jueves, 1 de abril de 2021

CONSIDERACIONES SOBRE LA SEMANA SANTA (Divertimento Pascual) VII


LA PASCUA DE CRISTO

            El hombre siempre ha querido dar respuesta a hechos del pasado basándose en tiempos presentes, como si el mundo no hubiera cambiado en todo este periodo, o como si todo hubiera sido como lo es en la actualidad. Este quizás sea el error más común y también el más grande: querer o tratar de entender tiempos pretéritos pero vistos con ojos actuales. Cualquiera que esté interesado en acontecimientos o hechos pasados es consciente que, para entenderlos en toda su dimensión, debe, obligatoriamente, entender el modo de vida social, económico y cultural en que éstos ocurrieron; hacerlo de otro modo y manera no sólo no entendería nada, sino que incluso podría falsearlos, llegando a dar por sentado algo que realmente no ocurrió, y si lo hizo, fue de una manera totalmente contraria a la realidad.

            Esto mismo también puede ocurrir cuando tratamos de analizar, repasar o rememorar la Semana Santa o la Semana de Pasión de Jesús. Los hechos que durante esos días tuvieron lugar y que supusieron la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, hoy día los tenemos estructurados en días de la semana y horas que en aquellos años, o bien no existían como tales (día de la semana) o bien no ocurrieron así “realmente”, simplemente por desajustes en los calendarios (juliano y gregoriano, además del judío), o desajuste horario, tanto en horas propiamente dichas como en días y noches, además del comienzo y finalización de éstos. Si a estos desajustes le añadimos el gran interés de la Iglesia por hacer coincidir estos días con lo que está narrado en los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos, Lucas y Juán), esos desajustes pueden llegar a ser aún mayores, haciendo que ciertos acontecimientos puedan parecer ficticios. Un pequeño ejemplo nos pude servir para ilustrar lo que se quiere decir.


Crucifixión de Jesús en el Gólgota

Todos damos por hecho y sentado que Jesús murió el Viernes Santo a la hora de nona, es decir, alrededor de las tres de la tarde. Cuando hacemos nuestra profesión de fe[1], decimos que Jesús resucitó de entre los muertos a los tres días de su crucifixión y muerte. La Resurrección la celebramos el domingo siguiente al Viernes Santo, el Domingo de Resurrección, el comienzo de la Pascua cristiana. Pero si hacemos unos pequeñísimos y facilísimos cálculos nos daríamos cuenta que desde un viernes a las tres de la tarde hasta un domingo por la mañana, no transcurren setenta y dos horas, los tres días que Jesús estuvo muerto y sepultado. Tres días después de su muerte, tres días después de un viernes es un lunes, no un domingo. Por lo tanto, si contamos tres días o setenta y dos horas entre dos días de la misma semana llegamos a las siguientes conclusiones: que, o bien no resucitó un domingo sino un lunes por la tarde/noche para descubrir su resurrección un martes por la mañana, o bien que no murió un viernes, sino un miércoles por la tarde/noche para resucitar el sábado en la tarde/noche y dar la noticia de su resurrección el domingo por la mañana. En ambos casos han transcurrido setenta y dos horas, tres días muerto y sepultado.

Si nuestra fe como cristianos hace que creamos firmemente que los hechos ocurrieron tal y como se dice y se cuentan en los evangelios, nuestro razonamiento como personas y seres humanos nos hace verlos de otro modo; de viernes a domingo no pasan tres días, sino día y medio, justo la mitad. Luego puede ocurrir que, si nuestra fe no tiene la suficiente fuerza y consistencia en nuestro interior, nos puedan surgir dudas “razonables” de todos estos hechos, y comencemos a pensar que algo falla en lo contado, entre la realidad actual y la realidad de aquellos tiempos y años.

Pero ni todo es blanco puro ni todo es negro cerrado; ni todo es una verdad irrefutable, ni todo es una falsedad premeditada y dañina. Los hechos de la Pasión ocurrieron tal y como están contados por los evangelios sinópticos, pero quizás cambiados de días y horas en comparación con los tiempos actuales. A esto hay que añadirle que el calendario judío de aquellos años, e incluso el actual, nada o muy poco tiene que ver con el nuestro. La semana tampoco la tienen estructurada de la misma manera que nosotros la tenemos estructurada en la actualidad. Debemos, así mismo, recordar que durante ese tiempo, Israel estaba gobernado por el Imperio Romano, que tampoco tenía el mismo calendario que el judío. Y, por si fuera poco, los evangelios fueron escritos mucho tiempo después de que ocurrieran estos hechos, por lo que ciertos acontecimientos, no sólo de la Pasión, sino de la propia vida pública de Jesús, pueden no estar lo suficientemente documentados en los evangelios, y tan sólo ser ciertos por el mero hecho de estar reflejados en los mismos.

¿De verdad creemos “a pies juntillas” que Jesús nació el 25 de diciembre? Está claro que esa fecha es una fecha sincretizada por la Iglesia Católica para “tapar” el culto al dios Sol, verdadera fiesta solar pagana, pero no por eso vamos a dejar de celebrar la Navidad ni todo lo que conlleva aparejada de solidaridad y buenas intenciones. Lo mismo ocurre con la Semana Santa. Son hechos que ciertamente ocurrieron, pero quizás no con ese ritmo de tiempo descrito en los evangelios. El que alguno de esos hechos no fuera del todo cierto, no por ello vamos a dejar de creer en ellos, o incluso a renegar de nuestra religión porque “nos están tomando el pelo”. Tenemos suficiente madurez de fe como para andar “pensándonoslo”.

Partiendo de una inamovible posición sobre nuestra fe, tampoco está de más tratar de analizarlo todo de una manera sosegada o medianamente documentada, utilizando la lógica como arma más poderosa en este combate de tiempos y espacios que tratamos de celebrar. Tomémoslo todo esto como un divertimento cuasi cuaresmal o pascual, con la sóla y única finalidad de aportar algo más de conocimiento a esos hechos ocurridos hace casi 2000 años, pero también apoyándonos en los evangelios sinópticos; de paso, nos obligamos a la lectura, muy descuidada y denostada en la actualidad, y que, si no le ponemos remedio, la falta de lectura se puede convertir en una nueva enfermedad endémica de este comienzo de siglo. La “grandeza” de las nuevas tecnologías es la cepa de cultivo ideal para convertirla en pandemia. Sólo nosotros somos los portadores de la vacuna.

Breves apuntes sobre el calendario judío

            Los evangelios y toda la literatura de la época de Jesús que se dispone en la actualidad no nos permiten situar con exactitud ni una sola fecha de los acontecimientos de la vida de Jesús. Las indicaciones de los evangelistas hablan en términos generales y con referencia al inicio de algún reinado, pero no concretan con números la fecha exacta de los sucesos. Esta situación hace que no se conozca ni el día en que nació Jesús, ni el día en que murió, ni la fecha de ningún otro acontecimiento importante en su vida.

Si queremos complicarlo aún más, no hay unanimidad sobre qué reglas regían el calendario luni-solar judío de la época. Se sabe que había un calendario que seguía unas reglas fijas y bien conocidas Se sabe también que este calendario y reglas estaban en vigor en la época de Maimónides, que vivió entre 1135 y 1204 de nuestra era, pero se desconoce si estas reglas estaban también en vigor en la época de Jesús, o si por el contrario, el calendario se regía por observaciones astronómicas o incluso agrícolas y no por unas reglas predefinidas. Aún así, una relación evidente entre el calendario judío y el calendario cristiano que se utiliza en la actualidad ha quedado más que demostrada anteriormente.

            Jesús, cuando habitó entre nosotros, lo hizo codo con codo con el pueblo judío, que, obviamente, tenía su calendario propio. En occidente llevaban otro distinto, el calendario juliano, muy diferente al judío. Esa diferencia entre ellos tan sólo nos debe servir para adaptar o acoplar las fechas de aquellos hechos a las celebraciones litúrgicas que los cristianos celebran para conmemorarlos. Jesús vivió entre los judíos, con sus leyes, sus costumbres y tradiciones, y en ellas debemos centrarnos para hablar de la Pascua de Cristo como momentos reales, históricos, simbólicos y religiosos, tan importantes para la vida de un cristiano.

            Entre la Pascua Judía y la Pascua Cristiana hay una continuidad histórica, ya que, según todos los relatos (evangelios sinópticos y no sinópticos) Jesús murió el primer día de la fiesta judía de la Pascua, que, como sabemos, celebra la liberación por la mano de Dios del pueblo judío de la esclavitud en Egipto. Pero esa continuidad histórica parece romperse a la hora de celebrar “realmente” la Pascua, ya que los judíos la celebran el día 14 de Nisán[2], independientemente del día de la semana en que caiga. La Pascua del Antiguo Testamento siempre precedía del día de reposo anual, llamado también el primer día de Panes sin Levadura. Ese día era una solemnidad o día de fiesta para ser celebrada cada año el día inmediatamente después de la Pascua. El libro de los Números así lo dice: “Pero en el mes primero, a los catorce días de este mes, la fiesta solemne del Eterno. Y a los quince días de este mes, será un día de fiesta.”.


Calendario judío

Ya sabemos que la Pascua judía se celebraba siempre el día 14 de Nisán, y el siguiente, el 15 de Nisán, es día de fiesta solemne. Pero, ¿qué relación tienen el 14 y 15 de Nisán con los días de la semana judía y con los días de la semana occidental? Concretemos un poco.

El calendario hebreo no solamente combina el año solar y el mes lunar, sino que ambos ciclos, complementados, han de convivir exitosamente también con otro de los legados del calendario de los judíos al resto del mundo: el ciclo semanal de siete días.

Los días de la semana hebrea se basan en los seis días de la Creación, según relata el primer capítulo del libro del Génesis, siendo su nombre el mismo que les adjudica la Biblia, que son simplemente los nombres de los números ordinales en hebreo, del primero al sexto[3], y en el séptimo día, en el que Dios descansó de su labor, el Shabat, descanso, nombre que fue adoptado por una buena parte de las lenguas[4]. Así pues, y basándose en el relato bíblico,  la semana hebrea comienza el domingo[5], y no el lunes como en la sociedad occidental, y culmina el sábado, el día consagrado al descanso. Por lo tanto, en el calendario semanal judío, toda la semana gira en torno al sábado o shabat, lo que hace que todo el ciclo hebdomadario, y muy especialmente la santidad de la festividad del sábado (celebración considerada la más sagrada superada tan sólo por el Yon Kipur o Dia del Perdón, llamado precisamente Sábado de los Sábados), impone otra serie de ajustes al calendario hebreo, que debe adaptarse a las necesidades derivadas del sábado, en primer lugar, y luego a otras fiestas y ritos judíos. De esta forma, el calendario hebreo se propone impedir que ciertas celebraciones se superpongan o hasta se contradigan entre sí.

Este difícil, pero fundamental equilibrio, se obtiene mediante cálculos que indican en cuál de los días de la semana podrá caer el primer día del año judío, que es también el primer día de la festividad del Rosh Hashaná, el Año Nuevo judío. Así, las reglas del calendario hebreo estipulan que en ningún caso podrá el primer día de Rosh Hashaná y el año nuevo coincidir en un domingo, un miércoles o un viernes. Pero para compensar este desfase impositivo, y tratar de equilibrar el calendario, se suelen agregar uno, dos o tres días después de pasados ciertos meses al comienzo del Año Nuevo.

Visto así, no es difícil deducir que el calendario judío no lleva una correlación de días a lo largo de sus sucesivos años; es decir, un año nuevo no comienza al día siguiente de la semana del día en que terminó el anterior, sino que lo puede hacer en otro día distinto de la semana en función de esas festividades asociadas al día del shabat o sábado. Esto hace que sea tremendamente difícil calcular qué día de la semana en concreto fue el 14 y 15 de Nisán en el año en que se produjeron los acontecimientos que celebramos durante la Semana Santa. Si su calendario fuera como el nuestro “actual” (que tampoco es el mismo que se llevaba en occidente en aquellos tiempos, como ya se ha comentado sucesivas veces) sería muy fácil deducir esos días y asociarlos a un determinado día de la semana. Como vemos, esto no es así; la propia idiosincrasia del calendario judío lo impide, y la dificultad del cálculo semanal se hace muy patente.

Pero no es sólo la forma de nombrar los días de la semana y la forma de “contar” los días de comienzo y fin de año según los descansos del shabat o diversas festividades. Hay otra particularidad añadida en este calendario judío: los días de la semana, independientemente de cómo se nombren, no comienzan ni terminan de la misma forma a cómo nosotros lo hacemos en nuestra semana, ni incluso en aquellos años con otro calendario. Para nosotros, tanto antes como ahora, el día termina a las 00:00 horas (12 de la noche), y, a partir de esa hora, comienza un nuevo día. El día en el calendario hebreo comienza con la salida de tres estrellas al ocaso, y culmina al próximo ocaso del siguiente día; es un día que se cuenta de una puesta de sol hasta su otra puesta. En esto se diferencia del día según el calendario gregoriano, que discurre exactamente de medianoche a medianoche.

La costumbre de ver al día comenzar con la caída del crepúsculo es antigua como la Biblia misma, y se basa en el texto bíblico del Génesis, 1, 5, que al cabo de cada día comenta "Y fue la tarde, y fue la mañana...", de lo que se entiende que cada uno de los días de la creación comenzaba por la tarde: "… por la tarde, de tarde a tarde, guardaréis descanso" (Levítico 23, 27-32). Desde entonces, es práctica corriente y antiquísima que las festividades judías comiencen al caer el sol.


Comienzo y finalización de los días en el calendario judío

Aún así, y por si no tuviéramos bastante complicado “adivinar” el día semanal del 14 y 15 de Nisán, no debemos olvidar los ciclos lunares y solares, que también se tienen en cuenta en dicho calendario hebreo.

Tal y como se ha comentado con anterioridad, con el fin de adaptar tales ciclos, se añadían días a años bisiestos en función de unos determinados cálculos más o menos exactos. En tiempos de Jesús, al igual que otros calendarios de la época también basados en la luna, se utilizaba el método de intercalación de un mes más cada ciertos años, denominado mes embolismal, para mantener en sincronía dichos ciclos solares y lunares, además de la realización de otros ajustes más en el cómputo total de días del año. En concreto, esa adición del mes embolismal se producía cada 19 años (lo que ya conocemos como ciclo metónico), lo que se traducía en que había ciertos años que tenían 13 meses y el reto de años de ese ciclo tenían 12.

Para que ciertas fiestas religiosas cayeran lo más próximas posible a ciertos hechos astronómicos, algunos de esos 19 años debían tener un día más y otros un día menos. Por ejemplo, muy importante era la Pascua, que debía caer siempre después del equinoccio vernal. Determinar el momento de añadir o eliminar ese día tenía como finalidad tratar de hacer coincidir el principio de cada año nuevo judío como una posición muy concreta de la luna, conocida como Molad, de modo que de año en año, la sincronía lunar fuera perfecta. Este Molad, no es más que una medida de las fechas de las conjunciones solares. En los calendarios actuales, la conjunción astronómica de la luna se designa como “luna nueva” que, al manifestarse como la luna en la más completa oscuridad, hace muy difícil pronosticar el momento exacto de ese día en concreto, mucho más si, como sabemos, los ciclos lunares no son regulares, ya que tienen pequeñas fluctuaciones que alteran su ciclo.

Teniendo en cuenta que en la actualidad los avances tecnológicos que tenemos son los que nos indican el momento de la entrada de la luna en su fase de “nueva”, en época de Jesús obviamente no existían, por lo que “acertar” el día y la hora de la luna nueva dependía mucho más de criterios subjetivos fijados por los escribas y los rabinos de entonces (observaciones astronómicas, observación de la naturaleza y germinación de los frutos, edad de los corderos, etc.).

Luego, entre las imprecisiones del Molad, la necesidad de hacer coincidir ciertas fechas en momentos oportunos de la luna, y el completo desconocimiento del verdadero calendario que regía aquella comunidad en tiempos de Jesús, hace totalmente imposible conocer fehacientemente y con exactitud milimétrica, el día de la semana que en aquella época fue el 14 y el 15 de Nisán. Nosotros tan sólo podemos hacer conjeturas sobre aquellos momentos y aquellas fechas, siempre a modo de divertimento, pero sin perderle nunca la cara a nuestra fe como cristianos. Simplemente podemos “ajustar”, más o menos lógicamente, aquello que nos dicen los evangelios, dejando para la comunidad científica un estudio más exhaustivo de calendarios y días semanales en la antigüedad, estudio que sobrepasa con mucho y con creces la pretensión de este trabajo.



[1] “Creemos en un Dios Padre Todopoderoso, hacedor de todas las cosas visibles e invisibles.
Y en un Señor Jesucristo, el Hijo de Dios; engendrado como el Unigénito del Padre, es decir, de la substancia del Padre, Dios de Dios; luz de luz; Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no hecho; consubstancial al Padre; mediante el cual todas las cosas fueron hechas, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra; quien para nosotros los humanos y para nuestra salvación descendió y se hizo carne, se hizo humano, y sufrió, y resucitó al tercer día, y vendrá a juzgar a los vivos y los muertos.
Y en el Espíritu Santo.
A quienes digan, pues, que hubo cuando el Hijo de Dios no existía, y que antes de ser engendrado no existía, y que fue hecho de las cosas que no son, o que fue formado por otra substancia o esencia, o que es una criatura, o que es mutable o variable, a éstos anatematiza la iglesia católica”. (Credo de Nicea).
[2] Nisán, primer mes del calendario hebreo, que puede caer entre marzo o abril.

[3] Denominación que se ha perdido en la mayoría de las lenguas occidentales, que adoptaron nombres de deidades paganas para los días de la semana.

[4] Castellano sábado, francés samedi, italiano sábato, portugués sábado, catalán dissabte, alemán Samstag, polaco sobota, griego sávvato, árabe asSabt, indonesio sabtu, rumano sâmbătă.

[5] Yom rishón, "el día primero".

CONSIDERACIONES SOBRE LA SEMANA SANTA (Divertimento Pascual) VI

Cálculo de la fecha de la Pascua

Curiosamente los trabajos de Dionisio el Exiguo no estaban encaminados al principio a establecer las fechas de la Pasión de Cristo, sino la del año de su nacimiento.

Con el deseo de cristianizar el calendario que seguía basándose en fechas paganas, como el nacimiento de la ciudad de Roma, Dionisio el Exiguo fue autorizado en el año 525 por el Papa Juan I, a establecer la fecha del nacimiento de Cristo para poder contar con ella como cómputo general de toda la cristiandad.

Dionisio el Exiguo

Dionisio estableció que Jesús había nacido en el año 753 ab urbe condita, o de la fundación de Roma. Este Año del Señor, que añadimos a las fechas históricas con las siglas A.D (Anno Dominni) o A.C (Antes de Cristo), fue considerado el “año 1”, a partir del cual se realizan los cálculos cronológicos de nuestro tiempo histórico.

Con independencia de los errores históricos que este cálculo lleva consigo, y que suponen que el año cero no existe, Dionisio se equivocó al establecer la fecha del nacimiento de Jesús, que debió ocurrir 4 ó 7 años antes de lo que él dijo, ya que no tuvo en cuenta entonces que fue coetáneo de Herodes, y se conoce fehacientemente que este último murió en el año 750 de la fundación de Roma, por lo que según los cálculos del monje, nunca hubieran coincidido en vida, y el pasaje de la matanza de los inocentes no hubiera sido posible.

Con todo, los cálculos de Dionisio sirvieron para establecer las fechas del año litúrgico católico a través de sus “Tablas de Pascua”, que calculan las fechas en las que se ha celebrar esta festividad desde el año 532 al 626.

Su trabajo estableció, por tanto, las fechas oficiales de la Semana Santa para todo el mundo cristiano, ya que la Pascua de Resurrección no podía ser nunca antes del 22 de marzo, ni después del 25 de abril[1].

Un siglo después del germinal trabajo de Dionisio se produjo una avalancha de obras computísticas, algunas de ellas falsamente atribuidas a grandes personajes del pasado. La más importante contribución al cómputo es la obra del benedicto inglés Beda el Venerable, quien en el año 725 compuso “De Temporum Ratione”, que estaba llamada a ser a obra de referencia para todos los trabajos computistas posteriores. Fue escrita con una finalidad académica y con el propósito de aclarar la confusión existente en Inglaterra e Irlanda sobre la celebración Pascual.

La obra de Beda el Venerable fue ampliamente usada durante la Edad Media, especialmente su terminología, que aunque no la descubrió el sabio benedictino, sí logró uniformarla. Después de Beda, es importante la contribución de Alcuín (siglo IX), que popularizó el cómputo dionísico en el imperio carolingio. Mientras que Habranus Maurus llevó la obra de Beda a Alemania a mitad del siglo IX.

La unificación de la Pascua en el mundo cristiano tuvo que superar todavía una nueva controversia. Los misioneros romanos que llegaron a las Islas Británicas en tiempo de Gregorio Magno al final del siglo VI, encontraron que sus habitantes seguían utilizando un calendario celta, abandonado hacía tiempo en Roma. Este ciclo consideraba el equinoccio de primavera el 25 de marzo, por lo que los límites del día de Pascua estaban comprendidos entre el 25 de marzo y el 21 de abril.

Fueron varias las ocasiones en la que los Papas pidieron a los británicos que se ajustaran a las reglas romanas, sin conseguir plenamente los objetivos. A partir del año 664, con el Concilio de Whitby se inició un lento proceso que, sin solucionar definitivamente el problema, sí inició un lento proceso concluyó a principios del siglo VIII, cuando todas las iglesias británicas aceptaron el sistema romano de determinación de la Pascua.

La definitiva independización del calendario solar alejandrino llegó a principios del siglo XIII con Alexandre de Villadieu, que hizo comenzar el año en enero y no en septiembre como Dionisio el Exiguo y sus continuadores. Logró establecer un ciclo fijo para calcular los días exactos de la luna llena; de ahí que la obra de Villadieu representara el apogeo del cómputo medieval al llevarlo a su mayor desarrollo.

Durante la Edad Media, el cómputo no sólo se convirtió en parte del currículum de los estudios de los novicios en los monasterios, sino un elemento indispensable en la enseñanza cristiana. Los textos del cómputo fueron verdaderos manuales astronómicos, donde se podía aprender el escaso conocimiento que de esa ciencia se tenía en la Europa medieval.

Con la reforma gregoriana se puso fin (o, al menos, de eso se trataba) a tanta controversia y tanto devenir de computistas y astrónomos. Se exigió “restaurar” el calendario, o sea, poner las fechas de las lunas nuevas eclesiásticas en su día correcto.                                                                                                                                                                                                                                 
Como se viene haciendo notar, la instauración de la Pascua de Resurrección era de suma importancia para la comunidad cristiana, pues de ella dependen otras celebraciones religiosas, como la Ascensión y la de Pentecostés, establecidas cuarenta y cincuenta días respectivamente después del día de Resurrección. Era también importante esta fecha para la sociedad civil, ya que estas festividades quedaban reflejadas en el calendario laboral.

            Parecería sencillo determinar la fecha de Pascua de cada año: primero se calcula el momento del equinoccio de marzo, luego cuándo ocurre la luna llena y, por último, se busca el primer domingo después de ésta. Si se hiciera tal análisis para 1974, se encontraría que el equinoccio ocurrió el 21 de marzo a las 0h 14 min (hora de Greenwich). Como la primera luna llena después de esa fecha ocurrió a las 21h 1min del 6 de abril, un sábado, se concluiría, entonces, que la fecha de Pascua fue el día siguiente, el domingo 7 de abril. Pero, si se consulta cualquier calendario de ese año, se advertirá que cayó una semana después, el día 14 de abril, domingo. ¿Qué pasó entonces?

            Contestar a la pregunta anterior requiere aludir a ciertos conocimientos de astronomía que nos ayuden a desvelar los verdaderos motivos por los cuales la Semana Santa es una fiesta movible y cambiante cada año, además de “justificar” por qué no puede celebrarse antes del 22 de marzo ni después del 25 de abril.

Astronomía y Semana Santa

Se ha aludido con anterioridad en qué consistió la reforma del calendario gregoriano y qué modificaciones se tuvieron que realizar con respecto al calendario juliano. La reforma del calendario llevada a cabo por el Papa Gregorio XIII fue necesaria porque el calendario juliano, hasta entonces en vigor, no era exacto respecto a la realidad astronómica; es decir, cuando llegaba el 21 de marzo, según el calendario, el equinoccio vernal astronómico ya había tenido lugar. El problema fundamental que plantea esta situación es que el año astronómico, es decir, el tiempo que necesita la Tierra para dar una vuelta alrededor del sol, no es exactamente 365 días, sino 365 días, 5 horas, 48 minutos y 46 segundos. Como era necesario establecer una división del año, por razones prácticas, en periodos de tiempo iguales, este problema se resolvió introduciendo años bisiestos. Y es precisamente la forma de resolver este problema, la verdadera diferencia entre el calendario juliano y el gregoriano.

            Tal y cómo se ha explicado anteriormente, el calendario juliano lo que hizo fue prever un día bisiesto cada cuatro años. Sin embargo, con ello, el año del calendario juliano es 11 minutos y 14 segundos más largo que la vuelta real de la Tierra alrededor del sol. Así pues, el año trópico y el cálculo del calendario difieren en un día cada 128 años. El calendario gregoriano trató de corregirlo acortando el año promedio del calendario.  Y se introdujo una regla complementaria, apartándose de la regla del bisiesto del calendario juliano, según la cual  los años múltiplos de 100, pero que no son múltiplos de 400, no serían bisiestos. Con esta reducción de los años bisiestos, el calendario gregoriano se acerca más a la realidad astronómica que el juliano, aunque aún no es "exacto": la diferencia entre la realidad astronómica y la fecha del calendario es así de sólo 26 segundos. Y para llegar a una diferencia de un día se necesitan 3.600 años.

            Pero la fecha del Domingo de Pascua o Domingo de Resurrección no depende solamente del equinoccio vernal (calendario solar), sino también de la primera luna llena después del dicho equinoccio (calendario lunar), lo cual nos acarrea otro problema también de tipo astronómico como el anterior: las duraciones de las fases de la luna a lo largo de todo el año.

La órbita de la luna es sumamente complicada. El ciclo de las fases o lunaciones (es decir, el mes lunar astronómico) posee un periodo medio de 29’53 días (29 días, 12 horas, 44 minutos y 3 segundos), pero varía entre 29’27 y 29’83 días, esto es, tiene una oscilación máxima de 0’56 días (13 horas, 26 minutos y 24 segundos). En los cálculos modernos se usa la verdadera órbita de la luna, y las fases se definen mediante las orientaciones relativas del sol y la luna en el cielo. De una forma sencilla, se puede decir que cuando el sol, la Tierra y la luna están exactamente alineados (forman un ángulo de 180°), tenemos luna llena. Calcular el momento en que ello sucede requiere ciertos cálculos medianamente avanzados, cálculos que exceden por mucho lo que se podía hacer en el año 325 (Concilio de Nicea).

En lugar de adoptar el mejor método de cálculo de su época -las tablas de Ptolomeo, el más grande astrónomo de la antigüedad, que vivió en el segundo siglo de nuestra era-, el Concilio de Nicea optó por usar una relación descubierta por el astrónomo ateniense Metón en el siglo V antes de Cristo, por la que calculó el período de las 235 lunaciones que se producen en 19 años[2]. Debido a las 13’44 horas en que puede variar el mes lunar, puede haber diferencias de hasta dos días entre la fase indicada por cálculos astronómicos actuales y la que resulta del ciclo de Metón. Ello es, justamente, lo que ocurrió en 1974, la fecha que se tomó en el ejemplo anterior, cuando, según los cálculos astronómicos modernos, la luna llena fue el 6 de abril a las 21 horas, 1 minuto, y el ciclo de Metón predijo que ocurriría el 7 de ese mes y, puesto que era domingo, se desplazó a una semana posterior, al 14 de abril, lógicamente, también domingo.

Metón de Atenas

Aunque las reglas adoptadas por el Concilio de Nicea y modificadas al realizarse la reforma gregoriana sean aproximaciones gruesas, si se las compara con los complejos cálculos astronómicos modernos, permiten un cómputo sencillo de la fecha de Pascua de cualquier año. Utilizan dos números clave, llamados, respectivamente, número áureo (el ordinal del año en el ciclo de Metón, entre 1 y 19) y epacta (numeral del día del mes lunar, de 0 a 29, con 1 como el correspondiente a luna nueva –edad de la luna el 1º de enero-)[3].

Se ha sugerido simplificar la determinación de la fecha de Pascua, por ejemplo, mediante la adopción de un domingo fijo, como el segundo de abril. También hay quienes sostienen que es mejor mantener las reglas de la reforma gregoriana, pero usar los verdaderos momentos en que ocurren los fenómenos astronómicos, y no la fecha fija del 21 de marzo para el equinoccio, y el ciclo de Metón para determinar las fases lunares. De ambas, la segunda sugerencia quizás fuese mejor, porque mantendría la continuidad del calendario, pero no se basaría en reglas propias de épocas en que se debían hacer los cálculos a mano. La alternativa es dejar las cosas como están, con la ventaja de que no hay que cambiar nada, y se mantiene una tradición que, a pesar de las imprecisiones científicas que ahora le vemos, ha servido bien a la cultura occidental por dieciséis siglos. Un ejemplo nos permite ilustrar mejor lo que estamos tratando de explicar.


Curiosidades sobre la fecha de la Pascua

En el año 2076, la Pascua será el 19 de abril, si bien el equinoccio caerá el 19 de marzo, jueves, y habrá luna llena el viernes 20 de marzo a las 16 horas y 9 minutos, por lo que la Pascua podría ser el domingo 22 de marzo, la fecha más temprana permitida. Sin embargo, puesto que se toma como fecha fija del equinoccio el 21 de marzo, hay que utilizar el próximo plenilunio, que tendrá lugar el 19 de abril a las 11 horas y 40 minutos, y como cae en domingo, según las reglas se debería tomar el domingo siguiente, el 26 de abril, fecha que está fuera del rango establecdo (entre el 22 de marzo y el 25 de abril). Pero el ciclo de Metón calcula que hay plenilunio el día 18 de abril, sábado, no el 19 de abril, por lo que la Pascua se celebrará el 19 de abril, fecha que sí está dentro de ese rango establecido.

Que la astronomía está muy presente en la religión cristiana es una afirmación que, a estas alturas, todos deberíamos tener ya más que asumida. Será la ciencia que más nos ayude a conocer las próximas fechas en las que se celebrará la Semana Santa, y la luna será el reloj astronómico que nos marcará su inicio y su final. Aún así, resulta curioso que cada 5.700 años, las fechas de la Pascua se repitan en idéntica sucesión, y aún más curioso resulta que dentro de ese amplísimo periodo de tiempo, sea la fecha del 19 de abril la más frecuente y repetida, fecha que se repite casi 4 veces cada 100 años.

Por otra parte, del 2011 al 2030, la primera y segunda semana de abril son las más habituales. Entre los años que más pronto se celebró la Semana Santa fue en el pasado 2013, cuando el Domingo de Resurrección fue el 31 de marzo. En 2014 cayó en fechas muy tardías, el 20 de abril, y en 2015 lo hizo el 5 de abril. Muy pronto fue también el Domingo de Resurrección el año 2016 (27 de marzo) y lo será en el 2024 (también el 31 de marzo). Sin embargo, las Pascuas más tardías serán en el año 2019 (21 de abril), el año 2030 (21 de abril) o el año 2038 (25 de abril, fecha límite para su celebración). Lo infrecuente, sin embargo, es que caiga el 22 de marzo o el 25 de abril.


Distribución de frecuencias de la fecha de Pascua entre los años 1.600 y 3.000

La figura anterior muestra la cantidad de veces que, entre los años 1600 y 3000, la Pascua cae en cada uno de los días permitidos por el calendario gregoriano (del 22 de marzo al 25 de abril). Se puede apreciar que la distribución es bastante poco uniforme. Hay pocas Pascuas cerca de los límites del intervalo, muy temprano en marzo o muy tarde en abril; las fechas más comunes son el 16 de abril (61 veces), el 5 de abril (59 veces), y el 31 de marzo (57 veces). El 76% de las Pascuas de los catorce siglos considerados caen en abril. Desde la implantación del calendario gregoriano en 1582, sólo 4 veces la Pascua fue celebrada el día 22 de marzo. Esto sucedió durante los años 1598, 1693, 1761 y 1818. El próximo año será en 2285, lo que hace una cadencia (5/703) realmente insignificante.

Dejando a un lado curiosidades y anécdotas acerca de las posibles fechas del Domingo de Pascua, podemos apreciar que hay 36 días, entre marzo y abril, en los que dicha Pascua se puede celebrar. Si a este gran abanico de fechas le añadimos una gran movilidad ocasionada por las lunaciones anuales, y esto lo repetimos año tras año, se genera un desconcierto tal que hace que la mayoría de las personas no la tenga demasiado en cuenta, o le tenga menor consideración que a cualquier otra fiesta del calendario festivo fijo, como puede ser la Navidad. Ese traslado anual de fechas confunde en demasía a una población cada vez más desarraigada de tradiciones religiosas y eclesiásticas, y más inmiscuida en festividades lúdicas y ociosas. Los pocos que se preocupan por “adivinar” las fechas de la Semana Santa a comienzos de año lo hacen con el único fin de planificar unas mini vacaciones que den sosiego y paz al “estrés” acumulado después de Navidad, y sirva como preparación o “entrenamiento” a las vacaciones estivales, pero nunca por motivos preparatorios para celebrar la Pascua, es decir, “calcular” la fecha de la Cuaresma como tiempo de preparación para esa Semana Santa. La cada vez menos repercusión que el calendario eclesiástico tiene en la vida de las personas, hace que, en un tiempo no muy lejano, podamos asistir a la “parcial” desaparición de esta fiesta, que tan sólo se celebraría en localidades o provincias de según qué territorio de España se trate.

          Algunos pueden considerar ésto último como una utopía, otros como pura demagogia, los más puristas como una auténtica tontería aberrante, pero los datos y los hechos está ahí, y no es muy edificante, socialmente hablando, comportarse como monos de Gibraltar ante evidencias tales. Una vez más, somos nosotros los que tenemos que hablar y demostrar quiénes somos y qué queremos.




[1] Las tablas de Dionisio el Exiguo nunca tuvieron  la sanción oficial de Roma.
[2] Según Metón,  el ciclo es de 6939 días, 14 horas y 27 minutos, mientras que cálculos modernos arrojan 6939 días, 16 horas y 32 minutos, una diferencia de 2 horas y  5 minutos.
[3] También la explicación de estos cálculos excede de las pretensiones de este trabajo.

CONSIDERACIONES SOBRE LA SEMANA SANTA (Divertimento Pascual) V


Controversias sobre las fechas de la celebración de la Pascua

De conformidad con el Antiguo Testamento, la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús tuvieron lugar, aproximadamente, en el tiempo de la Pascua judía. Según los evangelistas Mateo, Marcos y Lucas[1], la última cena de Jesús con sus discípulos fue una cena de Pascua (pesaj), En aquella época, la Pascua judía se celebraba siguiendo las prescripciones bíblicas en el decimocuarto día del primer mes (Lv 23,5; Nm 28,16; Jos 5,11). Los meses del calendario judío comenzaban con la luna nueva, por lo que decimocuarto día correspondía al día de la luna llena. El primer mes, Nisán, era el mes que comenzaba con la luna nueva de primavera. En otras palabras, la Pascua judía se celebraba el día de la primera luna llena después del equinoccio de primavera, y por ello, era una festividad móvil, con independencia del día de la semana.

La Iglesia cristiana, desde un primer momento, quiso mantener ese hecho para celebrar la Pascua Cristiana. A pesar de conocerse la fecha en la que los judíos comen el cordero pascual, el 14 de Nisán por la noche, la confusión dentro de la cristiandad en relación a la celebración de los acontecimientos de la vida de Jesús, seguía siendo un hecho, y no todas las iglesias la conmemoraban al mismo tiempo; al contrario, los cristianos de diferentes regiones celebraban la Pascua en fechas diferentes.

Los primeros cristianos quisieron conmemorar los acontecimientos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo anualmente, pero debían optar por tomar una decisión: podían optar por fijar las fechas de aquellos acontecimientos en el calendario juliano (entonces vigente en el imperio romano) o bien continuar ligándolo al calendario que tenían los judíos basado en la luna (calendario lunar). Decidieron optar por esta última forma de celebración, quizás porque aquellas primeras comunidades judías aún no habían sacralizado el calendario juliano.

No hay referencias seguras de cuándo y dónde comenzó la Iglesia primitiva a celebrar la festividad pascual, aunque sí es conocido que, para fijar la fecha, seguían el calendario que entonces utilizaban los judíos. Desde que se empieza a guardar la fiesta pascual, o al menos desde tiempos del Papa Sixto I al comienzo del siglo II, surgieron varios criterios sobre cuándo celebrarla, dando lugar a las primeras controversias pascuales que, a su vez, crearon una serie de conflictos que causaron graves trastornos a la Iglesia.

Las primeras comunidades cristianas de Asia Menor celebraban la Pascua el día 14 de la luna, con independencia del día de la semana en que cayera. Por ello, fueron llamados cuartodecimanos. Apelaban a la tradición de San Felipe y San Juan, además de la de varios santos padre de Asia Menor. Sin embargo, las demás iglesias, incluyendo la de Roma, hacían coincidir la Pascua en domingo. Esta divergencia de criterio fue motivo de cierto escándalo; incluso los mismos gentiles se la echaban en cara a las iglesias cristianas. Por ello, desde muy antiguo se procuró componerla.

Durante el pontificado de San Aniceto (154-165), San Policarpo, obispo de Esmirna, y discípulo de San Juan, fue a Roma para tratar el asunto, aunque no logró ningún acuerdo.

Al final del siglo II, con el incremento de la controversia, el Papa Víctor I (189-198) ordenó que se celebraran sínodos en todas las iglesias para suprimir a los cuartodecimanos. El resultado de esta primera disputa pascual fue la desaparición paulatina de los cuartodecimanos, que aceptaron el criterio del resto de los cristianos de celebrar la Pascua solamente en domingo, cualquiera que fuese el día de la semana en que cayera el 14 de Nisán del calendario judío.

Durante este tiempo, los cristianos dependía de la información facilitada por la Sinagoga para celebrar su Pascua, pero el calendario judío se veía influenciado por multitud de factores, algunos de ellos puramente religiosos y otros sociales y políticos, lo que afectaba indirectamente a la celebración de los cristianos, por lo que éstos seguían ligados a la religión de la que querían emanciparse.

En un intento de independizarse de los judíos, los cristianos del siglo III empezaron a desarrollar sus propios calendarios lunisolares para determinar, por sus propios medios, la fecha de la celebración pascual. Éstos decidieron utilizar un calendario computacional, que sólo se pudo abordar y desarrollar gracias a los conocimientos matemáticos y astronómicos que existían donde se emprendió esta tarea.

El problema residía en encontrar la fecha del calendario juliano en que cae la primera luna llena de la primavera; conocido este dato, se determinaba el domingo posterior en el que habría de celebrarse la Pascua.

Conocer el mes de primavera era el primer criterio que debían establecer esos primeros cristianos cuando trataron de elaborar su calendario lunisolar. Aceptaron el equinoccio de primavera como punto de partida, con lo que se le dio al calendario cristiano un contenido astronómico del que carecía el judío. Pero el siguiente problema a solucionar para establecer el siguiente criterio era fijar ese equinoccio primaveral, ya que es un día variable de un año a otro. En este punto sí surgieron controversias, puesto que Roma lo establecía el 25 de marzo y en Alejandría tomaban la fecha correcta del 21 de marzo.

En función del día del comienzo del equinoccio primaveral e, independientemente del mismo (aunque parezca una contradicción), la Pascua siempre debía celebrarse en domingo, y además que fuera siempre el primer domingo posterior a ese equinoccio primaveral. Ello suponía celebrar la Pascua cada año en un día diferente del mes lunar, lo que acarreó un incremento de las controversias entre Roma y Alejandría, ya que ambas partes tomaban diferentes días lunares para establecer los límites lunares de la Pascua.

Aún quedaba un problema más a solucionar: adaptar o acoplar la fecha calculada en su calendario lunisolar al calendario juliano, que no olvidemos, era el que regía durante aquel tiempo.

            Por todo ello, la dificultad del calendario lunisolar cristiano residía en que debía conjugar tres periodos de tiempo no relacionados entre sí: el año, al que se ajusta el calendario juliano; la lunación, que siguen los meses lunares, y la semana, ya que sólo en domingo puede celebrarse la Pascua.

            Mientras se elaboraba un calendario cristiano lunisolar válido para unos y para otros, los judíos cristianos continuaron usando el calendario judío para la Pascua, celebrando la Pasión el 15 de Nisán y la Pascua de Resurrección el 17 de Nisán, fuese o no domingo ese año. En el resto de occidente, sin embargo, se tomaba en consideración que Jesús, históricamente, resucitó en domingo, por lo que, desde Roma, se fue imponiendo paulatinamente que la Pascua se celebrase en domingo.

            El único lugar donde la elaboración de un calendario lunisolar pudiera ser emprendido con garantías y satisfactoriamente era Alejandría, pues allí se había recopilado la ciencia astronómica griega, la cual dedicó especial atención a los calendarios lunisolares. Tanto es así que, mientras que en occidente los computistas se debatían en ciclos lunisolares imperfectos, en Alejandría dio fruto el conocimiento astronómico heredado de los griegos y, parece ser que en el año 258, Anatolio de Alejandría, un sabio cristiano que años después se convertiría en obispo de Laodicea, utilizó el ciclo de 19 años ideado con anterioridad por el astrónomo griego Metón. En su tratado “Sobre la Pascua”, Anatolio hace comenzar el ciclo con el año que tiene la luna nueva el 23 de marzo, y consideraba que la luna llena pascual sólo podía ser aquella que coincidiera o fuera posterior al 21 de marzo.

            A medida que pasaba el tiempo, las diferentes iglesias cristianas utilizaban diferentes calendarios y forma de fijar la fecha de la Pascua, celebrando unos la Pascua en domingo y otros cuando coincidiera en cualquier día de la semana. Si a ello le sumamos las apariciones de herejías como la arriana, la unidad de la Iglesia quedaba amenazada, por lo que tuvieron que convocar diversos concilios para tratar de llegar a un acuerdo sobre la celebración de la Pascua cristiana.

            El primero que se celebró fue en Arlés, en el año 314, llamado “Concilio de Arlés”. En él se ordenó, en su primer canon, que la Pascua se celebrase en todas partes el mismo día, y que sería el Papa la única autoridad válida para establecer la fecha de la celebración de la Pascua, fecha que sería dada a conocer a toda la cristiandad por medio de una circular. No debió de tener mucho éxito la iniciativa, pues las iglesias de la parte oriental del Imperio Romano continuaron sus celebraciones basándose en sus propios cálculos. Hubo de esperar hasta el Concilio de Nicea, en el año 325, para solventar esta cuestión, y establecer unas normas comunes para toda la comunidad cristiana.
Concilio de Nicea

Convocado por el emperador Constantino el Grande, que todavía no era cristiano, el Concilio de Nicea[2]  reunió a 318 obispos en dicha ciudad turca para solventar diversas cuestiones relacionadas con la Iglesia, como la implantación del credo niceano[3] con el dogma del Espíritu Santo como la tercera persona de Dios, y, cómo no, para fijar la fecha de la Pascua.

En los documentos que se han conservado de aquel concilio ecuménico no aparece resolución explícita alguna sobre las reglas para la determinación del día de Pascua. Todo indica que los participantes en el concilio explícitamente reafirmaron la validez del cómputo que ya utilizaba Alejandría, ciudad donde se encontraban los más hábiles computistas del mundo cristiano. La validación de dicho acuerdo quedó constatada en  una carta que dicho concilio envió a la Iglesia de Alejandría afirmando que se había llegado al acuerdo de celebrar la Pascua todas las Iglesias el mismo día, según las reglas que se seguían en Alejandría y en la mayor parte de la cristiandad.

Aunque el Concilio de Nicea no prescribió explícitamente ninguna regla para calcular la Pascua, todo parece indicar que el oriente y el occidente estuvieron de acuerdo en el día en que se celebraba la fiesta Pascua, a pesar de las discrepancias aún mantenidas en dicho cómputo entre las iglesias de Roma y Alejandría. Aún así, se estableció que la Pascua de Resurrección había de ser celebrada cumpliendo unas determinadas normas: que la Pascua se celebrase en domingo; que no coincidiese nunca con la Pascua Judía, que se celebraba independientemente del día de la semana, para evitar paralelismos y confusiones entre ambas religiones, por lo que si caía en luna llena o plenilunio, se retrasaría al domingo siguiente; que los cristianos no celebraran nunca la Pascua dos veces el mismo año[4]. Se decidió que el Domingo de Gloria o la Pascua de Resurrección, que pone fin a la Semana Santa, e inicia los días de la Pascua Cristiana, se celebrara el primer domingo tras la primera luna llena de primavera, estación que la iglesia estableció en el 21 de marzo como inicio de la misma, independientemente de la entrada del sol en Aries o no. De este modo, el Domingo de Pascua o de Resurrección, puede acontecer en un paréntesis de 35 días, entre el 22 de marzo y el 25 de abril, ambos inclusive, en función de la duración de los meses lunares, equivalente, aproximadamente, a 29’53 días. De esta manera, la Resurrección se hacía coincidir con el equinoccio de primavera, cuando los días se alargan y la oscuridad del invierno deja paso al sol, con el que se identifica a Jesús con la Luz de la Verdad, que para los cristianos los aleja de las “tinieblas”, término que las Sagradas Escrituras identifican con la ignorancia y la idolatría pagana.

Con estos acuerdos se lograban varios objetivos. Por un lado terminar con el continuo enfrentamiento de la Iglesia de Roma con la Iglesia de Alejandría por las diferencias entre ellas a la hora de establecer la fecha del equinoccio de primavera (18 y 21 de marzo, respectivamente) y el consiguiente cálculo de la fecha del Domingo de Resurrección. Así se otorgaba el mismo y suficiente protagonismo a ambas, y se acallaban diversas cuestiones, disturbios y protestas, además de evitar el descrédito que producía en otras religiones que no hubiera acuerdo sobre el día exacto de la Muerte y Resurrección de Jesús. Por otro lado, asimilaba celebraciones cristianas a fiestas paganas y arraigadas tradicionalmente en la población, con una raíz astronómica relacionada con los cambios de estación y el calendario agrícola, poniendo de manifiesto su voraz sincretismo. Aún así, continuaron existiendo diferencias respecto a la fecha de la Pascua, por el hecho de que el Concilio de Nicea no dijo nada sobre el método que debería utilizarse para calcular la entrada de la luna llena y del equinoccio primaveral.

Al final quedó fijada la superioridad en astronomía de la Iglesia de Alejandría sobre la Iglesia de Roma, y se decretó que su iglesia comunicase a Roma el día de la Pascua, para que, a su vez, fuera transmitida a toda la cristiandad. Esto lo conseguiría el monje escita y respetado cronologista, Dionisio el Exiguo[5] en el año 525, convenciendo a los romanos de las ventajas del cómputo alejandrino.



[1] Del evangelio de San Juan se puede desprender otra cronología, ya que argumenta que la Última Cena no fue un banquete pascual al celebrarse un día antes de la Pascua; es decir, el 13 de Nisán en vez del 14 de Nisán. San Juan intentó darle un nuevo sentido a la Pascua y desligarla de la tradicional comida pascual que según los evangelios sinópticos siguió Jesús. En su  cronología, Jesús murió el mismo día y a la misma hora en la que se inmolaban los corderos en el Templo, lo que lleva al evangelista a afirmar: “He aquí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. La identificación de Cristo con el cordero pascual se reitera en el evangelios de San Juan cuando narra (y sólo él lo hace) que a Jesús no le fue quebrado ningún hueso, tal y como ocurría con el cordero que inmolaban los judíos. Esta inmolación del cordero tenía un sentido de liberación, de la misma manera que San Juan plantea la muerte de Jesús como una liberación del pecado de la humanidad, planteamiento apoyado por San Pablo que narra la última cena con la nueva visión eucarística y no como banquete pascual: “ … tomó el pan y dando gracias lo partió y dijo “tomad y comed, este es mi cuerpo que por vosotros será entrado. Haced esto en memoria mía” (1 Corintios 11, 24).
[2] Es esta asamblea la que la posteridad conoce como el Primer Concilio Ecuménico. No fue convocado por la Iglesia ni por uno de sus obispos, sino por un emperador sobre el que, aún hoy, recaen serias dudas en torno a lo genuino de su fe cristiana, puesto que era un adorador del Sol Invictus (Sol Invicto).

[3] Creemos en un Dios Padre Todopoderoso, hacedor de todas las cosas visibles e invisibles.
Y en un Señor Jesucristo, el Hijo de Dios; engendrado como el Unigénito del Padre, es decir, de la susbstancia del Padre, Dios de Dios; Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no hecho; consubstancial al Padre; mediante el cual todas las cosas fueron hechas, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra; quien para nosotros los humanos y para nuestra salvación descendió y se hico carne, se hizo humano, y sufrió, y resucitó al tercer día, y vendrá a juzgar a los vivos y los muertos.
Y en el Espíritu Santo.
A quienes digan, pues, que hubo cuando el Hijo de Dios no existía, y que antes de ser engendrado no existía, y que fue hecho de las cosas que no son, o que fue formado de otra substancia o esencia, o que es una criatura, o que es mutable o variable, a éstos anatematiza de la Iglesia Católica.

[4] Esto tiene su explicación porque el año nuevo comenzaba en el equinoccio primaveral, por lo que prohibía la celebración de la Pascua antes del equinoccio real, la entrada del sol en la constelación de Aries.
[5] Su corta estatura le hizo merecedor de tan curioso sobrenombre.