jueves, 1 de abril de 2021

CONSIDERACIONES SOBRE LA SEMANA SANTA (Divertimento Pascual) IV

TIEMPO Y  PASCUA

Cada año nos preguntamos cuánto se adelantará o retrasará la Semana Santa con relación al año anterior, o ¿por qué siempre hay luna llena en Semana Santa? La razón de su ubicación en el calendario se justifica por motivos históricos, religiosos,… y astronómicos. Lo único seguro, en cualquier año, es que, entrada la primavera (21 de marzo), la Pascua será el primer domingo tras la primera luna llena de esa primavera. Este es el motivo por el que podemos disfrutar todos los años de la luna llena en Semana Santa.

La Semana Santa católica que celebramos en la actualidad, recrea anualmente diversos sucesos astronómicos tradicionalmente aceptados en el mundo mediterráneo respecto del calendario civil y religioso, desde el que se deducen las fiestas móviles a partir de la Pasión y Resurrección de Cristo. Su objetivo no es otro que mantener, para cada Domingo de Pascua, las relaciones astronómicas que se produjeron en el momento del suceso bíblico, y concatenar las festividades eclesiásticas con las labores propias del calendario civil. Son aquellos sucesos que ocurrían hacia el año 33 d.C. de nuestra era, y que se recogen en los textos sagrados.

El cómputo del tiempo y sus reformas

Ya desde la antigüedad, el hombre ha precisado siempre computar el transcurso del tiempo y prever su devenir. Es una necesidad patente en el primitivo agricultor y ganadero, ya que una pluralidad de decisiones, que determinarán el éxito o fracaso de la producción, deben tomarse a su debido tiempo. De ahí la importancia de conocer anticipadamente el ciclo de las estaciones. Para ello, siempre tuvo que basarse en un calendario (calendae) cuyo significado es “proclamar”[1].

Y es justamente en la antigua Roma donde se remonta el primer calendario “oficial” para organizar ese tiempo transcurrido o por transcurrir.

El calendario juliano, así llamado por ser Julio César quien lo instauró en el año 45 a.C., se creó con el fin de unificar las prácticas en todo su imperio. Reorganizó el calendario romano según pautas que, en su mayoría, han subsistido hasta hoy. César transformó el calendario romano de origen lunar, atribuido a Rómulo, en solar. Antes de esa transformación, el año comenzaba en marzo, constaba entre 295 y 304 días, divididos en diez meses de 30 ó 31 días. Posteriormente, Numa Pompilius lo amplió a 355 días, añadiendo dos meses finales, enero y febrero. De esta forma, el año comenzaba el 1º de marzo, los meses de marzo, mayo, julio y octubre tenían 31 días, febrero, 28[2] días y los meses restantes 29 días. Para ajustar el año al ciclo lunar y solar al mismo tiempo se intercalaba cada dos años un nuevo mes de 22-23 días entre el 23 y el 24 de febrero.

Es en el año 153 a.C. cuando se fija el 1º de enero como comienzos del año, pauta que se mantendría también en la instauración e implantación del calendario juliano. Julio César y el astrónomo Sosígenes cambian el calendario lunar existente hasta entonces por uno solar, que va a constar de 365 días y 6 horas exactas. Para compensar el cambio, agregó 10 días al año, quedando los meses prácticamente con los mismos días que tienen en la actualidad (meses de 30 y 31 días) e intercaló un nuevo día entre el 23 y el 24 de febrero, al que llamó bisiesto, porque el 24 de febrero es la sexta calenda de marzo.[3] De este modo el año bisiesto pasaba de tener 366 días, resultando ser bisiesto todos los años divisibles por cuatro.

De todas las modificaciones que se realizaron en el calendario juliano, incluso en las anteriores a éste, la característica que más tardó en imponerse fue el cambio de comienzo de año del 1º de marzo al 1º de enero. Si bien fue la práctica en común a lo largo de los siglos este cambio de fechas, en ciertos lugares como Inglaterra y sus colonias americanas tardó en imponerse, donde hasta 1752 se tenía el 25 de marzo (fecha invariable del equinoccio de primavera en el calendario juliano) como el primer día del año.

La reforma juliana se realizó sobre el calendario lunar entonces vigente, que databa de alrededor del 600 a.C., que a su vez había reemplazado a otro de cerca del 740 a.C., derivado del antiguo calendario griego y sus ciclos de cuatro años, relacionados con juegos olímpicos. Para compensar las distorsiones que venían acumulándose en el calendario lunar desde sus antiguos orígenes egipcios, la reforma juliana necesitó agregar dos meses y 23 días al año 45 a.C., que -por ello- quedó con 455 días, y resultó el más largo del que se tienen noticias.

                
   
      Julio César


Gregorio XIII

En 1582, el papa Gregorio XIII reformó el calendario juliano para mantener la Pascua en la primavera septentrional -más precisamente, cerca del primer día de esta, el equinoccio vernal (o de marzo)-, ya que, según la Biblia, Cristo murió en el mes judío de Nisán, en la primavera.

El calendario romano reformado por Julio César deba al año una duración de 365 días y ¼, duración aproximada, lo que provocaba un error de un día cada 128 años. Este error afectaba a la situación de los equinoccios; así, el de primavera, en la época de la reforma juliana, caía el 25 de marzo. En el año 325, cuando se celebró el Concilio de Nicea, el equinoccio de primavera tuvo lugar el 21 de marzo, y en el año 1582, fecha de la reforma gregoriana, dicho equinoccio tuvo lugar el 11 de marzo. El problema no parecía ser demasiado grave ni importante, pero de seguir así, en unos cuantos milenios, la Pascua se celebraría en verano.

Para que el calendario solar tuviese mejor coincidencia con las estaciones, y, sobre todo, con el equinoccio primaveral, el Papa Gregorio XII (1572-1585) ordenó la bula Inter Gravissimas del 24 de febrero de 1582 que “con objeto de que el equinoccio vernal, fijado por la padres del Concilio de Nicea en las duodécimas calendas de abril (21 de marzo)” volviera a coincidir con dicha fecha, se eliminaran de octubre de 1582 “los diez días que van del tercero después de las nonas (día 5 de octubre) hasta el día previo de los idus (14 de octubre), ambos incluidos”[4].

Lo que realmente el Papa logró fue adaptar el nuevo calendario a los cálculos de la época. Dicha adaptación fue obre del astrónomo Luigi Lilio, el gran inspirador de la reforma. Lilio descompuso el año solar en 365 días, 5 horas, 48 minutos y 54 segundos, lo que al cabo de cuatro años daba prácticamente un nuevo día; en realidad, 23 horas, 15 minutos y 46 segundos. Como el bisiesto aún debía 45 minutos, se estableció que cada 134 años habría que descontar un día, o, lo que es lo mismo, tres días cada 402 años. La forma de llevar la cuenta de este desfase se solucionó con cierto ingenio matemático: se descontaría tres días cada 400 años, eliminando los años bisiestos de los años que terminaran en doble cero, con la excepción de los múltiplos de 400, que no serían eliminados[5].

Aún así, el calendario gregoriano tampoco es perfecto, ya que arrastra un error de un día cada 3300 años (¡ahí es nada!), pero una mayor precisión implicaría aportar también múltiples correcciones por la desaceleración del movimiento de traslación de la tierra, lo que difícilmente compensaría el esfuerzo.

El calendario gregoriano, sin embargo, no se impuso de inmediato. España, Italia, Portugal y la parte católica de los Países Bajos lo aplicaron de forma inmediata, ya que Felipe II, consciente de que la difusión del mismo no podría ser simultánea ni homogénea en todo su territorio (donde nunca se ponía el sol), expidió la Pragmática sobre los diez días del año en Aranjuez (Madrid), y propuso su adopción en el nuevo mundo hasta 1548. Francia lo impuso al año siguiente de su promulgación, y la Alemania católica lo hizo al año siguiente. Los países protestantes lo hicieron más lentamente, generalmente durante el siglo siguiente. Inglaterra en 1752; Suecia en 1753, mientras que Turquía lo hizo en 1917 y Rusia en 1918, al igual que Grecia, que lo instauró también durante el siglo XX. En la actualidad, la diferencia entre los calendarios gregoriano y juliano será de 13 años.

Lo que realmente trataba de hacer la reforma gregoriana era acomodar la fecha de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús con lo dictado en los Evangelios sinópticos, ya que la Iglesia siempre quiso, desde un principio, conmemorar la Muerte de Jesús el mismo día que lo relatan los Evangelios, y para ello tenía que realizar, no sólo la reforma gregoriana en cuanto a días y meses, sino cambiar el tipo de calendario: pasarlo de lunar a solar.

El calendario eclesiástico que rige en occidente es un calendario solar, con fiestas religiosas fijas en determinados días coincidentes con los solsticios o equinoccios del sol, además de otras fiestas también fijas e inamovibles para celebrar onomásticas de santos o fiestas fijas de la Iglesia propiamente suyas. Sin embargo, cuando se produjeron los acontecimientos de la Pascua Cristina (Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús), es decir, durante la época en la que Jesús vivió entre nosotros, se celebraba la Pascua Judía, que conmemoraba la liberación de la esclavitud en Egipto del pueblo de Israel. Este acontecimiento tenía lugar el decimocuarto día del mes de Nisán, con la primera luna llena de primavera, conocida como luna de Parasceve, que viene a significar “preparación”[6]. Por lo tanto, el problema del cambio de fechas tenía mucho que ver con el cambio del calendario judío que era lunar, con el calendario de occidente, que era y es solar.

Medir el tiempo con la luna

Realmente, la luna está en el origen de los calendarios, pudiéndose considerar como el primer reloj de la humanidad. Sufre unas transformaciones periódicas y regulares muy atractivas que, ya desde la antigüedad, le confirieron un contenido y carácter mágico-religioso –las fases lunares- manteniendo siempre un tamaño muy similar, puesto que su órbita es casi circular. Así mismo, el ciclo completo de la luna tiene una duración adecuada, ni demasiado larga para perder la cuenta, ni demasiado corta para no caer en ella. Se la puede considerar como el verdadero germen del calendario. Nuestros antepasados partieron de las lunaciones, acaecidas cada algo más de 29 días, para confeccionar un calendario que les permitiese prever las estaciones. Observando y conociendo las fases lunares, se bastaron para organizar un calendario que les guiara en sus actividades económicas, laborales y festivas.

Y es la luna el máximo referente en el calendario judío, lo que provoca que sea un calendario lunar. Ello hace que la Pascua judía, la que se celebraba en la época de Jesús, se celebre a partir de los ciclos o fases de la luna.


Luna llena





[1]   Un mes no empezaba hasta que no era proclamado oficialmente por los sacerdotes de la antigua Roma.
[2]  Una hipótesis que explicaría la extraña circunstancia de la corta duración del mes de febrero se encuentra en la animadversión que los antiguos romanos tenían por los números pares. El calendario prejuliano fue una mala adaptación de un calendario lunisolar, que debería de tener en los años normales una duración de 354 días. Pero los que idearon el antiguo calendario romano aumentaron la duración a 355 días para evitar el número par. Aunque los meses de un calendario lunisolar deben tener lunaciones de 30 y 29 días, se evitaron los meses de 30 días, dándoles una duración excesiva de 31 días. Todo esto se hizo con la idea de evitar los números pares. Pero inevitablemente, uno de los meses debía tener una duración par. Se eligió para ello el mes más “nefasto”, que entonces estaba colocado en la última posición del año y que era nuestro actual mes de febrero, porque “un número inferior y par convenía a las divinidades infernales”. La posterior reforma del calendario que patrocinó Julio César se hizo con las mínimas modificaciones posibles. Se añadieron diez nuevos días, pero no se alteró el mes de febrero, que continuó con los 28 días “para no alterar el culto a los dioses infernales”.
[3] Bisiesto: bis sextum. Se duplica el 24 de febrero, la sexta calenda de marzo.
Esta adición de un día en el mes de febrero, último mes antes de la implantación del comienzo del año el 1º de enero, fue asimilado por la Iglesia para la creación de su calendario lunisolar eclesiástico, basado en el calendario romano, en el que el 24 de febrero era duplicado. Esto encuentra su razón en el calendario que existía en Roma en tiempos de la República, en que se colocaba un mes intercalar después del día 23 de febrero, fiesta de la Terminalia.
Los días de un mes estaban bien definidos desde la reforma juliana en el calendario romano, aunque en vez de usar un numeral como lo hacemos actualmente, los meses del calendario romano tenían tres fechas fijas: las calendas o kalendas, las nonas y los idus.
Las calendas o kalendas se corresponde con el día 1 de cada mes, pero si hay un número precediendo a la palabra kalenda (a veces también puede ir la expresión “ante diem”) quiere expresar “antes de las kalendas”, o sea, antes del día 1 del mes; es decir, siempre será del mes anterior al citado.
Para el cálculo del día correspondiente adaptado a la fecha actual se debe tener en cuenta el número de días del mes anterior al que se menciona, al que se le deben sumar 2 y se resta el número de kalendas que aparece. Por ejemplo: 24 de febrero es la sexta kalenda de marzo: 28 días (febrero) + 2 – 6 = 30 – 6 = 24 de febrero.
La explicación del cálculo de las otras dos fechas, idus y nonas, no será tratado en este escrito por estar fuera del ámbito temático que nos ocupa.
[4] La eliminación de estos diez días del calendario acarreó, además de algunas otras, la curiosidad o la anécdota de la muerte de Teresa de Cepeda y Ahumada, Santa Teresa de Jesús o Santa Teresa de Ávila. Dicha santa murió el 4 de octubre de 1582 y fue enterrada “al día siguiente”, es decir, el 15 de octubre del mismo año. Lo que pudiera parecer un error o una supuesta incorruptibilidad de su cuerpo no es sino una pura coincidencia con la implantación del calendario gregoriano, ya que durante la noche que fue velada (la enterraron a las 24 horas de su muerte) en Alba de Tormes (Ávila) se produjo el salto de diez días de la reforma del calendario gregoriano.
[5] Serán bisiestos todos los años múltiplos de 4 y de 400 pero no lo sean de 100 (años seculares).
[6] El motivo más prosaico de que se eligiera una luna llena para esta fiesta, era que aquellos pueblos pastores que se reunían en Jerusalén, viajaban mejor de noche si había luna llena que les iluminara el camino.

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