año anterior. Aun así, la vivencia de la Semana Santa siempre te paga con beneficios de carácter emotivo (¿quién no ha llorado delante de una imagen, delante de un paso?), espiritual, sentimental, estético o identitario con un colectivo humano permanente o temporal de contenido religioso o no.

            El fenómeno secularizador al que está sometida la Semana Santa en la actualidad no va acabar con el sentido confesional de la misma, bien sea religioso o social. La justificación de un estilo propio de vida personal e incluso grupal, el escapismo de la sobriedad, cuando no agonía de la vida cotidiana, en vez de generar un principio de sentido e identidad, cristiana o no cristiana, engendra otra perspectiva de vida en la actualidad: la celebración de la persona emancipada. Pero esa festividad actual personal y afectiva puede derivar en una experiencia fácilmente manipulable, totalmente alejada de la implicación religiosa y, sobre todo social e incluso personalísima que demanda la Semana Santa. Muchas de estas personas “libres” se implican en organizaciones, grupos sociales, cofradías, etc., con el convencimiento de la pertenencia a un grupo estable identitario, cuando en realidad de lo que se trata no es de una opción fundamental, sino de un instante altruista “necesario-para-mi”.

            La Semana Santa debe ser la esperanza renovada en el amanecer de una nueva sociedad que pretenda proyectar al individuo más allá de uno mismo, que lo haga sentir parte de algo en el que esté contenido, fuera de los límites de sí mismo como único universo.


jueves, 18 de marzo de 2021

CREENCIAS


     “Dios existe”, “Dios no existe”, “Yo no creo en Dios”, “Yo soy creyente y sí creo en Dios”.

     Con estas frases y con muchas otras de igual firmeza, pero a la vez de desigual opinión y aseveración, se da a conocer la postura que cada uno tiene acerca de la existencia de Dios y, con ello, posicionarse a un lado u otro según lo que para cada uno signifique la religión, en este caso cristiana.

     Qué Dios existe es un rumor inmortal que ha acompañado siempre al hombre durante toda la humanidad, si bien no es éste el mismo Dios en el que creían todas las culturas y civilizaciones anteriores al nacimiento de Jesús y el comienzo del cristianismo en el mundo.

     El hombre siempre ha sentido la necesidad de creer en algo. Si en la referida anterior antigüedad los hombres creían en varios dioses asociados a la tierra, a la naturaleza, al agua, ríos y lagos, animales diversos e incluso en el sol y en la luna, con los cambios sociales esa creencia se ha ido diluyendo para creer en algo más material y, a la vez, más cercano y más inmediato, como un horóscopo o incluso en su equipo de fútbol con el jugador estrella a la cabeza, santificándolo como su dios personal. Pero la necesidad de creer siempre ha estado ahí, una necesidad imperiosa de mantenerse en contacto con una fuerza superior cuya presencia puede ser invocada, aplacada o desafiada, y que, si las respuestas humanas con apropiadas, puede influir en las vidas de los creyentes y no creyentes.

     Actualmente hay quien considera que la fe en lo sobrenatural es una postura primitiva, incluso patética, nacida de una inseguridad asociada a una neurosis. Otros se agarran a la creencia en lo divino como una necesidad humana de creer en la existencia de un “algo” establecido y deliberado para justificar un mundo que sufre, convencidos por encima de toda duda y escepticismo sobre la realidad y certeza de su fue. Pero cualesquiera que sean las convicciones personales de cada uno, creyentes y no creyentes (religiosamente hablando), no se puede dudar de la influencia que en él ejercen las numerosas creencias, tanto actuales como pasadas.

     A pesar de las profundas diferencias entre unos y otros, a la hora de invocar a su dios o a su creencia, ambos lo hacen buscando una esperanza que les permita facilitar su vida, incluyendo la solución a corto o medio plazo de algún que otro problema doméstico y cotidiano que pueda surgirle a lo largo de su existencia.

     Si a pesar de la invocación a esa fuerza superior no se obtienen las respuestas que se desean o son respuestas inapropiadas, se deja de lado a los dioses y creencias particulares y personales, y se comienza a culpar de las desgracias a Dios, el Dios cristiano, el mismo al que se niega y defenestra en el momento en que las respuestas obtenidas son óptimas y adecuadas a las invocaciones realizadas.

     La misma postura y el mismo posicionamiento se adopta cuando aparece un mundo de violencia, de pobreza, de catástrofes naturales, de pavorosos dolores, de muertes violentas e innecesarias (si es que alguna lo es). Tanto si se es crédulo como si no, siempre se acaba pensando lo clásico: “si Dios existe, ¿por qué tolera esto? ¿Por qué calla? ¿Dónde está Dios cuando el hombre sufre? ¿Por qué permite Dios que ocurra esto? ¿De verdad quiere Dios que esto suceda?”. Se demandan respuestas a estas preguntas incontestables cuando los propios dioses abandonan al hombre y no quieren saber nada de él. Se buscan las respuestas en quién más a mano se tiene, en quién resulta más familiar en esas situaciones: en Dios. Se sabe que es omnipotente, por lo que podría evitar tanto sufrimiento personal y general, y también se sabe que es bondadoso, por lo que también querría evitar tanto sufrimiento. Sin embargo no hace ni una cosa ni la otra. Al contrario, da la sensación que mira para otro lado, a modo de “hacerse el loco”. Aún así, siempre se le tiene presente, como chivo expiatorio de los males o como botarga en quién descargar las culpas.

     Aún así siempre hay un punto de inflexión en la vida o una situación difícil en la que la respuesta demandada es más personal e interior, más crédula. Se apartan por unos momentos las creencias opuestas a Él y se le demanda, no una solución, pero sí una explicación sincera de lo sucedido.

     “¿De verdad quiere Dios que me pase esto?” Fue la respuesta que le exhortó un adolescente hacia su madre cuándo ésta utilizó una cómoda frase hecha para tratar de normalizar y en poner en Sus manos el desenlace final de una enfermedad maligna diagnosticada en el hijo adolescente. Madre creyente, adolescente no creyente, pero, ante todo lo venidero, le brotó la duda, acordándose de Dios, si de verdad era merecedor de todo lo que le iba a pasar, llegando incluso a plantearse la posibilidad de la existencia de Dios. Al final posturas opuestas que confluyen en el mismo punto, y hacen aumentar en ambos la fuerza y la rabia para preguntarse si de verdad Dios existe.

     Teológicamente hablando, decir que “Dios existe” o “Dios no existe” es un error. Todo lo que existe nace, crece y muere. Dios no ha nacido (nació su hijo Jesús, no Él), no ha crecido y no ha muerto (mismo argumento que para el nacimiento). Por lo tanto es tan inútil argumentar que Dios no existe como tratar de demostrar que existe. Pero ante situaciones difíciles no se plantea su existencia ni la condición propia de credulidad hacia Él; tan sólo uno se acuerda de Él, se le nombra, se le invoca, se exige su presencia, su omnipotencia y su bondad, incluso se le llega a desafiar, aunque cuando todo retorna a la normalidad, retornan también las creencias propias y primigenias.

     ¡Vaya por Dios! ¡¿Qué le vamos hacer?!

     ¡Que sea lo que Dios quiera!