lunes, 2 de junio de 2014

CONSTRUIMOS UNA IGLESIA ROMÁNICA (y II)


        ¡De tostón a tostón y tiro porque me toca!

         No rima mucho, pero es lo que muchos de vosotros pensaréis: “… y el curita nos vuelve a tostonear con otro capítulo románico-tostoneado. ¡Y no se cansa para lo viejo que es! Ahora parece que se ha metido a albañil y sigue, erre que erre, empeñado en construir iglesias viejas. ¡Si ya están construidas! ¿Para qué tanto empeño en volverlas a hacer? ¡Qué desazón!”.

         No os enfadéis, os entiendo, pero no queda más remedio que terminar con las explicaciones dadas en el capítulo anterior. Todo el esfuerzo que habéis realizado para la comprensión del capítulo anterior no tendría sentido si no “rematamos la faena” como debe ser. Vamos, ¡ánimo!, que es muy chulo todo lo que queda.

         Hemos visto cuales son los elementos fundamentales en la construcción románica, las partes de que se compone una iglesia, ermita o catedral románica, … pero nos falta algo. ¿El qué? ¡Vamos a descubrirlo … o descubrirlos!

         Tenemos nuestra iglesia totalmente terminada. Será más grande o más pequeña en función de las necesidades de la comunidad que la ha levantado o ayudado a levantar. Pero los parroquianos que habitan en esa aldea o pueblo, solos no pueden construirla, necesitan la ayuda de “expertos” y “profesionales”, de manos especializadas en la construcción de este tipo de edificios; más o menos como ahora, que para construir una casa se necesitan arquitectos, aparejadores, albañiles, forjadores, herreros, carpinteros, pintores, etc.

         Los protagonistas en la construcción de una iglesia románica no eran los mismos que los de hoy día en la construcción de una casa o un edificio de varias plantas. Eran otro tipo de profesionales especializados en diferentes trabajos necesarios para la construcción de la iglesia, adaptados, lógicamente, a esos años medievales.

         Para empezar, las obras de iglesias y templos románicos tenían siempre un responsable que seguía la obra de principio a fin. Era el Magister Muri, el Maestro Constructor, que es el que realizará la obra de renombre. En las representaciones de la época, siempre aparece con un bastón de mando en la mano: es la Virga.

         Pero aunque llevara la Virga en la mano, no creáis que estos Magister Muri eran grandes expertos y grandes maestros constructores de obras románicas. Estos Magister Muri no poseían un conocimiento científico lo suficientemente amplio como para calcular el comportamiento estructural de los edificios; en cambio, sí sabían, por una tradición heredada, cómo debían construir y cuáles eran los lugares buenos para llevar a cabo su ejecución. Se servían de la experiencia acumulada y de la inercia constructiva de sus predecesores, además de lo que ellos mismos experimentaban directamente, lo que en ocasiones desembocaba en derrumbes, viéndose obligados a levantar de nuevo las fábricas de las obras. Su cálculo era intuitivo, basado en ciertas relaciones más o menos sencillas, y los conocimientos prácticos que poco a poco iban acumulando eran celosamente guardados por ellos para transmitirlos de unas generaciones a otras.

Supuesta efigie del Maestro Mateo en el Pórtico de Gloria de Santiago de Compostela

        Daos cuenta de los utensilios que estos “maestros” utilizaban en la época medieval: una virga, que no es más que una vara con una longitud determinada (eso sí, no todas tenías la misma; dependía del maestro que la utilizaba) y también era muy utilizada una cuerda de 13 nudos. Sí, sí, una cuerda con 13 nudos o algunas con 12, también al gusto del consumidos maestro, que servía para realizar los planteamientos de las construcciones. Aunque penséis que os pudiera estar tomando el pelo, la cuerda de 13 ó 12 nudos, así como la virga, eran unas herramientas importantísimas y personalísimas, y cada maestro constructor llevaba la suya, aunque ninguna midiera lo mismo ni tuviera los mismos nudos.

         Fundamentalmente, la cuerda de 13 nudos servía para plantear bases de triángulos rectángulos, sobre todo los pitagóricos, esos que tienen un cateto que vale 3, el otro cateto vale 4 y la hipotenusa vale 5, un número exacto (¡ay las matemáticas! ¡ay! ¡ay! ¡ay!). En vez de medir en centímetros o metros, medían en nudos.

         También medían y realizaban espacios, sectores o partes de naves laterales utilizando el triángulo equilátero de lado 1, lo que daba como resultado el módulo de 1 a raíz cuadrada de 2. Duplicando este módulo permitía establecer el tamaño de sectores y tramos en la nave principal, consiguiendo una armonía con la altura de los pilares y columnas de un tamaño mitad de la longitud del módulo central y, por tanto, de módulo unitario como en las naves laterales.

         Fijaos que con una cuerda y una vara, estos “maestros albañiles” conseguían unos edificios, templos e iglesias de una belleza y una armonía que, un milenio después, aún nos sobrecoge y nos emociona su contemplación. Aunque, como es lógico, no siempre se mantenían de pie en la primera intentona que realizaban.
Cuerda de 12 nudos antes de ser utilizada

Utilización de la cuerda de 12 nudos

Utilización de la cuerda de 13 nudos para crear triángulos pitagóricos

        De todas las frecuentes desavenencias que se iban produciendo día a día, necesariamente se aprendía. En un afán de mayor virtuosismo o proeza constructiva, se les solían caer los edificios, como hemos dicho antes, o bien parte de ellos, lo que provocaba retrasos en las obras y la obligación perentoria de rehacerlos de nuevo. También solían equivocarse en los replanteos y en las ejecuciones. Era muy frecuente ver zonas poco uniformes, fruto de soluciones tomadas sobre la marcha, y muchas otras veces sufrían la modificación del programa que debían resolver adaptándose a lo ya ejecutado. Ello también se debía a que el proyecto del edificio no quedaba registrado en papel, sino que debía estar bien claro en la cabeza del maestro constructor, que cada día realizaba un boceto, a tamaño natural, en una calada de yeso, de las partes a realizar ese día.

         Podemos, pues, afirmar, que fue la sabiduría popular la que consiguió lo que hoy vemos en pie. La arquitectura románica o las construcciones románicas vendrían a ser una arquitectura sin arquitectos. Los Magister Muri que las dirigían utilizaron la fuerza de la repetición, la forma empírica de los hechos consumada en otras iglesias.

         Al contrario de lo que ocurre hoy día sobre el localismo y comodidad itinerante de los maestros albañiles y arquitectos actuales, los Magister Muri eran hombres muy cultos y también muy viajeros. Trabajaban allá donde se les llamaba y se les requería, transmitiendo sus conocimientos, además de generación en generación, a lo largo de los países que visitaban. Ello facilitó la divulgación del Románico y sus formas constructivas, ya que hasta entonces, los maestros y artesanos que participaban en la obra románica no tenían los mismos conocimientos, no manejaban las mismas fuentes. Por ejemplo, un monje noruego del siglo XI no disponía de la misma información que un arquitecto catalán que tenía a su disposición los recursos bibliográficos de los árabes por un lado, y de los francos (franceses, se entiende) por otro.

         El Magister Muri de una obra románica, a pesar de no poseer esas mismas informaciones dependiendo de su localización, sí que tenía conocimientos específicos para comenzar y concluir la obra, y, a la vez, grandes responsabilidades, ya que debía encargarse de la organización del trabajo, inventar nuevos sistemas de construcción, construcción de máquinas, desplazamiento de materiales, etc.

Material de construcción. Catedral vieja de Salamanca.

        Si la obra es de nueva planta, habrá que alisar el terreno, y se podrán cordeles delimitando cada una de las partes que forman el edificio. Si se construye sobre uno existente, se comenzará por los pies, derribándose a medida que se van acercando al altar. Resolvía todos los problemas prácticos que iban apareciendo a medida que realizaban el trabajo a él encomendado. Pensemos que durante la ejecución de las obras románicas, con toda probabilidad surgirían problemas técnicos en los replanteos de las trazas, los encuentros de las piezas, las articulaciones de elementos, remates, nivelaciones del terreno, diseño de cimbras para arcos y bóvedas, etc. Debía buscar una cantera y el medio de transporte para acercar la piedra a la obra. Era preciso talar árboles para hacer estructuras, andamios, etc.; la necesaria carpintería para soportar la construcción mientras se monta la obra. Esa materia prima podía proceder de desbrozamientos de bosques para dedicar terrenos a la agricultura. Era muy preciado el maestro constructor que sabía aprovechar la madera, sobre todo la de las cimbras, que la reutilizaba en otras partes de la construcción. En todos estos casos, la presencia del Magister Muri era ahora más necesaria que nunca, para resolver “in situ” esos problemas, a partir de toda su experiencia acumulada, y con el agravante de la enorme pesadez de las piedras. Hay que considerar la complejidad que entrañaba replantear de nuevo una estructura de piedra en altura, sobre todo si tenemos en cuenta la dificultad añadida de los medios técnicos con que contaban, por lo que la obra románica no se podía dejar al azar o en manos de cualquier obrero.

Ilustración de una construcción medieval

        O sea, estaréis pensando después de todo lo leído, el Magister Muri era el que decía qué se tenía que construir, donde, cómo y cuándo; era el que mandaba en todo lo relacionado con la construcción de una iglesia o templo románico, hacía y deshacía, quitaba o ponía a su antojo.

         No, ni muchísimo menos. No nos podemos olvidar nunca que el Arte Románico es un arte fundamentalmente religioso, realizado por los hombres para alabar a Dios. Eran los abades, obispos y reyes los que auspiciaban la construcción del templo o iglesia románica. El artista románico solía permanecer en el anonimato (salvo casos muy específicos y puntuales) por considerar que no debía figurar su nombre en obras destinadas a ensalzar la gloria de Dios. El prestigio y la fama por la construcción de un templo románico no era para los maestros constructores, sino para esos abades, obispos y reyes, y, finalmente, para Dios, arquitecto último, al cual se le representaba sosteniendo compases en la mano que trazan la construcción del universo. Cristo aparece como arquitecto de la Iglesia, y San Pablo como sabio constructor que cimentó la fe cristiana.

         Como ya sabéis, ya que lo venimos repitiendo a lo largo de todo este tiempo, las iglesias y templos románicos eran utilizados como catecismos básicos con los que ilustrar y enseñar a esas gentes y parroquianos de la aldea que en su gran mayoría eran analfabetos. Para desarrollar ese catecismo ilustrativo, a la vez que alabar y ensalzar la gloria de Dios, los auspiciadores de estas obras románicas tenían sus propios teólogos redactores de los programas iconográficos a representar en esa iglesia o templo. Eran los que determinaban qué pasajes del Nuevo y Antiguo Testamento debían figurar en esa iglesia o templo. Elegían el pasaje, su ubicación dentro del templo (capiteles, ábsides, portadas, ventanas, muros, arquivoltas, etc.) y su representación artística, bien en forma escultórica, bien en forma pictórica. Los maestros constructores eran los ejecutores de estos catecismos, además de la construcción como tal del templo. Estaban a órdenes y dependían tanto de abades, obispos y reyes como de los teólogos redactores. Obedecían las órdenes de todos su superiores por separado, pero eran ellos, finalmente, los que debían repartir el trabajo especializado y acompasar la construcción de la obra, a la vez que coordinar a todos los trabajadores que tenía a su cargo.

Rey y maestro constructor visitando unas obras

        Esto último nos lleva a pensar que en torno a un buen maestro constructor se debían reunir pintores, escultores, cortadores de piedra, talladores, marmolistas, pavimentadores, leñadores, etc. Estos grupos de obreros eran llamados para ejecutar las grandes obras románicas. Se agrupaban en corporaciones que, al estar compuestas de obreros especializados, eran libres de aceptar o no el trabajo o el encargo que le podía ofrecer el maestro constructor. Si aceptaban el trabajo, se desplazaban hasta el lugar de construcción, permaneciendo en él durante todo el tiempo que durase el trabajo que debían desarrollar. Su emplazamiento y permanencia bien a pie de obra, bien en un lugar próximo a ella, y al necesitar casas de madera donde vivir dignamente durante el periodo de la obra, daban lugar al establecimiento formal de primigenios caseríos, que a su vez terminaban por albergar a otro tipo de trabajadores a su alrededor, germen de un incipiente burgo que, según su importancia, terminará convirtiéndose en villa o ciudad. Si sois un poco curiosos, os daréis cuenta que en ciertas ciudades y pueblos, todavía hoy hay barrios enteros que deben su nombre al tipo de corporaciones especializadas que en su día se establecieron en ese lugar y que han pervivido en el tiempo aún cuando su función como tal desapareciera. Son reminiscencias (otras más, ¡cómo no!) de la época románica que estamos tratando.

         Pero estamos diciendo que las personas y obreros que formaban estas corporaciones eran especialistas en un determinado oficio, lo que quiere decir que sólo sabían realizar de forma genial su trabajo especializado. Así pues, ¿quién ejecutaba el trabajo que no sabían o no querían realizar los especialistas? ¿Quién realizaba, digamos el “trabajo sucio”? Creo que alguno de vosotros ya habéis adivinado la respuesta. Efectivamente, eran los vecinos de esa villa o aldea los que aportaban esa mano de obra “no cualificada”, como gusta decir ahora. Pero no creáis que lo hacían a desgana y con sumisión. No. Pensad que la construcción de un templo, iglesia o edificio público siempre generaba una cierta expectación entre la población, así que todo vecino intentaba aportar algo en esa construcción, ya fuera dinero (casi nunca) o mano de obra (casi siempre). Esta mano de obra local se empleaba, como hemos dicho antes, en tareas que no requerían especialización. Esto lo podemos apreciar en la siguiente figura, que muestra el accidente de un obrero trabajando en una portada de una iglesia. Como se aprecia, el arco que decora la puerta no es medio punto, lo que demuestra que la construcción no es propiamente románica. Aún así, nos podemos hacer una idea de cómo era la construcción de una iglesia en época muy poco posterior a la época románica.


        La aportación que realizaba cada vecino en la construcción de la obra románica no siempre era voluntaria y gratuita, ni era el mismo vecino quién la ofrecía altruistamente. Muchas veces, el trabajo era utilizado como una forma de pagar alguna deuda contraída con la autoridad del lugar, relacionada, normalmente, con problemas de tierra y de pastos del ganado. Otras veces, cuando era necesaria aún más mano de obra, era la Iglesia quien otorgaba el perdón de los pecados a quienes colaboraban en la edificación de la iglesia o templo. Se  convencía a los fieles por medio de peticiones e indulgencias, desde el perdón de los pecados hasta la salvación eterna.

         ¡Vaaale! ¡Vaaale! Eran otros tiempos. Hoy día sabéis que esto no es así. Por eso, uno de los primeros capítulos lo dedicamos a tratar de comprender aquella época, muy distinta a la nuestra, sobre todo en estos aspectos.

         En lo que no era muy distinta una época de otra era en la cuestión monetaria. Tanto antes como ahora se necesitaba dinero para poder construir una iglesia o templo románico. No vayáis a pensar que porque los aldeanos fueran pobres (que lo eran) las construcciones debían ser gratuitas. Hemos visto que toda esta gente pagaba la construcción en la medida que podía o que le tocaba, con su propia mano de obra, a falta de recursos económicos. Pero las corporaciones de obreros especializados cobraran en dinero o bien en especias, que a la postre venía a ser lo mismo.

         Por todo ello, el maestro constructor también debía darle gran importancia a la organización económica y contable de la obra, y sacarle el máximo rendimiento al dinero conseguido para la construcción de la obra románica.

         Si antes hemos dicho que eran los abades, obispos y reyes los que se llevaban los méritos en la construcción de una iglesia o templo románico, también eran éstos los encargados de buscar el dinero necesario para llevar a cabo la obra.

         Tal y como ocurre muy frecuentemente hoy día, los proyectos reales (al fin y al cabo eso es lo que era una obra románica de cierta envergadura, como una catedral románica) se financiaban por medio del desvío de fondos (no vayáis a pensar que es nuevo lo que hay hoy día). El dinero se conseguía por medio de impuestos, donaciones, campañas petitorias. El obispo, a veces, cede parte de los impuestos que recaudan por portazgos, molinos, pastos, etc. Los nobles o personas acomodadas podían ceder derechos de su cantera o donar madera de sus bosques. La Iglesia sacaba en procesión las reliquias, y los fieles hacían ofrendas. Si el dinero no llegaba, las obras quedaban paralizadas, lo que daba lugar a que dichas obras duraran años y años. Y no penséis que ese problema era propio de la época románica. Hoy día, en la actualidad, la catedral de la Almudena, en Madrid, terminó su construcción no hace mucho tiempo, después de más de un siglo desde que comenzaran las obras de construcción. Lo mismo podemos decir de la Sagrada Familia en Barcelona, aún inconclusa por diversos motivos, entre ellos el fallecimiento prematuro de su arquitecto, Antonio Gaudí, y ¡cómo no! por motivos monetarios.

         Como podéis apreciar, hay cosas que por muchos años que pasen, siguen igual, sobre todo en el asunto monetario. Y es que, como dicen los catalanes: ¡la pela es la pela!, refiriéndose a la antigua peseta, que así era como ellos la llamaban.

         A modo de conclusión, las obras de estos templos románicos, muy probablemente se ejecutasen de una manera muy similar a las que se realizan en nuestro tiempo, incluso mucho más de lo que imaginamos. Un griterío de gente impresionante era el tono normal que se podía apreciar a pié de obra, fruto del barullo de obreros, picapedreros, canteros, escultores, carpinteros, vidrieros, etc.; en definitiva, gente trabajando en un sinfín de oficios.


        Y hablando de oficios, ¿repasamos una vez más esos oficios? Veamos quieres eran, qué hacían, qué función desempeñaban en la obra románica; realmente eran los verdaderos protagonista de la construcción románica, además, claro está, del Magister Muri.

         El comitente: era el cliente, aquel para el que se realizaba la obra y quien la pagaba.

         El teólogo redactor: no siempre concurría, solo en obras de cierta envergadura. Era el diseñador del programa iconográfico, tanto escultórico como pictórico que decoraría la iglesia.

         El arquitecto: no es una figura frecuente del Arte Románico salvo en grandes monumentos, como catedrales y grandes monasterios, y no lo es porque el conocimiento romano adquirido durante el esplendor del Imperio se eclipsa y no se revitaliza hasta que no se traducen los textos romanos científicos en la Escuela de Traductores de Toledo. Consiguientemente, la labor de la arquitectura en el Románico es realizada en forma empírica, es decir, a partir de la experiencia y con sólo planos de planta. El conocimiento teórico del arquitecto del mundo románico se reduce a la geometría.

         El maestro de obras: generalmente realizaba las tareas del arquitecto cuando éste no participaba en el proyecto. Es el jefe de las corporaciones de los diferentes oficios. Puesto que la obra se construía en función de su experiencia personal, el maestro estaba muy vinculado a la realización material.

         El cillerero: oficio propio de un monasterio. Era el monje encargado del control de las obras en el monasterio.

         La mano de obra no cualificada: sobre este oficio no hay mucha información al respecto hasta el siglo XIV, muy lejos del Románico. En general estaba clasificada por gremio ó tipo de actividad. En el Císter, al principio, los propios monjes trabajaron a pie de obra, aunque pronto fueron sustituidos por los conversos. No obstante, la mayor cantidad de mano de obra no cualificada en el Arte Románico era laica.

         Los picapedreros: en el ámbito del Arte Románico eran los que realizaban el trabajo en las canteras. Trabajaban a las órdenes del encargado. Su trabajo era controlado por el arquitecto ó el maestro de obra que visitaba la cantera con asiduidad y que daba las directrices al encargado de la cantera. El maestro de obras decidía el material más idóneo y el lugar de donde obtenerse, controlando la extracción y la calidad de la piedra. Los bloques que salían de la cantera eran allí mismo desbastados para facilitar su transporte y ocasionalmente se realizaba el tallado final cuando la pieza no requería mayor elaboración.

         Los acarreadores: el medio natural de transporte hasta el destino era el carro tirado por pareja de bueyes o de caballos con ruedas de radios, casi siempre “ferradas”, es decir, guarnecidas con clavos de grandes cabezas para aumentar la adherencia. Ocasionalmente se utilizó el transporte fluvial, y también ocasionalmente las calzadas romanas, pero lo habitual era el transporte por caminos que solían ser muy angostos y llenos de barro. El transporte era un importante factor de coste que condicionaba la ubicación del templo; el coste del transporte podía ser incluso mayor que el coste de los materiales. Con frecuencia el acarreo era realizado por las personas, tanto en el monumento como en pequeñas distancias. Para la construcción de iglesias y monasterios se otorgaban beneficios espirituales invitando a las personas a realizar estos trabajos, y también para aportar las carretas y animales.

         Los canteros: Su trabajo comenzaba haciéndose cargo de los materiales recibidos de la cantera, que guardaban en la “casa de la obra”, donde luego realizaban su trabajo, junto al edificio en construcción. Era uno de los gremios más numerosos en la obra. Sus herramientas eran el puntero, la maza, el pico y el hacha. Los canteros dejaban tres tipos de marcas: las conocidas como “marcas de cantero” cuyo único fin era el determinar el trabajo realizado por cada uno. Las “marcas de posición” destinadas a colocar las piedras en el lugar y posición para las que se tallaron y que se solían ubicar en lugares discretos (parte de atrás, basa, …, etc) y, sin sentido funcional, las “marcas de grafito”, signos o figuras caprichosas, grabadas en cualquier lugar y de las que las más frecuentes eran los tableros de juego de los propios canteros y otros obreros. De éstos, el juego más popular era el alquerque, de cinco, nueve ó doce en raya, como ya vimos en los capítulos iniciales.

         Los escultores: realizaban las labores ornamentales sobre la piedra, ocasionalmente realizadas con peor resultado por los mismos canteros. Normalmente trabajaban en la misma obra, pero en otras ocasiones lo hacían en otro lugar y con piedra diferente. No solían firmar las obras realizadas, aunque en muy contadas ocasiones registrasen su nombre seguido de Me fecit, para indicar su autoría ó registrasen solo su firma al final de sus días profesionales cuando hubiesen alcanzado el grado de maestro, a lo que se llama “magister signum”. Estas anotaciones iban siempre acompañadas de la fecha en que se registraban. Ocasionalmente en el Arte Románico el “me fecit” alude al comitente.

Maestro Micaelis me fecit. Iglesia de San Cornelio y San Cipriano.
Revilla de Santullán (Palencia).

        Areneros, poceros y caleros: cuando existían en la obra, eran los responsables de suministrar a los albañiles los elementos auxiliares de su trabajo: arena, agua y cal con los que se hacían las mezclas. Estos elementos eran transportados por lo acarreadores.

         Mazoneros ó albañiles: eran los responsables de levantar los muros. Los había de dos tipos: “de tapiar” y “de asentar canto tajado”. Éste colocaba los sillares y aquél realizaba los muros de cal y canto, mampostería y tapial. Trabajaban con escasísima maquinaria y aunque disponían de maquinaria de elevación, el método generalmente utilizado era el de plano inclinado. Con el tiempo se fue imponiendo la grua de elevación, impulsada por obreros dentro de una jaula; como si fueran ratoncillos hámster. Observad la siguiente ilustración.


         Tejeros y pizarreros: eran los responsables de la cubierta exterior y se llamaban así en función de que estuviese hecha de teja, ó de lajas de pizarra ó de piedra.

         Carpinteros: en el Arte Románico eran los artesanos más importantes en la construcción, en la que la madera fue el material más empleado. La madera preferida era el roble. Su trabajo consistía en montar los artilugios elevadores, los andamios, el cimbrado de arcos y bóvedas y las armaduras para los tejados. Su trabajo era clave en la estabilidad del edificio.

         Pintores, vidrieros y herreros: cuyo trabajo se relacionaba con la decoración y remate final del edificio terminado.

         Veamos a continuación algunas herramientas y diversos oficios que tenían las corporaciones locales que aludíamos con anterioridad.








        Bueno chicos, ya conocemos cómo se construye una iglesia o templo románico y quiénes son sus trabajadores, sus albañiles, como los conocemos normalmente. Sabemos que trabajos realizaban y qué herramientas utilizaban, pero muchos de vosotros os estaréis preguntando: “sí, todo esto está muy bien, pero … ¿por qué se construía esa iglesia o templo aparte de para glorificar a Dios?

         Si tuviéramos que aventurar los pasos que debieron darse para la construcción de cualquier monumento eclesiástico, podríamos arriesgarnos a dar los siguientes:

·         Necesidad espiritual de la creación de la iglesia o monasterio.
·         Soñar la obra y adecuarla a la necesidad material.
·         Búsqueda de los promotores.
·         Concreción de la obra con un arquitecto de confianza y su equipo de escultores y canteros.
·         Desarrollo de la construcción.
·         Uso y explotación de lo realizado.

         El Arte Románico no tuvo opción. Debía construir con sillares desde los propios cimientos para lograr poner en pie obras sencillas o descomunales, en geografías aisladas y con mínimos elementos de cálculo, aplicando imaginación e inventiva, práctica y herencia de tradiciones. Hoy día podemos comprobar su acierto constructivo en los monumentos en estado puro que quedan en pie, resistentes al moderno abandono de pueblos y aldeas.

         La intención de estos viejos edificios medievales fue la de ser habitáculo de la verdad cristiana interpretada de la manera más bella de aquel momento. Eran enormes o pequeñas construcciones que unían la calidad de sus obras a la gloria divina que poseían en su interior.

         Las obras arquitectónicas románicas nada tienen que ver con las obras actuales, la mayoría de las cuales tienen como seña de identidad el prematuro envejecimiento, casi a la par con la propia biología de quién las construyó, careciendo de humanidad y utilidad a la comunidad para quienes se crearon, amén de una falta de porvenir y pervivir en el tiempo. Ello hace un merecido homenaje a la nobleza y a la inmortalidad del espíritu de quienes realizaron las obras del Arte Románico.

         ¡Hasta pronto!

3 comentarios:

  1. Muy bueno todo el contenido del blog, me gusta, y agradezco que haya alguien dedicado a realizar este tipos de blogs, que yo considero que son de cultura general, que está tan poco valorada hoy en día.

    Un saludo al autor de este excelso y magnánimo blog.

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  2. Muchas gracias Jorge. Perdona el retraso en la publicación de tu contenido, pero el tiempo es el que manda a veces. Intentaré seguir y consejo. Muchas gracias de nuevo.
    Un saludo.
    Salomon Templeton

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  3. Gracias por dar satisfacción a quienes tenemos este tipo de inquietudes. De verdad, muchas gracias. Me gustaría hacerte una pregunta, quizá muy obvia. ?como se comentaban las obras?
    Juan

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