martes, 2 de octubre de 2012

ORIGEN DEL ARTE ROMÁNICO


         Ñoras. Ñores. Ñoritos. Ñoritas. Vamos avanzando en nuestro viaje por el Arte Románico. De todo lo visto hasta ahora, ¿os ha gustado algo? Quisiera pensar que sí, y me gustaría que así fuera, porque luego nos va a resultar más fácil entender la parte más íntima del Románico, la menos visible a los ojos pero, a la vez, la más edificante. Ya veréis, ya.

         En el capítulo anterior hemos visto cómo era Europa durante la época de este arte Románico que tratará de unirnos por un largo tiempo. Europa pasó, de la desintegración del Imperio Romano, a la creación del Imperio Sacro Germánico-Romano por Carlomagno. Durante todo ese tiempo, se produjo un cambio radical en todas las estructuras sociales y religiosas del viejo continente, como ya sabéis.

         La época románica es una época marcadamente optimista, en una cristiandad ya segura de sí misma, pasadas ya las angustias provocadas en los dos siglos anteriores, sobre todo con el final de los terrores del año mil, que provoca el desarrollo de una piedad agradecida que promueve una intensa renovación del arte religioso: un creciente optimismo y fervor constructivo.

         Poco a poco fueron debilitándose las invasiones vikingas, húngaras y musulmanas (sobre todo en España, con la debilitación del Califato de Córdoba y la creación de los Reinos de Taifas). Ello produjo un restablecimiento de la paz en todo el occidente europeo, favoreciendo el auge del comercio, la industria, la cultura y la vida urbana.

         Aparecen las peregrinaciones como consecuencia de la aparición de reliquias, que promovían garantías de prosperidad en esta vida y de salvación en la otra; los santos se convierten en intercesores ante Dios.

         Las peregrinaciones más importantes en esta época fueron a Roma, Jerusalén y Tierra Santa –o los Santos Lugares-, y a Santiago de Compostela, con la creación de su famoso Camino de Santiago (tan en boga de nuevo últimamente), adquiriendo todas ellas una gran importancia, tanto por el valor espiritual como terrenal (se crea riqueza en la zona). Con las peregrinaciones nace un nuevo tipo de iglesias: las iglesias de peregrinación, con los deambulatorios como la novedad más importante que dichas construcciones aporta al arte románico; se crea el arte de los caminos o el arte de los peregrinos.


         También la vida monástica tiene su papel fundamental en la creación del Románico. Los monasterios se organizan como focos artísticos, culturales e intelectuales de la época. Éstos, fundamentalmente benedictinos y cluniacenses, son centros de oración, conservando y adaptando las tradiciones del mundo antiguo. Toda la vida interior de los monasterios se fundamenta en el “ora et labora”, con una especial atención a la regulación del horario. Se tenía muy en cuenta el aprovechamiento de la luz solar según las distintas estaciones del año, para conseguir un equilibrio entre el trabajo (generalmente trabajo agrícola), la meditación, la oración y el sueño. Dicha vida interna estaba regida por la regla monástica benedictina, creada por San Benito de Nursia (480-550), y dictada en el año 529 para la abadía de Montecasino. Para que os hagáis una idea de cómo era la regla dictada por San Benito, os muestro un pequeño fragmento de ella, en la que se alecciona a los monjes a repartir su tiempo entre el trabajo y la lectura espiritual:

         La ociosidad es enemiga del alma. Por eso los hermanos deben ocuparse en ciertos tiempos en el trabajo manual, y a ciertas horas en la lectura espiritual. (Regla de S. Benito)

         Tanto contribuyó San Benito de Nursia a la evangelización de Europa que ha sido declarado como Patrono de Europa.


         Pero en todo este cúmulo de circunstancias y consideraciones que confluyeron en la creación y consolidación del Románico, no debemos olvidarnos de Cluny, la abadía cluniacense que se fundó entre el 909-910, con sus famosos monjes negros, llamados así por su indumentaria característica. La Orden Cluniacense es fundamental en la reforma monacal, revisando en profundidad las comunidades benedictinas. Dicha orden tuvo multitud de monasterios y casas bajo su influencia, no sólo en toda Europa, sino también en España, sobre todo en el noreste peninsular, en los Condados Catalanes y el Reino de Aragón y Navarra. Se convirtió en el gran centro difusor de la reforma, alcanzando una gran expansión y consiguiendo que a través de sus monasterios el arte románico se difundiera por todo el mundo cristiano europeo. La opulencia, ostentación, acumulación de riquezas y el poco afecto que tenían por el “ora et labora” estos monjes, terminó con ellos, dando paso a otra orden también muy importante en la edad media, creada en las postrimerías del arte Románico: la orden del Císter, los cistercienses.

         Estas tres circunstancias anteriores, peregrinaciones, auge de los monasterios y la fundación de la abadía de Cluny, son fundamentales en la creación y consolidación del Arte Románico. A esto hay que añadirle lo comentado también anteriormente: el fin del terror milenario y la aparición de un nuevo y renovado optimismo en toda la vida medieval.

         Es en ese marco de optimismo y resurgimiento espiritual, social, económico y demográfico donde hay que encuadrar el “milagro” del arte Románico, por el cual toda Europa se ve envuelta en una fiebre constructiva sin precedentes. Tanto es así que el monje cronista medieval Raúl Glaber lamenta tanta construcción de iglesias. Pero es que el arte es un elemento social incrustado en las comunidades en las que se asienta, ligado a ellas de forma intelectual y económica.
         Ese crecimiento será una inmensa manifestación artística generalizada y diversa que sacude la Europa cristiana entre los siglos X y XIII. Es el gran estilo europeo después del decaimiento del arte de Roma tras el paso por la pobreza artística del mundo tardorromano.

         El triunfo del arte románico significaba la progresiva modernidad y europeización frente a culturas locales altomedievales que trataban de impedir el progreso en beneficio de un mundo antiguo en el momento de la aparición del Románico, rancio, arcaizante, enquistado y paralizado en una resistencia inútil por planteamientos ya agotados.

         Comienza por tanto, la era del primer arte europeo y del primer arte verdaderamente cristiano, arte sacro del cristianismo occidental, del cristianismo romano. Un estilo que integra formas arquitectónicas, esculturales y pictóricas en un plano de trascendencia espiritual, en el que se emplea el lenguaje simbólico para comunicar sentimientos e ideas de elevada dimensión.

         Este estilo es el resultado de la integración y combinación armónica de fórmulas constructivas y estéticas de diversa procedencia: romana, paleocristianas, prerrománica, bizantina, germánica e islámica, hasta alcanzar una unidad de criterios y una personalidad considerables. Ninguno de los estilos anteriores lo inventó; su proceso fue paulatino y ocurrió simultáneamente en todos ellos.

         El hecho que el arte Románico durase tanto tiempo puede deberse a los ritmos lentos de las sociedades antiguas, que no asumían o incorporaban tan aprisa las artes que creaban, no como la realidad actual. A ello hay que añadirle que en toda la cristiandad no se volvieron a dar encargos constructivos tan extensos, si bien es cierto que tenemos que comprender que las artes de los siglos posteriores no necesitaron tantas iglesias porque estaban funcionando perfectamente las románicas. Además, las comunidades ciudadanas sucesivas podrían ser mejor servidas con menos edificios, debido a la concentración de sus habitantes, y a la no dispersión de villas y aldeas.

         En esa pervivencia en el tiempo algo tuvieron que decir sus recias formaciones, la maravilla arquitectónica y escultórica que se logró con tan pocos medios, la localización geográfica en paisajes de ensueño, etc. También por representar la época de la formación de las nacionalidades europeas, de los primeros estados medievales, de utilizar un lenguaje común a pesar de pertenecer a países distintos.

             El arte Románico también es considerado como la manifestación artística de la sociedad feudal. No sólo se trataría de un arte monástico, sino también un arte aristocrático, exhibiéndose el poder mediante el arte. La nobleza fue la encargada de construir los primeros castillos, mientras que abades y obispos mostraban su autoridad construyendo monasterios y catedrales, monumentos en honor a Dios, a Cristo Triunfante, y a la Virgen entronizada, semejantes a “castillos de Dios” por su apariencia de fortalezas.

         La visión de ese nuevo mundo físico e intelectual que apareció durante la época románica también aquí aparecerá representada. Esa división trinitaria de la sociedad, explicada anteriormente, tendría mucho que ver en la construcción de iglesias y catedrales. Unos decidían su construcción (oratores y bellatores: reyes, nobles, abades, etc.); otros las hacían (maestros y artesanos), y sólo ellos, los laboratores, las llenaban a plenitud los domingos y días de fiesta.

             Geográficamente, la distribución de este arte es muy amplia, y alcanza buena parte de Europa, con una muy alta densidad de construcciones en el norte de España, Francia, Gran Bretaña, Alemania e Italia, alcanzando otras regiones más septentrionales y orientales del continente. El arte Románico puede certificar frente al arte clásico su dilatada expansión geográfica sin haber conquistado el territorio militarmente, ya que miles de iglesias se desparramaron a lo largo de todo el mundo cristiano conocido, desde Lisboa a Tierra Santa y desde Toledo a Escandinavia.

             Los dos siguientes mapas muestran diferentes ciudades españolas y europeas donde el Arte Románico dejó una importante muestra de su creatividad y genialidad. Las flechas que en ambos mapas aparecen reflejan diferentes caminos o vías de comunicación entre esas ciudades europeas, haciendo un especial hincapié en la peregrinación a Santiago de Compostela y la creación del Camino de Santiago.

         Una vez más se pone de manifiesto que muchas de las circunstancias que envuelven y marcan nuestra vida y nuestra sociedad actual proceden de la edad media, y más concretamente, de la época románica, esa época que poco a poco hemos ido desgranando con el fin de adaptar nuestro intelecto a toda la creación artística que surgió con el Arte Románico, fundamental para su entendimiento.







viernes, 28 de septiembre de 2012

DESCUBREN LOS PRINCIPIOS QUE CREAN CONEXIONES ENTRE LAS NEURONAS


 http://www.abc.es/20120917/ciencia/abci-principios-conexiones-neuronas-201209172201.html



Un grupo de científicos de la Escuela Politécnica Federal de Lausana (EPFL) ha conseguido dar un paso adelante hacia la comprensión de cómo funciona el cerebro, gracias a la identificación de los «principios clave» que determinan las conexiones que se producen entre las neuronas. «Lo que creemos es que cada neurona crece independiente de las demás y que, cuando todas han crecido, simplemente se producen colisiones accidentales entre ellas y se forman las sinapsis (la conexión entre dos neuronas)», explicó el director del proyecto Blue Brain, Henry Markram.

El equipo de Markram llegó a esta conclusión después de recrear en un ordenador un microcircuito neuronal compuesto por 10.000 células de este tipo (el cerebro humano se compone de unos 100.000 millones) y observar que las conexiones que predecía el modelo eran muy similares a las que se comprobaron en un circuito cerebral equivalente procedente de un mamífero real. 

Según el director del proyecto, «la explicación de cómo conectar las neuronas era uno de los grandes retos. Sabemos cómo se tocan unas neuronas con otras y cómo forman las sinapsis, pero no sabíamos la regla general que siguen millones de neuronas». «Podría pensarse que una neurona, a través de químicos, es atraída y repelida hasta que encuentra a otra neurona y establece una conexión con ella, pero es mucho más simple», aseguró Markram, aludiendo así a la hipótesis de la quimioafinidad, que establece que estas células siguen unas señales químicas que les indican con qué otras conectarse.

«El mapa era muy parecido»

Para llevar a cabo su investigación, el grupo de la EPFL tomó «muchas» neuronas de tejidos cerebrales y las dibujó en ordenador en tres dimensiones, al tiempo que estudió pares de células conectadas por sinapsis y estableció exactamente dónde se forman estos enlaces. Una vez dibujadas las células en el ordenador, con ayuda de un algoritmo los científicos determinaron todos aquellos puntos en los que las ramificaciones de las neuronas se unían para formar sinapsis.
 
«Se tomaron todos los puntos en los que conectaban las neuronas y trazamos un circuito cortical, lo comparamos con los mapas que hemos visto en experimentos reales y descubrimos que el mapa era muy parecido», aseguró, para concretar que entre la previsión y el mapa real había «algunas excepciones». Apuntó que ahora están en condiciones de «aplicar esas excepciones» y predecir las posiciones que ocuparían las sinapsis en el cerebro.

El principio descubierto por este equipo de investigadores de la ciudad suiza de Lausana permite a la conexión entre neuronas ser «muy robusta», ya que la supresión de un gran número de ellas o la alteración en orientación no cambia la posición de la sinapsis, altiempo que concluye que la situación de las sinapsis en cerebros de la misma especie «tiene más similitudes que diferencias».

miércoles, 5 de septiembre de 2012

LA EUROPA ROMÁNICA



             Sí, ya lo sé. Vale. Sé que llevamos algunos capítulos sobre este viaje por el románico y todavía no lo hemos olido, ni hemos hablado de él. Es cierto, pero todo lo explicado en los capítulos anteriores era necesario hacerlo para que tuviéramos una idea muy clara sobre cómo era aquella época socialmente, y todo lo que pasaba en España durante aquellos años, de manera que nos sea más fácil entender todo lo que rodea y envuelve al arte Románico.

             Hemos hablado de lo que ocurría en España durante la época románica, pero, ¿qué estaba pasando en Europa?, porque, no debemos olvidar, que el arte románico llegó a España procedente de Europa, por lo que se hace necesario echar una miradita al viejo continente y ver que se “cocía” por aquellas tierras.

             “El curita se marca otro rollo histórico patatero, nos vuelve a dormir y se volverá a quejar. ¡Pues vaya! ¡Ahora que parecía que íbamos a ver algo de lanchas.” Este puede ser el pensamiento casi único de todos vosotros, pero, repito, se hace necesaria una nueva explicación para saber cómo estaba Europa.

             Desde la caída del Imperio Romano de occidente hasta el siglo X, Europa se sumergen en una de las épocas más oscuras de su historia. El ordenamiento social y político romano, junto al arte, la cultura y la ciencia se ven gravemente dañados.

             Los desplazamientos masivos de pobladores, las grandes invasiones y guerras contra vikingos, normandos, húngaros y árabes, sumen a Europa, salvo en determinados momentos y lugares concretos, en una situación de precariedad social.

         Las plagas, la pobreza, el hambre y las guerras de la época parecen anunciar el fin del mundo, justificando el terror milenario que el hombre medieval siente durante las últimas décadas del siglo X. El hombre de este siglo, a este clima de intranquilidad, le da una formulación religiosa basada en la oscura profecía del Apocalipsis, como ya vimos en un capítulo anterior.

         Tras el cambio de milenio, y viendo que de fin del mundo nada de nada, renace el optimismo. Se origina un movimiento de acción de gracias y de piedad en la población de este siglo que se manifiesta en el arte, en el arte Románico.

No sólo la vida continúa, sino que muestra una cara más amable al mejorar las técnicas productivas agrícolas, como los enganches a las bestias de tiro. También se inventa la herradura, el arado con ruedas y vertederas, y se comienza a usar la fuerza hidráulica para mover los molinos. Estos avances influyen en un importante aumento de la demografía. Las aldeas, villas y ciudades, de escasa población urbana, mantenían realidades similares en torno a su función campesina.

             Acabado el siglo X se produce una verdadera comunicación de caminos como consecuencia del movimiento general originado por el acercamiento de los distintos monarcas europeos, las comunicaciones entre los numerosos monasterios surgidos, las primeras cruzadas, la adoración de reliquias, los caminos de peregrinación, etc. Todo ello promoverá un aumento del comercio en Europa.

             En el terreno militar, los grandes desplazamientos invasores se aquietan al convertirse al cristianismo pueblos belicosos por naturaleza, mientras en España, la amenaza musulmana es frenada. Sancho III el Mayor de Navarra comienza a sentir la Reconquista como ideal espiritual y no como incremento de territorios.

             Otras fechas escuetas y puntuales para enumerar la cronología de hechos fundamentales del siglo XI, de plenitud románica, podrían ser: la fundación de Cluny –poderosa orden religiosa que instrumenta y da forma a la cruzada espiritual contra el islam- en el año 910, su desgarramiento y separación posterior y formación de la orden cisterciense en el 1098, la invasión de Inglaterra por Guillermo el Conquistador y la batalla de Hastings en 1066, la toma de Jerusalén por los cruzados en 1099.

         La siguiente ilustración pertenece al Tapiz de Bayeux, donde se relata la conquista de Inglaterra por Guillermo el Consquistador.


             Europa, y con ella todo Occidente, salía de la oscuridad histórica del siglo X y del milenarismo. El único foco cultural digno de mención en aquellos años estaba en España, el Califato de Córdoba, que, como ya hemos dicho en el capítulo de la España Románica, a medida que pasaba el tiempo se dedicaban a guerrear entre ellos, produciendo un retraso en la onda expansiva de su religión, el islamismo. Muchos autores hoy día se preguntan qué hubiera pasado si el Califato de Córdoba hubiera prolongado su vida con la misma intensidad de los primeros años de conquista en territorio español.

             Es en las inmediaciones del año 1000 donde se fabrica, se idea y se consolida la unidad intelectual europea que con tanto ahínco había buscado Carlomagno, y que le había llevado a fundar el Imperio Sacro Germánico-Romano. El empuje decisivo para el resurgir del viejo continente lo constituye la unificación y exaltación espiritual de Europa bajo la bandera de la fe y el ideal de un imperio cristiano. La intensidad religiosa de la época permite unir, en lo moral, estados y territorios que en lo político y geográfico se encuentran muy alejados. Una persona que atravesase la Europa medieval en tiempos del románico habría de encontrar menos diferencias que las que presentan las modernas naciones de hoy en el continente. En esas naciones europeas, teniendo presente que hablaban lenguas distintas, utilizaban el latín como lengua de información y transmisión de conocimientos. Ello permitía, por ejemplo, que la función monástica que realizaban los monjes era la misma en todas las partes, pudiendo intercambiarse los monjes de distintas nacionalidades sin que ello supusiera un problema o contratiempo, ni para ellos mismos ni para la comunidad en la que vivían. Recordad que el actual patrono de Europa es San Benito, el fundador de los benedictinos que poblaron Europa unificando criterios con su Regla.

         Veamos cómo estaba dividida Europa alrededor del año 1.000.


       Los monasterios, que en la Alta Edad Media tienen una influencia muy localizada, comienzan a desarrollarse por todas partes, impulsados, sobre todo, por la poderosa Orden de Cluny, fundada a principios del siglo X en Borgoña, y perteneciente a la orden de los benedictinos. Su regla termina imponiéndose en casi todas las abadías que considera suyas diseminadas por todo occidente. Las demás órdenes monacales existentes se reforman, debido a la secularización de la vida monástica.

Los monasterios, debido a su importancia y al hecho de que en muchos de ellos se guardan reliquias de santos, se convierten en centro de peregrinación de creyentes. Estas peregrinaciones son muchas veces fomentadas por los monjes, debido a las ventajas económicas que estas afluencias masivas de gente aportaban a los monasterios.

         Las peregrinaciones a Roma, Jerusalén y, principalmente, a Santiago de Compostela, y el movimiento religioso de las cruzadas, impulsan el intercambio de conocimientos, culturas y formas de vida entre europeos, y entre éstos y el Islam. En torno a las rutas de los peregrinos y en sus puntos estratégicos se levantaron los principales templos y monasterios románicos.

         Los monjes representaban esa clase social de oratores que combinaban la acumulación de grandes excedentes de tierras, extensiones, bienes inmuebles y dinero, con la importancia de sus intervenciones políticas, muchas de ellas determinantes en la historia de la Edad Media y del Arte Románico; porque éste es impensable que surgiera de los paupérrimos laboratores (¡pobrecicos ellos!), aunque sí de la confluencia de la división tripartita de los estratos sociales.

             La Paz de Dios traerá como consecuencia el nacimiento de las estructuras sociales. Esta situación pacífica, de menor riesgo, va a ser un factor importante en la formación de la burguesía, en el desarrollo del comercio y el progreso de las nacientes ciudades.

             Europa, a finales del siglo X, logra un cierto equilibrio y tranquilidad. El Papa se convierte en el poder más universal, coronando en Roma a los Emperadores. Los musulmanes no logran ampliar su dominio en España. El espíritu monástico tiene una línea de organización y poder en Cluny. Un aliento general surge de construir iglesias en un occidente cristiano que más que nunca halla su ligazón en la misma fe, acondicionándola arquitectónicamente para que fuese difícil destruirlas por un incendio, extendiéndose por toda Europa el principio de abovedamiento.

         El mundo cristiano alcanza un alto grado de ilusión y vitalismo.







martes, 4 de septiembre de 2012

LA ESPAÑA ROMÁNICA (y II)

        ¡Hermosos!... ¡Hermosas!... ¡Hermosillos y hermosillas!... ¡Ya estoy de vuelta! ¿A que se os ha hecho muy larga la espera? ¿A qué sí? Eso significa que estáis entusiasmados con el tema. Lo mismo me pasa a mí.

         Si recordáis, en el capítulo anterior dije que Toledo era la capital del reino visigodo antes de la llegada de los musulmanes, luego era una ciudad importantísima para los reinos cristianos, y su recuperación para la cristiandad era una tarea prioritaria; los reyes cristianos se sienten herederos de ese reino visigodo. Pues bien, Alfonso VI en el año 1085 conquista Toledo, lo que produce una gran euforia entre los cristianos del norte (los que habitaban al norte del río Duero) y una renovada mentalidad victoriosa, muy necesaria después de todos los desmanes cometidos por Almanzor. Esta victoria hace que la idea de la Reconquista vuelva a desarrollarse lentamente y definitivamente, pues la moral cristiana estaba un tanto baja después de tanto tiempo siendo almazoneados.

         Los siglos XI y XII son clave para nuestra historia, tanto social como la del románico. Finaliza la época oscura del milenarismo y el almanzorismo, y comienza la recuperación económica, hay un aumento demográfico, renacimiento de ciudades y vida urbana, aparecen comerciantes y trabajos mercantiles que se abren paso entre el sólo y único trabajo conocido hasta entonces, el agrícola, y aparecen los fueros y derechos individuales que poco a poco tienden a terminar con la servidumbre. Es una situación muy semejante a la que está viviendo Europa por aquellos años.

         Como veis, ya por entonces éramos europeos, aunque con menos problemas de los que tenemos ahora.

         El siguiente mapa muestra cómo iba la Reconquista a comienzos del siglo XII.



        La dinámica de guerra y paz medieval en España entre reinos cristianos y los distintos regímenes políticos de Al-Ándalus tiene como consecuencia otro hecho peculiar de la edad media española: el trasiego de gentes que colonizan y repueblan amplias extensiones del territorio a medida que las fronteras descienden hacia el sur.

         Mientras tanto, ahora son los musulmanes los que combaten entre sí por ver quién era el que debía ostentar el poder para dominar el Califato (¡lo que os decía antes!), además de ver que los cristianos, cargados de moral, iban ganando batalla tras batalla y territorio tras territorio. Ello dio lugar a los llamados Reinos de Taifas, que no eran sino pequeños territorios en poder de los musulmanes que sus jefes se habían autoproclamado reyes, independientes del Califato de Córdoba. Estos Reinos de Taifas tenían una división administrativa, política y militar, combatían entre sí a veces con el apoyo de los reinos cristianos, lo cual no era raro en aquellos tiempos, ya que cuando los cristianos combatían también entre sí, eran ayudados por los ejércitos de estos Reinos de Taifas como veremos más adelante.

             Al norte de Toledo, la población está muy tranquila, incluso en Magerit o Mayrit, la actual Madrid. A medida que van transcurriendo los tiempos, la estabilidad territorial es más persistente. Se opera más activo, y hay un resurgir en las letras, las ciencias y, por supuesto, el arte. La población aumenta, crece el comercio, se establecen relaciones más allá de los Pirineos creando una ruta que, con el tiempo se convirtió en ruta de peregrinación y acabó siendo también ruta de comercio y cultura: el Camino de Santiago.

             El Camino de Santiago permitía a España participar de las corrientes culturales, artísticas, religiosas e incluso comerciales y económicas europeas, especialmente durante los siglos XI al XIII, en la plenitud del Románico.

             Pasa el tiempo y el rey de Castilla es Alfonso VIII,  el frente de guerra está en la meseta sur, ¿sabéis por donde, aproximadamente? Por Carrión, sí, Carrión de Calatrava, en donde están los carrioneros, en su castillo de Calatrava la Vieja, construido por los musulmanes y que, después de la conquista de Toledo, había pasado a manos cristianas. Mirad esta foto y reconoceréis el castillo de Calatrava la Vieja.

               La lucha contra los musulmanes seguía poco a poco, paso a paso, pero no siempre se daban para delante.

             En el año 1095, los musulmanes derrotan a Alfonso VIII en Alarcos, cerca de Ciudad Real, en el cerro donde celebra su romería el lunes siguiente de Pentecostés, ¿lo recordáis? Con la derrota de Alarcos, también se pierde el castillo de Calatrava la Vieja, que ahora lo tenían los monjes-soldados de la Orden de Calatrava, y este castillo nuevamente pasa a manos de los musulmanes. Los cristianos se tienen que replegar y refugiar nuevamente en Toledo.

             Esta derrota hace que la Reconquista se paralice durante unos años; los musulmanes parece que tienen la situación controlada, incluso que pueden nuevamente volver a conquistar territorios como en los viejos tiempos. Pero, nanai. Los cristianos se han reforzado mucho y bien, y en el año 1212 (¡qué fácil de recordar el año, ¿verdad?) los musulmanes son derrotados definitivamente en la batalla de las Navas de Tolosa (Jaén), esta vez sin posibilidad de recuperación (este año se cumplen 800 años de aquella batalla; el octavo centenario). Deciros que en esta batalla, en el bando cristiano, participaron no sólo guerreros cristianos, sino que también participaron guerreros musulmanes que les ayudaron desde los Reinos de Taifas, además de guerreros venidos de muchos puntos de Europa para ayudar a vencer a los musulmanes, que, por ser de una religión diferente a la cristiana, los consideraban verdaderos enemigos.

         A partir de aquí, la Reconquista no para de avanzar, hasta llegar al año 1492 que dijimos antes, año en que definitivamente se rinde Granada a los Reyes Católicos, y todo el territorio español pasa a manos de la cristiandad.

         Pero no creáis, si en el campo de batalla cristianos y musulmanes peleaban a muerte, la rivalidad entre ambas religiones y culturas no era tan cruel en las relaciones diarias. Ambos se respetaban el modo de vida en sus conquistas. Los cristianos lucían ricas telas provenientes del Islam, incluso lucían invocaciones a Alá. Diversos personajes importantes de las cortes andalusíes se casaron con mujeres cristianas y no precisamente para tenerlas como esclavas. Uno de ellos fue el temible y terrible Almanzor, que se casó con la hija del rey de Pamplona Sancho Garcés, aunque ésta se convirtió al Islam con el nombre de Abda. De ese matrimonio nació un hijo, Abderramán, que lo apodaron “Sanchuelo” por su procedencia navarra.

         Durante todos estos años hasta la batalla de las Navas de Tolosa, hubo diversos reyes que contribuyeron de una manera decisiva tanto en la Reconquista como en la incorporación del arte románico en nuestro territorio. Uno de esos reyes fue Sancho III el Mayor (1004-1035) de Navarra, que hizo avanzar de una manera importante los territorios por el noreste de Aragón. Su hijo Fernando I (1035-1065) hereda Castilla e incorpora León, a la vez que es el verdadero introductor del arte Románico en Castilla y León. El hermano de Sancho III de Navarra, Ramiro I (1035-1063), hereda Aragón, y el último hijo de Sancho III, García Sánchez III (1035-1054) recibe el reino de Navarra, la Rioja, el oeste de Castilla y el País Vasco.

         El gran monarca del arte Románico es Alfonso VI (1072-1109), hijo de Fernando I, ya que, durante su tiempo, tendría lugar la entrada definitiva de este arte europeo en los reinos cristianos. También será el gran monarca territorial del siglo XI y comienzos del XII, ya que su dominio se extenderá por casi media España física y la mayor parte de la cristiana.

         La batalla de las Navas de Tolosa (¿recordáis la fecha? ¡con lo fácil que es!) se produce en la segunda década del siglo XIII, ya con el Románico dando sus últimos coletazos. Por tanto, lo que ocurra en España a partir de estos años sería historia para contar con el arte gótico, posterior al Románico.





viernes, 31 de agosto de 2012

LA ESPAÑA ROMANICA (I)

¡Hooola! ¡Hola! De vuelta al Tajo … o al trabajo. ¿Cómo se dice en realidad? Bueno, no importa. Avancemos un poco más.

Durante los capítulos anteriores, nos hemos dedicado a explicar lo importante que es tratar de “viajar mentalmente” hacia esos años del románico para entender su época, y lo hemos argumentado con unas ilustraciones que mostraban cómo eran los poblados y la sociedad en los años de aquellos siglos. Hemos terminado hablando del poder del rey para con sus súbditos y para con los demás señores, sobre todo a la hora de querer más y más poder, y dominar más y más tierras. En definitiva, se pasaban la vida peleando unos contra otros o … ¡contra los musulmanes!, que a comienzos del siglo VIII, en el año 711 más concretamente, con un ejército de 12.000 hombres en su mayoría bereberes, y con Tariq al mando, habían entrado por el estrecho de Gibraltar procedentes del norte de África, y habían conquistado prácticamente toda España. Vencieron a los visigodos, comandados por el rey visigodo Rodrigo, en la batalla de Guadalete y, a partir de ahí, conquistaron toda España en muy poco tiempo. La antigua Hispania romana y visigoda pasó a formar parte del imperio islámico, con el nombre de Al-Ándalus. Tan rápida fue la victoria islámica que casi se puede decir que nos pillaron desprevenidos, aunque realmente, la historia no fue así.

Veamos cómo era España.

En aquellos años del siglo VIII, en España reinaban los visigodos, ¡sí chicos!, esos reyes que tenían nombres tan raros, y que nuestros padres se los tenían que aprender de memoria y con soniquete en la escuela: Ataulfo, Wamba, Recaredo, Chisdasvinto, Recesvinto, Witiza, entre otros, y Rodrigo, que, como dije antes, fue el último y el que peleó en la batalla de Guadalete, siendo vencido por las tropas musulmanas de Tariq.

Este reino visigodo pertenecía a los pueblos bárbaros que fueron surcando Europa después de la desintegración del Imperio Romano. Los españoles podemos presumir de que nuestro reino visigodo fue seguramente uno de los más avanzados de cuántos constituyeron Europa durante los siglos VI y VII, en buena medida gracias a la inmensa romanización de la Hispania romana.

Pero toda esa herencia romana que trataron de manejar los visigodos fue la que les hizo caer con el estrépito con que lo hicieron, y es que uno de los grandes misterios de nuestra historia es la fragilidad del Reino Visigodo, que se tradujo en su inmediata desmantelación y rapidísima conquista por un puñado de guerreros africanos y árabes, inicialmente en franca minoría sobre la población hispano-romana-visigoda nativa.

La fulgurante conquista política y militar de la mayor parte de la Península por un conjunto de pueblos de distinta raza pero animados por la misma fe, supuso una ruptura radical con respecto a la trayectoria de otros jóvenes reinos europeos.

Toledo era la capital de aquel reino visigodo, y fue una de las primeras ciudades en ser conquistadas por los musulmanes. Después vinieron Mérida, León, Compostela, y muchas otras, todas ellas ganadas en un corto espacio de tiempo, ya que encontraron muy poca oposición a su avance guerrero y les costó muy poco dominar.

Aún así, no todos los visigodos fueron vencidos. La única parte que quedó sin conquistar fue parte de Cantabria y Asturias, el Reino de Asturias, que era más bien pequeñito. Pero, ¡ay amigüitos!, ¡qué equivocados estaban los musulmanes al menospreciar la pequeñez del territorio y los pocos guerreros que allí había! ¡Eran pocos y pequeñitos, pero matones!

Unos pocos nobles visigodos se refugiaron al norte del Sistema Cantábrico. Allí, las poblaciones de las actuales Asturias y Cantabria, junto a los vascos, lograros escapar de la dominación islámica. Los musulmanes lograron cercarlos en la Cueva de Onga para tratar de someterlos y vencerlos, pero estos hombres y mujeres, comandados por Pelayo, fueron capaces de vencer a sus enemigos en la conocida batalla de Covadonga (contracción de la “Cueva de Onga”), entre los años 725 y 750. Ese éxito militar de los astures, cántabros y vascones sobre los musulmanes es una fecha clave en la historia de España, ya que marca el comienzo de lo que se ha llamado la Reconquista. La Reconquista no es sino el tratar de volver a conquistar todo el territorio que los musulmanes nos habían arrebatado desde que éstos entraran por Gibraltar en el 711, y esa misma Reconquista fue la que hizo que España, durante el siglo X apenas tuviera relación con el arte Románico.

La siguiente ilustración, como os podéis imaginar, no es de la batalla de Covandonga, pero representa el combate a caballo entre un caballero cristiano y otro musulmán; un combate de los muchos que se pudieron producir durante dicha batalla. “¿Y cómo sabes que es uno es cristiano y el otro musulmán?”, os preguntareis más de uno. Buena pregunta, pero la respuesta es sencilla: por la forma de sus escudos. El cristiano tiene el escudo más largo y terminado como en punta, mientras que el musulmán utilizaba un escudo totalmente redondo, como en la ilustración. El capitel se encuentra en el Palacio de los Reyes de Navarra, en Estella.


Continuemos con nuestra narración del comienzo de la reconquista.

Los estados cristianos que se crearon a raíz de la Reconquista se moverán en una continua alternancia de pactos, alianzas, guerras de frontera, relaciones de familia, intentos de unificación y desunión, pero animados por un más o menos inconsciente impulso de recuperación de los territorios meridionales.

La historia de España es una constante de guerras entre cristianos y musulmanes, entre los reinos cristianos y el mundo musulmán de Al-Ándalus (de aquí proviene la palabra Andalucía), pero también entre cristianos y cristianos, y entre musulmanes y musulmanes. Y pensaréis: “¡hay que ser tontos para pelear entre ellos mismos cuando lo que tenían que hacer era ganar territorios los unos y tratar de defenderlos los otros!”. Sí, pero, las personas somos así; mejor dicho, el querer acaparar más y más nos hace ser así: pelearnos con nuestros semejantes por querer tener más que ellos, ser más que ellos, llegar más lejos que ellos. Y esas guerras civiles entre cristianos no hicieron sino retrasar la Reconquista, que no pudo completarse hasta finales del siglo XV.

Por cierto, ¿sabéis en qué año fue la toma de la última ciudad andaluza en poder de los musulmanes, y con ello el final de la reconquista y la rendición de las tropas musulmanas? ¿Os suena el año 1492? ¡A qué sí! ¡Claro! ¡El mismo año que Cristóbal Colón descubrió América! ¡Qué coincidencia! ¿Verdad? La ciudad era Granada, con su Alhambra y su Generalife.

Bien, prosigamos, pero antes vamos a ver un mapa de cuáles eran los dominios del Califato de Córdoba en el año 1.000.


Durante la segunda mitad del siglo X, es decir, sobre el año 950 y siguientes, en toda Europa, incluida España, sus habitantes tenían terror a la llegada del año 1000: era el llamado terror milenario. Este terror consistía en que pensaban que con la llegada del año 1000 se iba a producir la rotura de las cadenas que tenía encadenado a Satanás y a los demonios para que no causaran mal al mundo. Con la rotura de sus cadenas y la llegada de los demonios, la tierra se convertiría en un verdadero caos: hambrunas, sequías, plagas de enfermedades, guerras, muertes, incendios, destrucciones, etc.;  vamos, ¡el fin del mundo!.


Recordamos nuevamente que la sociedad medieval estaba muy arraigada en la religiosidad, buscando siempre en ella la explicación a sus desgracias. Durante la Edad Media Cristiana, existió la creencia generalizada que, en base al Apocalipsis de San Juan, el fin del mundo sobrevendría llegando el año mil. El texto es el siguiente:

Luego vi a un Ángel que bajaba del cielo y tenía en su mano la llave del Abismo y una gran cadena. Dominó a la Serpiente, la Serpiente antigua –que es el Diablo y Satanás- y la encadenó por mil años. La arrojó al Abismo, la encerró y puso encima los sellos, para que no sedujera más a las naciones hasta que se cumplieran los mil años. Después tiene que ser soltada por poco tiempo.” Apocalipsis, 20, 1-3.

Hoy en día, casi a diario, aparecen noticias anunciando el fin del mundo en un determinado día según vaticina una religión o secta integral o religiosa. Obviamente, nunca sucede nada de lo que anuncia, pero la diferencia entre las fechas que pronostican estas religiones y la fecha pronosticada en la edad media hay bastante diferencia. La principal diferencia es que la población campesina no conocía la fecha en que vivía. Hay que tener en cuenta que el concepto moderno del tiempo es progresivo, nunca vuelve atrás; mientras que el tiempo en la edad media era cíclico. Los campesinos identificaban las estaciones del año por las distintas faenas que debían realizar en el campo o en la casa: sembrar, cosechar, vendimiar, almacenar comida, matanza del cerdo, etc. Tenían muy en cuenta los ciclos lunares. Todo volvía a repetirse una vez tras otra. No tenían en cuenta el paso del tiempo, no cumplían años, pues casi ninguno sabía la edad que tenía.

Como podéis adivinar, llegó el año 1000 y nada de eso sucedió, por lo que las gentes europeas se quedaron más tranquilas. No así en España que, aunque se dieron cuenta que el terror milenario no era tal, sí que tenían otro terror dentro de sus tierras que había llegado antes del año 1000, y este terror no era milenario ni nada parecido. Era un terror de carne y hueso. Era Almanzor.

Almanzor era un caudillo árabe cuyo nombre verdadero era Muhammad Ibn Abi ‘Amir, al-Mansur (¡sin nombre que está el titi!), conocido en las fuentes cristianas por la latinización de su sobrenombre, Almanzor, “el victorioso”.

Aunque os he dicho que era un caudillo árabe, sólo lo era por la zona (que no ciudad) de nacimiento y por la religión que profesaba, pues era español de pura cepa, ya que nació aproximadamente en el año 939 en Torrox, en la provincia de Málaga. Pero como esa zona era todavía zona musulmana, pues en realidad, se le podía considerar musulmán, aunque nació dentro del hoy territorio español. Murió en 1002 en Calatañazor (Soria), debido a las heridas sufridas durante la batalla celebrada en las inmediaciones de esa localidad soriana.

Este caudillo sembró la muerte, el terror y la destrucción en ciudades tan importantes como Santiago de Compostela (997, en la que se llevó las campanas de su catedral a Córdoba), Sahagún (León), León, Barcelona (985), San Millán de la Cogolla (La Rioja), entre otras. Todas estas conquistas provocaron entre los reinos cristianos una verdadera desmoralización. Su muerte fue un soplo de viento puro y fresco entre los cristianos que, ahora sí, se sacudían su verdadero terror. Cuando muere, un cronicón castellano dice que “Almanzor está enterrado en el infierno”.

Durante estos tiempos, aparecen personajes como el Cid Campeador, cuyo verdadero nombre era Rodrigo Díaz de Vivar, reyes como Sancho IV en Navarra, Pedro I, también en Navarra y en Aragón, y Alfonso VI en Castilla.

lunes, 20 de agosto de 2012

LA SOCIEDAD MEDIEVAL (y III)

¡A ver si es verdad que es la última entrega, que vaya con el curita! ¡Como es historiador, pues que se explaya como quiere! ¡… y eso que no parece que haya mucho quórum! ¡Menos mal! ¡… que si no…!

Tranquilos petits enfants, que muy pronto terminamos esto de la sociedad medieval y comenzamos a hablar de España.

Ya os he dicho varias veces, que para entender todo lo que rodea al Románico debemos tener presente todo lo complementario a este arte: vida, sociedad, cultura, religiosidad, hombres, mujeres, etc. Su conocimiento nos aportará mucha luz y comprensión a todo lo que queremos ver e interpretar. Tened un poco de paciencia. ¡Paciencia, piojo!

Continuando con la vida de los laboratores en la época del Románico, su vida cotidiana transcurría alrededor de dos coordenadas: el tiempo y el espacio.

Su ritmo de vida dependía de las horas de luz (la cotidianeidad eran la salida y la puesta de sol), y el tiempo se medía, al menos hasta finales del siglo XII, comienzos del XIII, por las campanadas de la iglesia que tocaban cada tres horas, cuando los clérigos debían acudir a uno de sus rezos. Cada una de esas campanadas daba nombre a un determinado periodo de tiempo: maitines, laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas. Se comenzaba en maitines (¡a levantarse toca!) y se terminaba en completas (¡vamos a la cama que hay que descansar!).

Durante toda la semana, el trabajo era un hecho inseparable de los hombres medievales. La salida del sol daba inicio a la jornada laboral, que concluía con la puesta del astro, siendo más larga en verano, y más reducida en invierno.

El otro aspecto, el espacial, aunque es un poco más complicado de delimitar, podemos afirmar que era muy pequeño. La mayoría de la población no había salido del radio de su aldea o ciudad, y es que la distancia se medía por lo que una persona podía caminar. Eso lo podemos comprobar en películas históricas, cuando dos personajes hablan de cuánto tiempo tardarán en llegar a un determinado lugar, dando la respuesta en tanto o cuantos días de camino, no en kilómetros o en horas como lo hacemos nosotros hoy día.

El que no recorriesen largas distancias favorecía el conocimiento del terreno que les rodeaba, pudiendo exprimir al máximo sus posibilidades, siempre respetando el entorno gracias a la plena integración del hombre con la Naturaleza. Debemos de tener en cuenta que el Ser Humano en tiempo medieval era considerado como un elemento más de la Creación junto con la tierra, el agua, el fuego, el aire, las plantas o los animales. Además, de la tierra procedían todos los bienes que poseían, de ella dependía su supervivencia. Antes que ellos, las religiones arcaicas la llamaban la Gran Madre (Magna Mater) o la Madre Tierra; todo procedía de ella, y a ella se le devolvía todo.

Pero su “apacible” vida cotidiana podía verse truncada con fenómenos climatológicos adversos, como las inundaciones, sequías, granizadas, incendios provocados por rayos, etc. Estos fenómenos podían provocar hambrunas y enfermedades contagiosas que terminaban con la vida de muchas personas. En este ámbito, lo divino se mezclaba con lo racional, y es que muchas de estas desgracias eran atribuidas a poderes superiores que les castigaban por alguna acción mal cometida. La climatología era temida no sólo cuando mostraba su cara más dura, sino que, hechos que hoy en día no suponen un problema, para ellos podía llegar a ser una cuestión de supervivencia.

El invierno era la estación más dura; el frío era muy temido. Las chimeneas no conseguían calentar todas las estancias del hogar debido a los materiales utilizados, y a que los tiros de las mismas dejaban escapar demasiado calor. Por ello, quienes disponían de animales de granja, convivían con ellos para aprovechar el calor que emanaban estas bestias. ¿Recordáis el buey y el asno en el pesebre donde nació Jesús? ¿Por qué estaban allí? Claro, para darle calor. Muy bien.

Como habréis podido apreciar, poco a poco hemos ido introduciendo determinados conceptos divino-religiosos que utilizaban estos laboratores o campesinos. La religiosidad que tenían era muy grande, exacerbada, buscando siempre una explicación “divina” a todas sus desgracias y parabienes. Por todo ello, la iglesia de la aldea era construida por los campesinos o por el señor. Tenía un papel muy importante en la vida del campesinado. El bautismo, el matrimonio, el entierro y las fiestas religiosas, marcaban el ritmo de la existencia en la aldea. La Iglesia y el párroco se mantenían mediante una aportación regular de todos los campesinos, el diezmo, llamado así porque en principio equivalía a la décima parte de la cosecha (el 10 %).

Vamos a ver ahora una recreación del interior de una iglesia medieval.



Interior de una iglesia medieval. La imagen no corresponde a una iglesia románica, ya que los arcos que se aprecian a derecha e izquierda de la imagen son arcos apuntados u ojivales, no de medio punto, característicos estos últimos del románico. El arco central o arco del Triunfo sí que es de medio punto, pero aún así, la representación nos puede valer para poder apreciar cómo era por dentro una iglesia por aquellos años. Hay ausencia total de bancos para sentarse, y, como detalle curioso, en la parte izquierda de la foto, vemos unas escobas apoyadas en la pared (luego, quizás en otro capítulo, hablamos de ello). Vemos cómo rezaban los feligreses, de rodillas en esta ilustración. Otros, sin embargo, están levantados y mirando a los demás, en una actitud de estar conversando o de no estar participando activamente del oficio religioso. Y es que esa actitud era la más habitual dentro de las iglesias.


Los oficios religiosos se decían en latín, que era la lengua culta en que se debían celebrar, pero los feligreses que iban la iglesia no sabían de latín “ni papa”, y, claro, se aburrían y conversaban entre ellos, ¡como lo hacéis vosotros muchas veces cuando vais a misa! ¡Sííííí! ¡… que os he visto más de una vez!

Lo único obligatorio que tenían que hacer los feligreses que iban a la iglesia, los domingos y los días festivos, era ver, durante la eucaristía, el cuerpo y la sangre de Cristo, cuando el sacerdote levanta el cáliz y la ostia. Pero como os he dicho antes, no sabían nada de latín, luego tampoco sabían cuando era el instante en que dicho acto se producía. ¡Y para colmo estaban hablando y totalmente despistados!

Para que supieran el momento exacto, los monaguillos que ayudaban en el oficio, tocaban unas campanillas o cualquier instrumento que hiciera ruido, y les avisara a los feligreses de que ese era el momento culminante y esperado, ya que en ese instante era cuando el sacerdote levantaba el cuerpo y la sangre de Cristo.

De ahí viene la costumbre de tocar las campanillas cuando el sacerdote levanta el cuerpo y la sangre de Cristo, costumbre que aún hoy día persiste en las iglesias y parroquias de nuestros pueblos. Sí, también en Torralba hasta no hace mucho tiempo; incluso quiero recordar que hasta hoy en día. En mis tiempos era seguro que se hacía. ¡Soy tan viejo!


La nueva ilustración anterior muestra a una pareja de campesinos con la vestimenta habitual. En ella se explica someramente de qué tejido era la ropa que llevaban y cómo debían vestirla. Recordamos que la estación que más temían era el invierno, por el frío. Debían utilizar ropajes que les produjera mucho calor, para poder paliarlo con cierta facilidad y comodidad.

Una vez que ya conocemos las viviendas, alimentaciones, iglesias, vestimentas, y en general todo lo que rodea a la vida cotidiana de los campesinos, podemos imaginarnos un poblado de los años que van de mediados del siglo XI a comienzos del XIII como un conjunto de pobres casas, más bien cabañas, compartidas por personas y animales, generalmente con cubiertas vegetal (como las vistas anteriormente), con una serie de hoyos o silos excavados en el suelo para conservar el grano. Las cabañas están rodeadas de corrales, organizadas en torno a la parroquia como centro de culto y como ente jurídico, alrededor del cual se dispone el cementerio y frente a la que se puede abrir una pequeña plaza donde se desarrollan todas las actividades públicas (¿recordáis los niños jugando al alquerque?) y las comerciales.

En las proximidades, junto al río, un molino y una pequeña presa o pesquera para capturar peces; alrededor, pequeñas parcelas de cultivo, viñas, avena, centeno, trigo, cebada o cualquier otro cultivo que se le daba al ganado como forraje o comida. Más allá, un bosque para poder aprovisionarse de leña para calentarse y madera para las construcciones, todo ello dependiendo de su señor y de su importancia, el cual podía tener su palacio o su castillo.

Ahora que ya tenemos muchos aspectos claros de la configuración de un poblado medieval de aquellos siglos, ¿qué os parece si vemos una ilustración que recrea uno de esos poblados? Miradla.


Cuando los poblados eran más grandes e importantes, pasaban a ser ciudades, con la misma fisionomía que la vista anteriormente, pero solían tener una muralla que encerraba los diferentes barrios de la ciudad, los cuales, muchas veces, no tenían relación unos con otros. La función de la muralla era la defensa de la ciudad en caso de que ésta fuera atacada. Hemos de recordar que aquellos años eran unos años donde se guerreaba mucho, vamos, que los reyes y sus guerreros daban mucha guerra, pero guerra de verdad y, casi siempre, contra los musulmanes, aunque también peleaban cristianos contra cristianos para tener más poder.

Y hablando de reyes y poder. El rey era el dueño y señor absoluto de todo el territorio que le pertenecía. Él era quién impartía justicia entre sus gentes, y siempre, siempre, llevaba razón; y si no la llevaba, sus súbditos se la daban, porque si no lo hacían, dejaban de ser sus súbditos, les hacía un juicio y les aplicaba la condena que él quería. Cuando firmaba algún documento lo hacía como “Yo, el Rey”, como queriendo decir: “Aquí mando yo y se hace lo que yo diga”.

La ilustración muestra como se impartía justicia en el siglo XIII, algunos años después del Románico, pero que igualmente nos sirve para entender cómo se vivía durante esa época, ahora visto desde la justicia y el dominio del señor.

miércoles, 20 de junio de 2012

LA SOCIEDAD MEVIEVAL (II)




         Bueno, chicuelillos, … y chicuelillas –no vaya que se enfade alguien que no debe- vamos a continuar hablando sobre cómo era la sociedad medieval durante la época del Románico.

         Terminamos el capítulo anterior confirmando y apreciando que eran los laboratores los mantenedores de la sociedad medieval o románica, como queráis –casi mejor románica debido a la gran extensión en el tiempo que abarca el término medieval-. Eran los grandes perjudicados en esa división tripartita que la Iglesia hizo según los designios de Dios, pero a la vez los más importantes, ya que eran los encargados de producir todos los alimentos que las otras dos partes divisorias se encargaban de consumir. Hacemos aquí la salvedad, una vez más, de los grandes monasterios de la época, que se autoabastecían, pero con la inestimable ayuda de los serviles, es decir, otra vez, los laboratores.

         Debido a esa importancia y a esa aceptación casi divina de su situación dentro de la sociedad, vamos a centrarnos en esta segunda parte en conocer mejor cómo era la forma de vida de estas personas.

      Estos campesinos se unían formando familias. ¡Vaya novedad!, diréis algunos, ¡menudo descubrimiento! No. Veréis.

      La unidad familiar no se formaba antes de la misma manera que ahora. Antes se formaba con la finalidad de repartirse el trabajo. Recordamos una vez más que los laboratores pasaban el noventa por ciento de su vida en el campo, y, como todos vosotros sabéis, en el campo el trabajo es muy duro, y el tiempo se hace muy largo.

         En los hogares vivía la familia: padres, hijos y, en algunas ocasiones, los abuelos también habitaban en ellos. Cada miembro de la familia tenía una función concreta, existiendo una división del trabajo según el sexo o la edad. Mientras que los hombres y jóvenes trabajaban las tierras, las mujeres eran las encargadas del ganado, del huerto, del vestido, y de la preparación y conservación de los alimentos y las bebidas: vino, pan, cereales para el invierno, mantequilla, carnes saladas y ahumadas, etc. Esta labor era importantísima, dado el carácter de subsistencia que tenía la economía.

         Estas familias tenían que tener algún sitio para resguardarse de la climatología, descansar, comer, almacenar alimentos, etc. Lógicamente lo hacían en sus viviendas.

         La vivienda o casa, como cualquier otro aspecto de la vida cotidiana, dependía del nivel socio-cultural de sus habitantes, aunque en todas ellas no podía faltar la chimenea, muy necesaria para cocinar pero también para dar calor a los moradores de la vivienda.


         Para que os hagáis una pequeña idea de una vivienda típica de la sociedad románica, os voy a mostrar algunas fotografías de reconstrucciones de casas. Observarlas detenidamente y apreciareis importantes detalles.

        Interior de una casa medieval. Padre, madre e hijo dentro de la casa. Muebles de madera; techos o cubierta vegetal. El fuego en el centro de la casa con el caldero colgando, y en la parte de la derecha, debajo, podemos apreciar gallinas picoteando en el suelo, dentro de la vivienda. Un jamón colgado en una viga en el techo para que el humo del fogón lo ahúme y se conserve durante mucho tiempo, sobre todo para que aguante durante todo el invierno. Era la manera de hacer el jamón ahumado con el fin de que durara más tiempo a la hora de comerlo y no se pudriera.

      Interior de otra vivienda de aquella época. En este caso, se ve un almacén en la parte superior de la casa, donde se guardan alimentos lejos de los animales que viven dentro de la casa; además se resguardaban de otras alimañas que podían comérselos. Debajo del almacén estaba el establo para cobijar al buey que serviría para tiro en distintas faenas agrícolas. Se aprecia también que la parte derecha de la casa tiene la misma distribución que la imagen anterior. La cubierta sigue siendo vegetal.
         Un interior más de otra vivienda medieval. Aquí se aprecia que es más “moderna”; no es tan arcaica. La parte izquierda tiene dos pisos, con el superior utilizado como dormitorio. Ahora la casa tiene distribuidas las habitaciones y separadas por tabiques; el fuego ha dejado de estar en el centro de una habitación para ponerlo ahora en un lateral de la vivienda, con su correspondiente chimenea. Otro fuego más pequeño hay en la habitación central, más encargado de calentar que de cocinar.

         Como habréis podido apreciar, las viviendas de los campesinos contaban con una sola estancia que hacía al mismo tiempo de cocina, salón y habitación. En este habitáculo también se trabajaba, se almacenaba la cosecha y los útiles de arar. Normalmente, y aunque no se muestre en las reproducciones anteriores, a la casa se le unía un pequeño patio trasero donde podían instalar un huerto, un corral, un pozo, un horno y una letrina -… que todo es necesario en esta vida-.

         Las viviendas, en la mayoría de los casos, se construían con los materiales que sus moradores tuvieran más a mano, materiales que abundaban en la zona donde deseaban habitar o donde debían hacerlo sin más. Así, por ejemplo, en el sur se construían mayormente con barro, en el norte abundaba la madera, y en el oeste de España las fabricaban con piedras. Pero en general, el material por excelencia para la construcción de una vivienda era la madera, proveniente de los bosques que, como hemos dicho, eran comunes a varias comunidades de campesinos. Este material hacía muy peligroso el uso de velas, sobre todo por la noche, que al quedarse encendidas, podían producir un incendio; si a eso le añadimos que la techumbre era vegetal, el peligro de un incendio, con la consiguiente destrucción de la vivienda, aumentaba sobremanera.

         Si nos hemos fijado bien en las reproducciones de viviendas, nos hemos podido dar cuenta del poco mobiliario que contaban dentro de las viviendas. Había algunos muebles imprescindibles, como una mesa, unas banquetas, un arcón o arca para guardar la comida (no la ropa, como nuestras madres lo hacen ahora), y la cama, que por ser el mueble de que se trata, llegó a convertirse en un elemento diferenciador entre las clases o familias acomodadas. Esas diferencias provenían fundamentalmente del material con el que estaban fabricados los colchones, que en el caso de los laboratores eran de paja, dejando los colchones de plumas recubiertos de sábanas o mantas de pieles, para las clases más acomodadas. Dichos colchones solían apoyarse sobre un tablón de madera o sobre varias sillas puestas en filas, soporte éste último más utilizado en zonas rurales donde la cama era compartida por toda la familia. En las casas donde el dormitorio estaba separado, era ésta la estancia más privada, donde se guardaban los pocos objetos de valor que se pudiesen tener.

             La cocina era el espacio más importante de cualquier hogar, fundamentalmente por la presencia de la chimenea, que como hemos comentado anteriormente, aparte de utilizarla para cocinar, aportaba calor e iluminación a la vivienda. Las casas que tenían algunos recursos económicos disponían de cacharros, como recipientes de barro, de estaño, de cobre, de hierro, además de manteles y paños.

         La alimentación era muy poco variada. Los alimentos básicos que consumían eran el pan –gachas y tortas preparadas con avena, cocidos en una olla con agua o leche a los que se añadía sal; una hogaza- y el vino o la cerveza. El queso también era un alimento importante. El resto de alimentos que consumían eran aquellos que ellos mismos cultivaban en sus tierras –repollos, judías, nabos, guisantes- o, en casos acomodados, aquellos que podían comprar en ferias o mercados locales: carne, pescado de la zona, fruta, legumbres, hortalizas, huevos (por supuesto), etc.). Comían, a veces, carne de cerdo y aves de corral. La caza constituía una buena parte de la dieta de carne que se comía los domingos. Las especias estaban reservadas para la nobleza a un precio muy elevado.

         Ni los señores ni los campesinos utilizaban tenedores; sólo cuchillos cortos del tamaño de las actuales navajas.

         El hambre y la desnutrición siempre estaban presentes. Sectores enteros de la población solían ser víctimas de los periódicos ciclos de malas cosechas, hambrunas, de las enfermedades producidas por los alimentos en mal estado de conservación, y por el agua.

         A la hora de consumir estos alimentos, la parte del día en la que lo hacían era por la noche, durante la cena, donde, en las grandes comilonas de los nobles y señores, podían llegar a consumir hasta 3000 calorías por persona, cuando lo normal es, en estos tiempos, de 1200-1500 para las personas con trabajos físicos fuertes y al día, la mitad de lo que ellos consumían sólo por la noche.

         Si la cena era la comida más importante del día, los domingos era el día de la semana al que se le concedía mayor relevancia. Era el domingo cuando la familia o el grupo humano iba a misa donde lucían sus mejores ropajes, y en casa se cocinaban las comidas más selectas y destacadas.

         Después de asistir a misa, era común que todos se reuniesen en las tabernas donde se servía vino y comida mientras se divertían, haciéndolo únicamente durante ese día a la semana. También solían jugar a los naipes, a los dados, al alquerque (¿lo recordáis?) o a la pelota los más niños.

         Pero no sólo tenían como día de fiesta el domingo. Ellos tenían tres clases de fiestas: las religiosas, las civiles impuestas por reyes y emperadores, y las ferias para provecho común de los hombres. Entre éstas últimas destacaba el carnaval, en la que el pueblo penetraba en el reino utópico de la universalidad y generalidad, de la libertad, de la igualdad y de la abundancia. Debemos tener muy presente que para comprender la sociedad medieval católica hay que ver la conexión entre el ritmo de trabajo, los quehaceres y las fiestas y su orden, que en última instancia establecía la Iglesia, como en tantas facetas de su vida. ¡Qué os voy a decir!

         Fijaros cómo ha cambiado la sociedad que, hoy día, la mayor parte de la juventud, dedica el domingo a dormir y “descansar” de la noche del sábado. Pierden el único día que también tienen de fiesta como lo tenían los laboratores del románico, pero éstos eran más listos: lo utilizaban para pasárselo bien, jugar y disfrutar. En este caso también debemos avanzar hacia atrás.