jueves, 22 de junio de 2017

SIMBOLISMO ROMÁNICO (y V)



          Definitivamente se van haciendo mayores. Por mucho que quieran mantener juegos populares y tradiciones asociadas a estaciones del tiempo, el otro tiempo, el vivido, pasa inexorablemente, no hay quién lo pare.

         ¡Qué pequeños eran cuando comenzamos a tratar de inculcar el Arte Románico en todas sus facetas! Y ahora, ¡míralos!, unos muchachos y muchachas en toda regla, con todo lo que conlleva. Antes, al comienzo eran mucho más pequeños, ¿más felices?, y, sobre todo, más maleables, más adaptables a lo nuevo, como estas charlas románicas. Ahora son más suyos, más introvertidos, más egoístas, en posesión perenne de la verdad, su verdad, creada y modelada en ese individualismo característico de su edad, que no de su tiempo. Comienzan a tratar de hacerse ver, de hacerse valer, queriéndose hacerse mayores antes de tiempo, y, sobre todo, desconociendo lo que hay más adelante, pensando que si sus padres lo han hecho o cualquier otra persona, como yo, lo han hecho, ellos lo pueden hacer; ¡no puede ser tan difícil! piensan inocentemente y con desconocimiento total y absoluto de la vida. Creen que todo el monte es orégano, como suele decirse. Y así, los palos que les dan posteriormente suelen ser más duros y más secos, aunque su terca posesión de la verdad les impide poder entenderlos, que no asimilarlos.

         Se nota en las charlas o “tostones románicos”, como ellos suelen decir, esa evolución humana, ese crecimiento desigual entre el aspecto biológico y el psicológico y humano. Muy pocas veces van acompasados cual desfile militar o musical. Les cuesta aceptar que ese cambio o crecimiento biológico debe ir complementado con un crecimiento en todas sus facetas, y, como no podía ser de otra forma, con un crecimiento intelectual, no ya de su propio intelecto, que de eso no hay duda posible, sino también de un crecimiento cultural y social.

         Ese crecimiento cultural creo que se puede apreciar en estas charlas románicas. A medida que van creciendo, o a medida que va pasando el tiempo, la temática de ellas tiende a complicarse poco a poco, como está ocurriendo con las cuatro últimas charlas acerca del simbolismo románico, y esta otra quinta que también alude al mismo asunto. Es una temática compleja y a la vez muy complicada, porque al tocar la subjetividad del ser humano, sea de la época que sea, se está tocando la interioridad del mismo, se está tocando su yo, su ego, sus vivencias, sus pasiones, sus virtudes, sus pecados, sus alegrías, sus penas; en definitiva, se está adentrando en algo que se desconoce totalmente pero que se quiere o se trata de conocer, eso sí, intuyéndolo, tratando de adivinarlo, con toda la problemática que ello pueda acarrear.

         Tanto la subjetividad de estos chicuelos como las personas que habitaron en la época románica es una subjetividad que para los demás es un mundo totalmente desconocido. La única diferencia entre unos y otros es su forma de expresarla o sacarla al exterior. Los de ahora lo hacen con actos más o menos consecuentes y coherentes; los de antes quizás realizaron menos actos más o menos consecuentes y coherentes, fruto de su dura y corta vida, pero eran más expresivos a la hora de darse a conocer. Y, como ya sabéis por las charlas anteriores, lo hacían por medio de representaciones de signos, que bien podrían ser animales terrestres, aéreos o animales fantásticos y monstruos, como es el caso de hoy, además de representaciones de facetas de la vida o símbolos geométricos o arbóreos. En cualquier caso, la necesidad de expresar esa subjetividad propia y oculta a más no poder les hacía y les hace tratar de expresarse de una manera o de otra.

         La de hoy es una manera un tanto peculiar, ya que el hombre románico utilizó animales fantásticos y monstruos para tratar de expresar sus pecados y sus virtudes, el bien y el mal, lo bueno y lo mano. De eso es lo que va el nuevo “tostón románico” del simbolismo de animales fantásticos y monstruos.

Monstruo. Catedral de San Pedro. Vic. Barcelona.

         Primeramente deberíamos diferenciar claramente entre un animal perteneciente a la fauna que todos conocemos, y un animal fantástico o monstruo, que a su vez, tampoco tienen por qué ser lo mismo. Un animal de la actual fauna representa una realidad, la realidad, lo visual, lo empírico, lo palpable, reconocibles por sus respectivos caracteres pertenecientes a su especie sin necesidad de ir más allá. Representan lo genérico, lo común. El animal fantástico y el monstruo pertenecen al mundo fantástico, un mundo alejado de la realidad y de la fauna del planeta. Son figuras fabulosas con ciertos elementos animales que les hacen tener alguna semejanza con la fauna real. Son híbridos de varios animales. Son seres que vendrían a complementar a la Creación de las especies en los modelos cristianos, pero en clave de error, de anomalía, desviados del orden natural, excluidos del primigenio estado de gracia; en definitiva, son bestias en el sentido más negativo de la palabra, esos seres inferiores referidos en las Escrituras a los que no les aguarda la salvación y, por ello, servirían frecuentemente para encarnar valores negativos, muy al contrario que el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios en el Génesis (I, 26-27) convirtiéndolo en una criatura privilegiada y superior a las demás especies. Quizás sea una advertencia como recordatorio de la palabra de Dios. San Agustín argumentaba que la naturaleza se apartaba con frecuencia del orden natural de las cosas para recordar a los hombres que Dios es el artesano de todas las criaturas, y que no solo actuó una vez, sino que actúa cada día. De la misma opinión es también San Bernardo de Claraval, cuando, afirma que la forma humana lleva implícita un vínculo con Dios: “Es pues una verdad cierta que no se halla ni se puede hallar en el infierno rasgo alguno de la divina semejanza”. La fealdad es error y es desorden.

         El hombre contemporáneo ha creado el término “teriomorfismo” para estudiar el mundo animal fabuloso y fantástico de las bestias y de los monstruos, constituyendo, de esta forma, un universo de variedad animal asimilado de la antigüedad clásica, como ya había ocurrido con las fábulas del mundo clásico.

         De la misma manera que el Arte Románico logró hermosas representaciones de figuras humanas y escenas de su propia vida, también lo hizo con los animales fantásticos y los monstruos. Sin embargo, mientras las representaciones humanas podían aludir tanto a pasajes del Antiguo como del Nuevo Testamento, además de escenas de su propia vida, las representaciones de animales, tanto reales como fantásticos, y los monstruos constituyen un recurso que los dota de claras connotaciones morales. Y esa moralidad era aún más diferenciadora cuando se diferenciaban entre animales reales y animales fantásticos y monstruos. Ambas formas no se oponían radicalmente en el mundo medieval, sino que se complementaban en una totalidad compuesta de seres reales e irreales. Todo formaba parte de la Creación. Los animales como virtud y desarrollo de lo divino, mientras que los monstruos como defecto de esa misma realidad presente. No se trataba de representar el reino animal y los fenómenos de la naturaleza, sino que fuera un reflejo de un significado latente, enfocado fundamentalmente al abandono de los instintos carnales, al pecado de la carne en el ser humano, la lujuria, las pesadillas del hombre, las dos tendencias del hombre hacia sus instintos y hacia sus ideales y la lucha que habrá de mantener durante toda la vida para ahogar unos y hacer aflorar otros.

         En los “tostones” anteriores hemos visto el significado de muchos animales reales, donde se ha podido apreciar todo lo comentado anteriormente sobre su significado o simbolismo latente. Hoy, como sabéis, toca hablar de los animales fantásticos y monstruos, y como punto de partida debemos comenzar con una afirmación que hoy día nos puede parecer un tanto cómica, pero que en los años del Arte Románico era tomada como una realidad tangible: el pensamiento altomedieval identificaba al demonio con la forma bestial de modo sistemático y casi obsesivo. A partir de este punto todo lo que podamos decir está basado en esa realidad.

Demonio. Portada de Platerías. Santiago de Compostela. La Coruña.

Psicóstasis. Soriguerola. Gerona.

         En el momento en que la imagen románica confiere forma visual a la espiritualidad, y desde que Dios adquiere forma humana, las bestias, los monstruos y los animales fantásticos representan a los pecadores, dentro de un lenguaje simbólico y metafórico, evocando especialmente al demonio y a los vicio humanos y rasgos negativos del hombre, aludiendo a la condenación moral y a la deformidad espiritual, teniendo una significación positiva en muy raras y contadas ocasiones.

         La representación del mal bajo forma animal en el arte románico responde a una transposición literal del Apocalipsis, pues el maligno es descrito en éste como la bestia de siete cabezas compuesta por elementos de leopardo, de león y del oso (Ap XIII, 1-2), como el dragón adorado con idolatría (Ap XIII, 3-4), o como la serpiente antigua, el llamado Diablo o Satanás (Ap XII, 9). Además, el Apocalipsis deja entrever que esta bestia demoníaca es imagen metafórica de una entidad humana al indicar “… que el inteligente calcule la cifra de la bestia; pues es la cifra del hombre. Su cifra es 666.” (Ap XIII, 18).

         El servicio de la representación del monstruo a la comunidad medieval resultó muy efectivo, porque las sociedades mediatizadas siempre están dispuestas a aceptar lo prodigioso, lo anormal, como solución y complemento de lo presente, de lo real, preexistentemente imperfecto e insatisfactorio para la explicación de lo existente. Ese simbolismo teriomórfico del que hablamos antes existió, porque los monstruos servían de reflejo de las pasiones humanas, con sus virtudes y sus defectos. Los monstruos representaban tanto al hombre alcanzado por el pecado como al propio vicio que lo amenazaba, cumpliendo una función amonestadora y de advertencia. Surgían de la necesidad de reflejar de manera más expresiva el horror ante el mal, incluso para potenciar el dualismo posible entre un mismo ser. Con la aprobación eclesiástica, el monstruo llegó a abarcar desde los valores morales hasta los propios de la simple decoración. Porque no debemos olvidar que estas representaciones eran una constante en la escultura monumental románica. Su función decorativa va unida inseparablemente a la didáctica. Por ello, se trataba de situarlos en los lugares de visión clara, porque un monstruo que no se ve o se percibe dificultosamente pierde todo su valor. Estaban al servicio del dogma, de la doctrina cristiana en su más pura función pedagógica y teológica. No existía interpretación libre de los monstruos y animales fantásticos. Todo estaba codificado desde las estructuras eclesiásticas. Cada monstruo o animal generaba su propio discurso que debería provocar las adecuadas reacciones en quien lo interpretara.

Monstruos. Arenales de San Pelayo. Palencia.

         Veamos y analicemos a partir de ahora todos esos animales fantásticos y monstruos que habitan en las paredes de las iglesias y capiteles de claustros, canecillos, portadas, metopas, etc., en esa difícil convivencia con la teología y el dogma cristiano.

         Comenzamos.

ARPÍA: como animal fantástico o monstruo que es (luego sacáis vosotros vuestras propias conclusiones) proviene de la mitología griega, cuyo nombre harpía significa “rapaces”, “arrebatar”, ya que su principal ocupación era robar. Durante el periodo clásico fueron definidas de diversas formas: hembras voladoras, veloces y de hermosos cabellos; rostros de doncella en cuerpos de ave, nauseabundo el excremento de su vientre, manos que se hacen garras y rasgos siempre pálidos de hombre. Es en la edad media, periodo que nos ataña, cuando comienzan a diferenciarse más de otros animales fantásticos como las sirenas. Durante ese periodo se las describe como un ser parecido a un caballo y a un hombre, con cuerpo de león, alas de serpiente y cola de caballo. Después, a su apariencia monstruosa, se le unió el ser vistas como difusoras de suciedad y enfermedad, añadiendo a su tradición de agentes del castigo, el ser despiadadas, crueles y violentas. Emanaban repugnantes y asquerosos efluvios siendo capaces de corromper todos aquellos alimentos que tocaban. Suelen representarse o encontrarse emparejadas en actitud vigilante y a veces con mirada desafiante y arrogante. Un gorro frigio (alusivo a las bajas pasiones) tapa en ocasiones su cabeza; patas por lo común de cabra y alguna vez con lengua bífida (como la de la serpiente).

Arpías. Iglesia de la Asunción de María. Duratón. Segovia.

Arpías con gorro frígio. Santa Eufemia de Cozuelos. Palencia.

Tres eran las arpías más citadas en la época clásica: Aelo, “borrasca”, la que más rápido podía volar; Ocipete, la más furiosa, y Celeno, “oscura”, en alusión a las nubes de tormenta y la más perversa de todas. Algunos autores e investigadores actuales consideran que, si bien en el arte románico tuvieron una gran representación en capiteles de claustros e interiores de iglesias y galerías porticadas, portadas, canecillos, ménsulas, etc., estos seres no aparecen en la literatura de los bestiarios medievales; tan sólo aparecen, como hemos mencionado anteriormente, en obras clásicas y algún que otro texto posterior, donde son nuevamente descritas como bestias hambrientas y crueles. Para poder diferenciarlas en la actualidad en las representaciones románicas debemos buscar unas características que puedan definirlas como tales sin caer en la confusión: deben estar adornadas con atributos que connoten a los “bajos instintos”, como el gorro frigio, lenguas bífidas, colas de serpiente o escorpión en posición amenazadora, con coronas, tocados, largas melenas peinadas; es decir, posición activa o amenazante.

Arpías. Claustro de Santo Domingo de Silos. Burgos.

ANFISBENA: de aspecto similar al dragón pero con dos cabezas. Su cola es rematada por una cabeza de serpiente. Suele representarse en la lucha con animales o atrapando a hombres, usando simultáneamente sus dos mortales bocas. Animal maléfico y demoníaco.

Anfisbena luchando con león. Iglesia de Valgañón. La Rioja.

BASILISCO (BASILISCUS): la primera referencia la encontramos en el profeta Jeremías cuando afirma “… enviaré sobre vosotros serpientes y basiliscos, sobre los cuales no sirve ningún escarmiento; y os morderán, dice el Señor.” Para los Padres de la Iglesia, el basilisco es el rey de las serpientes, con cresta como resultado de la incubación por serpientes del huevo de una gallina. Se representa como una serpiente alada que anda erguida sobre dos patas. Tiene cabeza monstruosa con cresta de gallo, y destruye las plantas con solo su aliento, además de poder fulminar con la mirada. Simboliza la muerte y al propio diablo, por lo que eran los encargados de transportar las almas de los condenados al infierno. En general tiene un carácter infernal.

Basilisco. Soto de Bureba. Burgos.

Basiliscos. Aguilar de Bureba. Burgos.

CENTAURO: ser fantástico o monstruoso, proveniente de la mitología griega, que posee dualidad de simbolismo. Por un lado está el simbolismo negativo, un ser con cabeza, brazos y busto de hombre, y el resto del cuerpo y las patas de caballo o equino (en algunos casos el cuerpo es de asno: onocentauro). Homero lo describía como un fabuloso ser nacido de la unión de Centauro y las yeguas de Magnesia. Vivían en las centauras, comían carne cruda y no podía beber vino sin emborracharse. Simboliza la brutalidad y la lujuria, relacionándolo con las bajas pasiones, la naturaleza más inferior del hombre, con el pecado, ya que son propensos a raptar y violar a las mujeres. Simbolizan, así mismo, la concupiscencia carnal con todas sus brutales violencias que vuelven al hombre parecido a las bestias. Al tener forma anatómica mitad hombre y mitad caballo o equino viene a significar que cada hombre tiene dos almas y es indeciso en sus obras. Son imagen de la doble naturaleza del hombre: una bestial y otra divina, y la antítesis del jinete que doma y amaestra las fuerzas elementales.

Centauro con sirena. San Pedro de la Rúa. Estella. Navarra.

En el Physiologus ya se aludía a esta condición: “En la Iglesia son como hombres, pero una vez que han salido de ella se convierten en muertos. Son herejes, hipócritas y de voluntad doble.” Con mucha frecuencia se les representa con un arco y disparando flechas (sagitario) atentando contra otros animales de signo o connotaciones positivas significando la tentación de las malas conductas a las almas inocentes. Sin embargo van a ser las flechas disparadas las que le van a otorgar ser considerado un monstruo con ciertas connotaciones positivas, ya que el centauro sagitario puede representar a Cristo en pos de las almas de los mortales para conducirlos a la Salvación Eterna.

Centauro con arco entre aves. Caracena. Soria.

         Cristo, mediante el Bautismo, lanza sus dardos de amor al corazón de aquellos a quien ama, y sus flechas se dirigen siempre al fin de gozo celestial. Por lo tanto, el sagitario puede tener relación o apoya el simbolismo crístico y su relación con el Bautismo. Tienen atribuido el papel de iniciadores, de disparadores del rayo espiritual (flechas) capaz de transformar toda una vida.

Centauros. San Claudio de Olivares. Zamora.


DRAGÓN (DRACO): animal maléfico, el más genuino enemigo de Dios y del hombre. Ave con cabeza perruna de grandes ojos y cuencas profundas, orejas puntiagudas, y alargadas fauces amenazantes. Cola de serpiente y, en ocasiones, en lugar de patas de ave, muestra pezuñas. A veces sustituye su cuerpo de ave por el más genuino de serpiente alada. Simboliza al diablo, y se representa atravesado por la lanza de San Miguel o San Jorge. Representa las fuerzas del mal desbordadas, el principal enemigo del cristiano, aunque por estar dotado de fuerza y aguda vista, es alegórico el Vaticinio y la Sabiduría (Apocalipsis XII, 7-9; Daniel XIV, 22-27; Jeremías XIV, 6; Isaías XXXIV, 13-43). La victoria del dragón acarrea la conquista de la inmortalidad, lo que implica necesariamente la reintegración al centro del ser humano, es decir, el punto en el que se establece la comunicación con los estados superiores. Animal relacionado con el fuego, ya que una de sus cualidades es escupir fuego por la boca.

Dragón. San Andrés apostol. Soto de Bureba. Burgos.

Dragones y arpías. Santa María Magdalena. Zamora.

ESFINGE: animal con cabeza de mujer, cuerpo de león y alas de águila. La esfinge de la leyenda de Edipo era un monstruo femenino que devoraba a los hombres que acudían a resolver su enigma cuando no acertaban la respuesta. Es símbolo del gobernante, la sabiduría y lo enigmático. En casi todas las culturas, su misión era vigilar lugares sagrados y fulminar con las miradas a quien no cumpliera con las disposiciones de dichos lugares.

Esfinge. San Juan de Mercado. Benavente. Zamora.

GRIFO: monstruo de cabeza y alas de águila y cuerpo de león, con afiladas garras. San Isidoro dice de él que “… es un animal alado, cuadrúpedo. Esta clase de animales vive en los montes hiperbóreos, tienen cuerpo de león, alas y rostro de águila. Son muy dañinos para los caballos y atacan y despedazan a cualquier hombre que ven. Dada su combinación de animales nobles, se usan como guardianes en las entradas (puertas y ventanas) de las iglesias. Animal con símbolo positivo. Simboliza, así mismo, la castidad. La cultura mesopotámica ya poseía grifos antes que éstos aparecieran en los bestiarios antiguos y medievales. Durante la edad media, la simbología que se le atribuye es un tanto contradictoria, ya que se le da una significación tanto del demonio como de Cristo, indudablemente debido a que los animales que lo forman, el águila y el león, asumen también esas opuestas simbologías. Cuando aparece en lucha con el león, simboliza al demonio, ya que el león siempre que se nos muestra con otro animal de simbolismo equívoco, representa a Cristo. El grifo era el símbolo de los monjes sanjuanistas.

Grifo. Canecillo de la iglesia de Ntra. Sra. de la Antigua.
Butrera. Burgos.

HIDRA (HYDRA): animal fabuloso que, según el Physiologus, habitaba en las orillas del Nilo, en Egipto. Era enemigo de los cocodrilos, a los que, cuando los veía dormir con la boca abierta, se arrastraba por el limo para poder deslizarse más fácilmente en su boca y penetrar hasta sus intestinos, que perforaba a picotazos. Símbolo de Cristo que desciende al limbo a través de la boca de Leviatán y triunfa sobre Satanás. Simboliza el mal vencido por Cristo (Vallejo de Mena, Burgos). También es símbolo del vicio de la vanidad, que corrompe todo como su sangre venenosa. Según la fuente que se consulte puede tener cuerpo de lobo.

Hidra. Sta María. Bareyo. Cantabria.

SIRENA: según una explicación mitológica clásica, las sirenas son hijas de Calíope y del río Aqueloo. Nacieron con cabeza y rostro de mujer, cuerpo de ave y una maravillosa y seductora voz. Tras una lucha contra las Musas, fueron derrotadas en la pelea y éstas les arrancaron las plumas. Avergonzadas se fueron a la costa de Sicilia y allí transformaron sus alas ya inservibles en largas colas de pez.
         De este relato mitológico podemos deducir que hay dos tipos de sirenas: la sirena-pájaro y la sirena-pez.
           El Arte Románico impulsó la representación de ambas como herencia del conocimiento que de ellas se tenía del mundo clásico. No debemos olvidar que es en el libro de la Odisea, de Homero, como todos ¿sabéis?, donde aparecen por primera vez. En dicha Odisea, Ulises se hace encadenar al mástil del barco para oír el canto de las sirenas costeras, después de mandar a los tripulantes de su nave que no atendieran sus peticiones de desatarlo, si así lo reclamaba.
         Las sirenas que se conocen en el mundo románico derivan, unas, de la antigüedad clásica, como sabemos, y las otras de una confusión entre estas últimas y las divinidades celtas y germánicas de las aguas, acaecidas lo más tarde en el siglo VIII. Las sirenas que entran en la primera categoría adoptan la forma de mujeres-pájaro, que no hay que confundir con las arpías, poco conocidas en la Edad Media; las otras adquieren las de ondinas con cola de pez. La confusión surgió como consecuencia que las sirenas y ondinas nórdicas poseían los mismos dotes de cantante, el mismo encanto fatal (al menos después de su demonización por la Iglesia), y el mismo hábitat marino. Se las representaba a veces como pájaro y pez, sobre todo en los manuscritos en los que el escriba las representaba de forma manifiesta como ondinas, pero donde eran tradicionalmente descritas como mujeres-pájaro. Sin embargo, en la mayoría de los casos o son bien peces o son pájaros. Es así como los dos tipos de sirenas coexisten en la literatura y en todas las formas artísticas de la época románica donde a veces son representadas codo con codo, aunque ciertas funciones simbólicas fueron asociadas más particularmente con una morfología que con la otra. De esta forma, fueron las sirenas-pájaro que se dotaron la mayoría de las veces de atributos satánicos.

Sirenas pájaro. Monasterio de Silos. Burgos.

         La simbología de esas figuras estaba condensada como una atracción hacia la perdición, signo del engaño que atraía a los navegantes a la costa para después devorarlos. El mito y simbología llega hasta la actualidad en el dicho de “oír cantos de sirena” como sinónimo de embaucamiento, del engaño de la palabra en la murmuración de los monjes que tanto denostaba San Benito en su Regla, y que la consideraba como el factor principal de la destrucción moral de los monasterios. Representan la seducción y atrapamiento por los placeres carnales, el engaño y la muerte provocado sobre todo por sus armoniosos cantos; corrupción del alma a través de la lujuria por asociación de la mujer-serpiente. Si se representan susurrando a los oídos del hombre, simbolizan la tentación con sus bellas palabras que llevan a la pérdida de tiempo en banalidades.
         El valor moral definitivo acerca de las sirenas lo vamos a encontrar en Brunetto Latini en el año 1220: “… lo cierto es que las sirenas fueron tres meretrices que engañaban a todos los que se cruzaban en su camino y los arruinaban. Y dice la historia que tenían alas y garras en representación de Amor, que vuela e hiere; y que vivían en el agua porque la lujuria está hecha de humedad.”
         En el arte escultórico del periodo románico existen dos tipos de sirenas: las de cola única y las de cola bífida. Esta última tiene más representaciones quizás por su mayor adaptación al marco arquitectónico y por responder mejor a los cánones de simetría. Su simbolismo puede asociarse a la mujer exhibicionista, con sus dos piernas levantadas y mostrando su sexo; la sirena que levanta su doble cola hasta la altura de su cabeza, sosteniendo cada ramificación de aquella con una mano, es la idea de la seducción, destrucción de la carne y el espíritu. La caída en cualquiera de estas seducciones llevan al hombre a retroceder en su camino espiritual a su destrucción.

Sirena con cola bífida. Monasterio de San Pere de Galligans. Gerona.

         La sirena de cola única se somete también a la ley del marco, adaptándose a la simetría, por ejemplo, al curvar su extremidad cuando ocupan marcos rectangulares (Uncastillo).

Sirena con cola única. San Martín de Valdetuéjar. León.
        
En la representación pictórica y escultórica hay variantes con respecto a sus patas (de ave o de cuadrúpedo), su cola puede finalizar en forma de tallo vegetal o aparentar una serpiente; sus alas pueden aparecer explayadas o recogidas, y su cabeza, que de forma bastante característica suele ir decorada con cabello largo y por lo general muy peinado al estilo clásico, pudiendo llevar también tocados, telas o coronas que lo cubran.
         En los años del Arte Románico no habría ninguna iglesia, portada o centro eclesiástico que se preciase que no tuviera alguna representación de una sirena. Y es que la pérdida (o ganancia, según se mire) de libertad espiritual que ocasionaba la comisión de ciertos pecados, debió de ser un motivo de preocupación en la ideología religiosa del Medievo.


UNICORNIO (MONOCEROS, UNICORNIUS): es un animal de tanta fuerza y rapidez que resulta imposible que sea capturado por cazadores, que tienen que recurrir a la astucia. Éstos llevan una mujer virgen que sirve de cebo. El unicornio se lanza sobre ella, pero basta que la doncella le ofrezca sus senos desnudos para que enseguida se calme. Súbitamente domesticado, pone su cabeza en el regazo de la mujer virgen y se duerme, momento en el que los cazadores al acecho se apoderan de él. La integral virginidad de la mujer es condición indispensable del éxito de la caza. El unicornio se deja atraer por su “olor a castidad”, pero si la mujer no es virgen, el animal, enfurecido, la destripa. Simboliza, como no, la castidad, y la pureza.

Unicornio. Iglesia de San Andrés Apóstol.
Soto de Bureba. Burgos.

         ¿Qué os ha parecido? Larguillo, ¿eh? Parecía que este simbolismo románico no iba a acabar nunca. Reconozco que ha sido largo, pero también reconozco que se han quedado muchísimas cosas en el tintero, como suele decirse. Hemos hablado mucho y de muchos, pero no son pocos los silenciados.

         Como ya dijimos en la primera parte, el simbolismo, sea románico, de cualquier otra época, o de cualquier otro tipo, alude a la subjetividad del ser humano, por lo que un símbolo puede significar una cosa para unos y la contraria para otros. Si a eso le añadimos la forma de vida de la época románica y el analfabetismo galopante que reinaba en esos siglos, el resultado de esta mezcla “explosiva” lo tenemos reflejado, mínimamente, en estos cinco “tostones románicos”.

         No sería extraño que si alguien se “volviera loco” por haberle picado el gusanillo del Arte Románico y comenzara a estudiar, leer e indagar sobre este tema, se encontrara con estos animales reales, fantásticos, fabulosos y monstruosos, y advirtiera que el significado de alguno o de muchos de ellos difiere notablemente del comentado aquí; incluso puede ser un significado totalmente contrario, totalmente opuesto. Es lógico. Hablando de la subjetividad del ser humano muy pocas cosas se pueden dar por ciertas y acertadas.

         ¡Hasta pronto!


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