domingo, 8 de diciembre de 2019

MARCAS DE CANTERO


          Con el paso del tiempo vamos acumulando juventud, como a mí me gusta decir, pero también vamos acumulando experiencia y, como no, acumulamos años. Años que enumeramos pero que realmente no tenemos, sino que hemos gastado. Cuando alguien me pregunta cuántos años tengo, siempre le contesto lo mismo: yo no tengo ningún año; he gastado los años que he vivido, pero no tengo ninguno. ¡Menudo apaño si tuviera que guardar todos los años que he gastado! ¡No podría con ellos! Por eso no digo que los tengo, digo que los he gastado.

         Todos (no hay quién se libre) gastamos los años acumulando días, días consumidos, días pasados. La suma de todo ese conjunto de días son los años gastados. Y, como todo en la vida, se pueden gastar bien o se pueden gastar mal. Se pueden gastar de una manera pasiva, dejando correr el tiempo sin más, sin esperar nada de nada, de forma contemplativa, o se pueden gastar de forma activa, haciendo lo que a cada uno le gusta, bien por profesión, bien por afición, o por ambas cosas. Yo tengo la suerte de gastar los días de ambas maneras: profesión y afición. Quizás sea un afortunado y un privilegiado, o quizás no lo sea. Tanto en un caso como en otro, a ambas cosas las busco casi a diario para que no decaiga ese gasto activo de días.

         Aunque hoy día ya no están mis “aguantatostones” (la vida les ha dicho que tienen que fundar familias aquí o allá, vivir su vida de adulto, también como gastadores de días) mi afición románica hace que no pierda la ilusión en este arte y me incite e impulse a leer y aprender más y más sobre el mismo. Trato de ser coherente y consecuente con mi gasto activo de días. Es una de mis principales funciones y mi principal objetivo en este tema: que mis “aguantatostones” tengan un gasto activo en su profesión y en su afición. Todo este mundo acumulado en estas páginas tienen como objetivo final eso mismo: crear inquietudes, aprendizajes, tratar de conseguir una vida lo más activa posible. Hoy día es tremendamente difícil conseguirlo por todo lo que rodea a los futuros “aguantatostones”, por todo lo que tienen y por lo nada de lo que carecen. Esa acaparación o acumulación de bienestares les coharta su posible gasto activo. Es tal su hartazgo en acumulación de bienes materiales que les impide centrarse y valorar otro tipo de bienes llamémosles “espirituales”, más personales, más íntimos, algo más cercano con ellos mismos que los pueda identificar por esas aficiones que día a día están cada vez más caducas y obsoletas.

         No quisiera caer en esa apatía que se magnifica hoy día, por lo que yo sigo a lo mío y comienzo un nuevo tema románico.

         Ahora que no están mis chicos, no los puedo tostonear (los voy a echar de menos), pero lo cierto es que el tema que abro hoy (abro pero no cierro) no es un tema para “tostonearlo”, sino para dejarlo abierto y activo casi a diario e irlo ampliando y mejorando a medida que se van produciendo “acontecimientos románicos”.

         El motivo del cambio de formato de este miniestudio sobre el Arte Románico no es otro que las grandes incógnitas que existen sobre el tema, el poco profundo estudio del mismo, y la gran confusión y poco acuerdo al que han llegado los expertos del románico, y de este tema concretamente, acera de las marcas de cantero.

         ¡Exacto! El tema que comenzamos hoy, y que como he dicho antes no cierro sino que lo dejo abierto para futuras ampliaciones y ¿mejoras?, versa sobre las marcas de cantero.

         Muchos de vosotros (los seis o siete que soléis leer mis “tosotones románicos” formando parte de “mis chicos”) ya tenéis alguna noción de lo que es una marca de cantero; al menos sabéis lo que son. Veamos primeramente qué son realmente.

         Las marcas de cantero o marcas de cantería son fundamentalmente un signo de autoría. Son símbolos o alegorías grabadas por los canteros de la piedra en las construcciones religiosas, habitacionales o civiles que se edificaban en piedra, que en época medieval representaban realidades o ideas abstractas mediante sus rasgos, figuras o atributos.

         Eso, dicho así, de carrerilla y sin más ni más, puede parecer un poco confuso. Para entender mejor la definición anterior e irnos introduciendo en materia, qué mejor que unas cuántas ilustraciones de marcas de cantero.








         Estas figuras grabadas en la piedra también son denominadas “signos lapidarios”, término que proviene del latín lapis, lapidis (piedra), signo grabado en la piedra. Se grababan con un cincel fino en las piedras de las edificaciones por quienes participaban en su construcción, siendo, en su gran mayoría, formas y marcas de los canteros, afirmación suficientemente probada. Pueden aparecer en cualquier parte de los edificios civiles y religiosos, especialmente construidas entre los siglos XI y XIV (abarcan el románico y la totalidad del gótico). Sin embargo no han sido identificadas en edificios prerrománicos (visigóticos, mozárabes, asturianos, etc.), siendo también muy escasas en la Edad Moderna.

         La ciencia que estudia, clasifica e investiga las marcas de cantero o signos lapidarios se denomina Gliptografía. El término gliptografía no se encuentra recogido en el Diccionario de la R.A.E. de la Lengua Española, y es un término procedente del francés. La gliptografía es la disciplina dedicada al estudio de los signos grabados sobre materiales duros, principalmente sobre piedra, y entre los que destacan principalmente las marcas de cantero, también conocidas genéricamente como signos lapidarios, tal y como hemos apuntado anteriormente.

         Hasta bien entrado el siglo XIX, estos signos no tenían gran interés ni se estudiaban. La falta de documentación, la irregularidad del fenómeno, la acción de los elementos externos y meteorológicos unidos al estado actual de conservación de las construcciones medievales, han hecho que estos signos, si bien no pasaron desapercibidos por los estudiosos de este arte o periodo constructivo, si fueran poco tenidos en cuenta a la hora de realizar un estudio más en profundidad de un determinado edificio medieval. La variedad y complejidad de estas marcas de cantería ha provocado muchas interpretaciones, y es esta dificultad, la comprensión unida a la referida falta de documentación, lo que ha llevado a desvirtuar su carácter de testimonio arqueológico en orden para conocer el proceso constructivo del monumento, identificándolas con frecuencia hacia lecturas de carácter esotérico, cabalístico o místico. En la actualidad, lo único que parece estar más o menos claro es que se desconocen “realmente” sus funciones y sus posibles significados.

         De lo anteriormente expuesto, hoy día, en la actualidad, hay bastantes personas, o grupos de personas, que tienden a realizar este tipo de interpretaciones no sólo en marcas de cantero, sino en cualquier otro signo o construcción con más o menos antigüedad (en muchos casos no tiene por qué ser una construcción medieval). Ello conduce a confundir “el tocino con la velocidad” (incluso con la velocidad con la que aparecen y proliferan este tipo de personas) como común y vulgarmente se dice.

         Muy a menudo suele confundirse las marcas de cantero o signos lapidarios con otros signos realizados en la piedra mucho más reciente. Primeramente deberíamos dejar claro una realidad o aplicar una norma básica para diferenciar unas de otras: cuánto más inaccesibles estén las marcas, más garantías hay de originalidad. Ello nos conduce a diferenciar las marcas de cantero del grafito o grafitti.

         El grafitti o grafito se graba con un medio inadecuado (ni con cincel ni con buril), su impresión en el paramento de la piedra es menos neta, y su técnica queda condicionada al albur de la herramienta con la que se realiza. Es una impresión borrosa, característica que jamás se encuentra en la marca de los canteros. Además, el grafitti nunca se repite de una manera idéntica, cosa que sí ocurre con las marcas de cantero en las mismas o diferentes construcciones incluso alejadas cientos de kilómetros unas de otras. Ello no anula e invalida la posibilidad de un caso en el que un cantero o una mano inexperta tomara su herramienta para grabar un grafito; o a la inversa, podría ocurrir que un determinado signo lapidario fuera grabado con cierta premura y la traza resultante fuera irregular y pudiera confundir al ojo experto y éste lo calificara como grafitti.


Cruz grabada en el ábside de la iglesia románica de San Martín (Cuenca)


Cruz anqa grabada en un sillar del Arco de Bezudo (Cuenca)

         Existen otros signos grabados que son clasificados bajo la rúbrica de signos de transeúntes, passants, y cuya lectura nos lleva a relacionarlos, desde el punto de vista etnológico, con ritos de paso, rites de passage. Son signos como los de los peregrinos o romeros de los grandes santuarios (Santiago de Compostela, por ejemplo), visitantes de cementerios, vagabundos, cuya naturaleza obedece a costumbres o incluso ritos.

         Signos de prisioneros de guerra o civiles, prisioneros políticos o religiosos que dan prueba de su presencia manifestando su rabia, sus deseos, sus desesperaciones, pero al mismo tiempo también expresan sus ideales de fe. Son personas que ejercen o han ejercido diversos oficios: marineros, soldados, comerciantes ambulantes, pastores, etc.

         Dentro de esta categoría de personas, personajes o profesionales, no podemos incluir a alquimistas, templarios, francmasones (éstos últimos los dejamos un poco al aire) cuyos signos convencionales los identifican con un determinado oficio o razón de ser. Excluidos totalmente quedarían los turistas, grupos de personas muchas veces impresentables como claro ejemplo de torpe vanidad y escasa formación y sensibilidad hacia el patrimonio, si es que un turista, en la mayoría de las ocasiones, tiene algo de sensibilidad hacia el patrimonio.

         ¡Todo esto está muy bien!, exclamareis mis queridísimos chicuelos (¡casi me quedo corto!). “Sabemos lo que es una marca de cantero o signo lapidarios como tú dices, sabemos diferenciarla de un grafitti antiguo o moderno, y sabemos que no hay que hacer caso a lo que digan y, sobre todo, a lo que hagan los turistas, pero realmente no sabemos que “pintan” allí, en los muros o paramentos de las edificaciones religiosas mayormente, y civiles en menor medida. ¿Qué significan? ¿Qué nos indican? ¿Qué quieren decirnos? ¿Qué querían decir sus creadores cuando las grabaron?”.

         ¡Estáis muy preguntones hoy! ¿Eh? Vayamos por partes y poco a poco, que yo también tengo algunas preguntas que hacer y ninguna respuesta para ellas; sólo especulaciones, lo que me conduce a ninguna parte.

         Un convencimiento debemos tener claro desde el principio: son muchas y gordas las incógnitas que existen sobre las marcas de cantero como ya ha quedado dicho en este tostonero pseudorelato. A partir de ahí, podríamos desglosar esas incógnitas en incognitillas y asociarle a cada una una pregunta (¡por ser preguntones que no sea!). Preguntemos.

         ¿Por qué las marcas de cantero existen en unas construcciones y en otras no?

         ¿Por qué y cuándo se crearon?

         Si realmente van asociadas al oficio de cantero, ¿por qué no están representadas en todos los edificios de piedra construidos en esa determinada época? Es más, ¿por qué algunas marcas de cantero aparecen en algunas piedras de la obra y, por el contrario, están ausentes en otras?

         ¿Por qué hay partes de las edificaciones o construcciones en las que no hay ninguna marca de cantero y en otras hay tantas y tan distintas? No siguen un orden que se repita de unas construcciones a otras. En ocasiones se encuentran distribuidas aleatoriamente y en otras ordenadas por hiladas en los paramentos. ¿Por qué?

         ¿Cuál era realmente la función de ese signo o esa marca?

         La moderna gliptografía aceptaría como válidos estos significados: los signos lapidarios o marcas de cantero son marcas hechas por los canteros como firmas para el cobro de su trabajo; son marcas personales de los canteros referentes al nombre, creencia o procedencia social y personal; son marcas para el asiento y ajuste de los sillares.

         Pero yo, preguntoncillo “per se”, controlador y “enfermillo” de este arte, seguiría preguntando: ¿indican las marcas de cantero la cantera de procedencia de la piedra?

         ¿Realmente es el reconocimiento de la autoría de la obra con carácter de remuneración?

         ¿No podría ser más bien una marca a modo de publicidad o promoción personal del cantero al sentirse especialmente orgulloso de su obra y de su trabajo, a la vez de reflejar un afianzamiento del prestigio del taller al que podría pertenecer?

         ¿El maestro cantero aspiraba con estas marcas a que su signo quedara inmortalizado?

         ¿Las marcas de cantero aparecieron casualmente una vez que se despojó a las iglesias o edificaciones en general de la pintura que las decoraba interna y externamente?

         Hay algunos autores que creen que los canteros ponían mayoritariamente las marcas hacia el interior del paramento para no afear la obra, y yo me pregunto: ¿qué más daría ponerlas hacia afuera o hacia dentro si la construcción iba encalada o pintada, lo que ocultaría dichas marcas?

         ¿Por qué muchas marcas se repiten con mucha frecuencia y otras sólo en una única construcción?

         ¿Por qué hay quien piensa que las marcas de cantero solo se encuentran en sillares bien labrados o “escuadrados” y en los más “bastos” no se encuentran estas marcas?

         Y aventurando aún más: ¿no podrían ser las marcas de cantero un signo que las logias de constructores asignaban a los aprendices cuando éstos adquirían el grado de compañero o maestro y que debían de reproducir en todas sus construcciones además de heredarlas sus descendientes personalizándolas mediante pequeñas modificaciones en su diseño? Las pequeñas variaciones que hay entre unas y otras, ¿no son realmente ligeras variaciones en las marcas que heredaban los hijos de los padres, de ahí la tipología de marcas extremadamente elevada, desde trazos muy simples hasta trazos muy complejos?

         ¿No podrían ser las marcas de cantero un conjunto de figuras bien conocido por quienes habían sido instruidos en el oficio y conforman el alfabeto de un argot canteril?

         Preguntas, preguntas y más preguntas, pero respuestas pocas o muy pocas. Real y personalmente, no creo que haya muchas respuestas, y de las pocas que hay o pudiera haber, son respuestas imaginativas o aventuradas sin un claro fundamento documentado. Todas son suposiciones deducidas a partir de informaciones o documentaciones de la época relativas a la construcción de tal o cual edificación. Pero referencias claras a las marcas de cantero, no hay ninguna.

         Aun así, nosotros no nos vamos a desanimar antes esta falta de información verídica y vamos a continuar “aventurando” qué son y cómo son o podrían ser esas marcas de cantero. Pero antes podíamos recordar algo acerca de los maestros constructores, quizás los verdaderos artífices y creadores de las marcas de cantero.

         Algunos autores y escritores sostienen que el origen de las marcas de cantero se remonta a los grabados en edificios antiguos de Egipto, Mesopotamia, Grecia y la antigua Roma. Luego estos autores creen que las marcas de cantero vienen de largo; vamos, que no son nuevas ni frescas del día.

         Ya en la antigua cultura judeocristiana, la profesión de constructor era tradicionalmente desempeñada por personas de origen social modesto. Posteriormente, en la Edad Media, y con la creciente y casi obligatoria edificación en piedra (recordar las palabras del evangelio: … tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Mt 16, 18) se producirá la promoción del maestro de obras, que no sólo será un experto en artes mecanichae, sino también autor intelectual integrado en las artes liberales y, en calidad de tal, especializado en geometría entre otras artes pertenecientes al quadrivium (aritmética, geometría, astronomía y música). Documentación del siglo XI y XII acredita que el maestro de obra ya gozaba de un estatus muy superior al de otros artesanos. Debía saber no sólo de “mecanichae”, ingeniería, geometría y trigonometría (¡ahí es nada!), sino que además debía conocer la carpintería, e incluso casi era obligatorio conocer y tener nociones de legislatura (recordar también que sus inmediatos superiores eran los “oratores”, máximos legisladores en los tiempos de la Edad Media). Esto último, su constante contacto con sus superiores les acarreó una mayor consideración social con respecto a otros maestros de obras pertenecientes a otras corporaciones y otros gremios[1].


Letra inicial de un manuscrito que representa a la Geometría
enseñando a los monjes según la traducción latina del texto
árabe hecha por Adelardo de Bath en 1120 de los Elementos
de Euclides.

         Para hacerse una idea de la reputación que adquirieron los maestros de obra en la Edad Media, basta decir que el sólo reconocimiento social y el aprecio que las autoridades de la Iglesia sentían por los maestros de obra que edificaban sus templos era suficiente para permitirles ser enterrados en el interior de los mismos, e incluso que pudieran dejar esculpidas sus efigies junto a la de santos y obispos venerados. Esto último nos aboca a una nueva pregunta a modo de hipótesis: ¿pudieron existir talleres comandados por maestros de obra que estuvieran adscritos directamente al poder de un obispo? Mejor: ¿cabría la posibilidad de establecer una relación directa entre una marca de cantero y una mitra episcopal a modo de “homenaje” a “su obispo” como marca distintiva de ese maestro cantero o taller? Por lo comentado anteriormente y en otros “tostones románicos”, el escultor románico ha sido considerado como un servidor de Dios y un practicante ejemplar de su oficio. Autores como el padre de la Iglesia San Agustín de Hipona ya postulaban la concepción divina del trabajo del artista estableciendo de este modo una vinculación con la actividad creadora de Dios. Llegados a este punto, debiéramos plantearnos la existencia de cierta mística en torno a la figura del maestro constructor o bien considerarlos como simples artesanos cuyo trabajo estuvo siempre mediatizado por los patronos de la obra, los teólogos y, en definitiva, los obispos o autoridad eclesiástica encargada de redactar el programa iconográfico de la obra a edificar.

         Pero también llegados a este punto, debiéramos retomar el tema de las marcas de cantero y los maestros canteros que, una vez más, nos hemos ido por las ramas o por la tangente, como suele decirse.

         Antes hemos dicho que uno de los significados que la gliptografía daba a las marcas de cantero era que son marcas para el asiento y ajuste de los sillares dentro de la obra. Esto, dicho así, podría hacernos pensar que la identificación de las marcas de cantero es una tarea fácil y sencilla, cuando en realidad es todo lo contrario. Las marcas de cantero son tan diversas y tan sencillas y complejas a la vez que su identificación “real” es prácticamente imposible. Debemos tener en cuenta que ni la posición, ni la orientación, inclinación, altura e incluso la cara del sillar en la que se encuentra la marca es uniforme. Todo ello es variable, por lo que uno de los primeros problemas con los que nos encontramos a la hora de identificar una marca de cantero radica en saber si los signos corresponden a los canteros sacadores o si, por el contrario, pertenecen a quienes trabajaron a pie de obra. Aun así, podríamos establecer una cierta clasificación de las marcas de cantero, siempre teniendo en cuenta que se trata de hipótesis y suposiciones acerca de ellas.


         Dentro de las marcas de cantería propiamente dichas podríamos hablar primeramente de las marcas utilitarias. Éstas son marcas gradadas por los canteros en la cantera o en la fábrica y que contienen información suficiente para aquellas personas que manipulan la piedra, generalmente asentadores de cantería. Habitualmente, el maestro mayor de la fábrica visitaba la cantera y nutría a la obra y, por tanto, conocía la procedencia geológica del material; es más, demandaba el banco de piedra de la que quería que se extrajese el material en función de la dureza y del uso que quería hacer de ella en la obra. Ello hacía que la piedra saliera de la cantera ya grabada “en bruto”, para distinguirla de la sacada de otros yacimientos y poder así calcular fielmente su número y precio. Sin embargo, en otras ocasiones, las piedras salían de las canteras hacia su lugar de destino perfectamente escuadradas, lo que de alguna manera equipara la labor de estos canteros sacadores con los canteros que trabajaban a pie de obra. Cuando la piedra era grabada en el tajo, como suele decirse, antes de ser colocada, podría darse una curiosidad: si había excedente de piedra, y ésta estaba ya marcada, podía ser colocada en una obra o en una edificación en un tiempo en el que el maestro que la grabó ya no estuviera en la obra, por lo que ya tendríamos una nueva dificultad añadida a la hora de conocer el significado o la función de la marca de cantero, o incluso el tiempo transcurrido entre su “creación” y su “utilización”, además de poder conocer el maestro de la obra en la que está siendo utilizada dicha piedra. Esto último nos acarrea, a su vez, un nuevo problema, ya que en estos casos, los bloques de piedra podrían sufrir alguna rectificación a pie de obra, bien porque llegaban perfectamente acabados o porque, llegando escuadrados, habían de ser nuevamente adaptados. Esto último podría explicar la paradójica existencia de dos signos en la misma piedra; podría ser la marca del cantero sacador y la del maestro cantero que había rectificado la piedra para adaptarla a su ubicación específica y definitiva.

         Las marcas utilitarias han recibido diversas denominaciones en función del papel que desempeñaban en el contexto de la obra constructiva: signo de posición, de aparejo o de colocación, de orientación y localización, señales de grosor, de juntas, diseño de escultores, marcas de lecho, signos de procedencia, marcas de montaje, marcas guías que describen la línea que hay que seguir, marcas de cantera, etc. De todas ellas, las más frecuentes son las marcas o signos de cantera, las marcas de posición y las de aparejo o ajuste.

         ¡Ahí es nada la cantidad de nombres que podemos dar a una marca de cantero de las que hemos llamado “utilitarias! ¡Para que luego se diga que descifrar el significado de ellas es fácil y sencillo, como hacen algunos asignándolas a alquimistas, grupos esotéricos, templarios (algunas sí que son templarias, pero no todas como las que se les atribuye) y demás familia! Si la vida fuera así de fácil, ¡qué fácil sería la vida!



Marcas de cantero en forma de pata de oca. Este tipo de marca
se le atribuye a gremios o cofradías de constructores relacionadas
con la orden del temple. Iglesia de la Magdalena. Zamora.

         Uno de los nombres que hemos dado a las marcas utilitarias ha sido el de signos de posición. Podemos entender por signos de posición a trazos repetidos, cifras romanas e incluso árabes que se superponen grabados en la piedra. Estos signos se localizan en las hiladas que conforman puertas y ventanas. Cuando en un mismo edificio existen varios elementos que necesitan de estos signos, y para evitar riesgos de confusión, éstos se completan con letras del alfabeto que no dejan de ser signos de localización. Éstos son frecuentes hallarlos grabados en el centro de los sillares que conforman las columnas de las iglesias o los pilares de los pórticos.


Marca de cantero en la hilada de la puerta de la iglesia
de Santa María de la Horta. Zamora.

         Otro de los nombres dados a las marcas utilitarias es el de señales de aparejo, ya que estas marcas cumplen otra misión: son signos necesarios para indicar al albañil en qué sentido debe ir asentada y colocada la piedra. Algunos han querido llamarlas “marcas de ensamblaje”. Admitiendo el término aparejo, éste guarda una relación directa con la acción de aparejar/ensamblar. De hecho, se dice que la piedra está perfectamente aparejada cuando la talla y las medidas son perfectas; se denomina un aparejo isódomo (¿os acordáis del cubo de la Guada? ¡Pues otro palabrajo para él!). Estas señales suelen ser flechas, trazos, o líneas y, a veces, figuras geométricas que se caracterizan por estar grabadas en los extremos del sillar, al estar relacionadas con el sillar cercano. Se sitúa a menudo sobre la mitad del tambor de una columna o en partes del edificio en el que es importante que el nivel de los sillares sea totalmente idéntico (contrafuertes).


Monasterio de Monsalud. Córcoles. Guadalajara.

         Las marcas utilitarias también podríamos llamarlas marcas auxiliares (¡venga nombres y más nombres para una misma marca!), marcas que no hay que confundir con las marcas de cantero en sentido estricto. Al igual que las señales de aparejo, las marcas auxiliares podrían denominarse de asentamiento, de situación, de posición, de altura, de espesor, etc. Estas marcas, como las anteriores, consistían en rayas, cifras o letras de diseño sencillo que facilitaban el montaje ordenado en bloques al indicar su tamaño o su lugar de emplazamiento en las hiladas o en las dovelas de los arcos. En esta categoría podrían incluirse los planos o esquemas geométricos de partes de la obra que aparecen grabados en algunas paredes o suelos del edificio.


Colegiata Santa María la Mayor. Toro. Zamora.

Monasterio de Monsalud. Córcoles. Guadalajara.

Monasterio de Monsalud. Córcoles. Guadalajara.

Signos para facilitar la adecuada colocación
 de las dovelas del arco de una puerta.

         Más nombres a las marcas de cantero no vaya a ser que nos quedemos cortos con su clasificación (posible clasificación, ya que lo poco que se conoce de ellas obliga a darles nombres que pueda incluirlas en un tipo de agrupación para definir o explicar una hipotética función dentro de la obra o edificación).

         Vayamos con más nombres.

         Marcas de donante: son, o podrían ser, signos lapidarios que poco tienen que ver con los útiles de construcción (tijeras de sastre, hacha de leñador, arpón de pescador, ballestas, espadas, etc.) y que pudieran ser la signatura colectiva de una corporación o de un particular que, habiendo costeado parte de un sillar, columna, bóveda o cualquier otra parte de la obra, quería dejar un signo que recordase su donación. No se puede descartar que tales signos sean auténticas marcas de cantero mediante las cuales el autor quisiera reflejar su antiguo oficio. Igualmente estos tipos de signos podrían hacer alusión a la condición pasada del cantero (sastre, soldado, pescador, leñador, agricultor, etc.), incluido el signo de una S dividida verticalmente por una línea, que expresaría un estado anterior de servidumbre, al igual que una cruz podría referirse a sus creencias o devociones. Pero por lo general, el signo o marca elegida por el maestro cantero hacía referencia a un instrumento de la construcción (compás, escuadra, regla, escalera, maza, etc.) o a motivos geométricos básicos empleados en arquitectura (líneas paralelas, perpendiculares, círculo, triángulo, cuadrado, o combinación de estas figuras geométricas), o incluso a fórmulas geométricas (trazado de la sección aurea, de la raíz cuadrada de dos, etc.).


Santa María de la Horta. Zamora.


Santa María de la Horta. Zamora.


El Salvador. Sepúlveda. Segovia.
Claustro de la concatedral de San Pedro. Soria.


Lienzo sur. Santo Tomé. Ávila

         Os estaréis preguntando porqué tantos nombres diferentes para tratar de nombrar, definir o clasificar todo un universo tan complejo como es el de las marcas de cantero. A medida que las iba estudiando, también yo me lo he preguntado y, al final, siempre vamos a parar al mismo sitio cuando buscamos respuestas un tanto imposibles: el hombre, el ser humano. Éste siempre tiende a poner nombres (malos o buenos, feos o bonitos) a todo aquello que desconoce o le molesta. Eso mismo es lo que está pasando con las marcas de cantero: nombres y más nombres diferentes para tratar de hipotetizar sobre lo que son o podrían haber sido, pero una realidad o una certeza acerca de ellas, nada de nada o muy poco de nada de nada.

         Quizás en alguna que otra ocasión, “tostonizando romanicamente”, hemos hablado de la nula aparición de nombres de maestros constructores en los paramentos o muros de las edificaciones románicas. Poquísimas construcciones hay en las que aparece el nombre de una persona anteponiéndolo a un ME FECIT. Si eso ocurría, debía de esconderlo lo mejor posible o bien camuflarlo para que la autoridad eclesiástica correspondiente no pudiera verlo o darse cuenta de su existencia. Si el maestro constructor ponía su nombre a modo de autoría en una edificación sobre todo románica, podría incurrir en un delito divino de soberbia y vanidad ante Dios, pues la construcción de la Casa de Dios es obra y gracia de Dios, no de los hombres; de ahí la imposibilidad de inmortalizar la autoría de la obra.

         Si esta prohibición de autoría la extrapolamos a las marcas de cantero, tendríamos, quizás, una respuesta a su significado dentro de la obra o a la autoría de tal o cual taller o gremio de la construcción, pudiéndonos ahorrar todas estas palabras y palabras y más palabras acerca del conocimiento (más bien desconocimiento) de las marcas de cantero.

         Al igual que con las edificaciones y construcciones románicas, dar nombre a los autores de las marcas de cantero es una tarea extremadamente compleja que, en la mayor parte de los casos, resulta prácticamente imposible. Sí es cierto que hay ciertas evidencias epigráficas que atañan a la aparición, en ciertos edificios, del nombre grabado sobre la piedra de uno de los canteros, cuya inicial se repite después como marca, junto a otras, por todo el edificio, como se constata en algunas edificaciones del románico aragonés. Eso no es lo normal, ya que también, durante todo este “tostonazo” (de tostón lo hemos ascendido por méritos propios a tostonazo, directamente, sin examen ni solicitud previa) hemos  aventurado que las marcas de cantero se podrían presentar bajo la apariencia de un lenguaje o argot codificado (no menospreciemos la inteligencia del hombre del medievo; quizás deberíamos aprender de ellos más de los que nos gustaría).


Reinard de Fonoll. Autorretrato. Clausto de Santes Creus. Tarragona.

         Posteriormente a la Edad Media, o mejor dicho, al periodo puramente románico y tardorrománico, uno de los procedimientos más simples para identificar la autoría de las marcas de cantero es la consulta de la documentación generada durante la construcción de la obra, ya que, en ocasiones, algunos canteros consignaban en los libros de obra y fábrica de las iglesias su marca en el momento de recibir el precio estipulado por su trabajo a modo de recibí.

         Los que habéis llegado hasta aquí leyendo y dormitando a partes iguales este tostonazo, quizás (solo quizás) os estéis preguntando (si es que tenéis fuerza y aliento para ello) por qué no se ha dicho nada sobre las marcas de cantero en España en concreto. Todo lo tostoneado ha sido de una manera general, aunque debéis reconocer que las ilustraciones que he incluido a modo de descanso y refrigerio, son todas, o la mayoría, de regiones y lugares de España.

         Antes se ha aludido de refilón al románico aragonés en concreto, pero lo cierto es que las marcas de cantero en España no es posible distinguirlas ni diferenciarlas de otras de cualquier otra región desde un punto de vista morfológico. Para el ámbito español, no se han realizado distinciones de marca en función de la jerarquía de cada uno de los maestros canteros en el organigrama de la obra. Lámperez y Romea fue el primero en ocuparse de las marcas de cantero, pues observó cómo aumentaban progresivamente desde el estilo románico al gótico, sobre todo desde el siglo XII al XV, disminuyendo ya en los albores del siglo XVI. Pero tampoco hizo hincapié en ellas, ya que este autor hace u ofrece una significación de las mismas un tanto “descafeinada”, poco profunda, descartando de entrada que estos signos fueran un lenguaje mágico y esotérico (al menos tuvo la suficiente lucidez para no caer en el conformismo y en la conclusión fácil).

         A modo de conclusión final (¡por fin, cansaaoooo!) y personal, considero que, para tratar de comprender y hacer un estudio mucho más profundo acerca de las marcas de cantero, se hace urgente conocer en cada país y región (mejor con documentación geográfica propiamente dicha de la Edad Media o, al menos, de los siglos en los que aparecían estas marcas) los estatutos que rigen el oficio de maestro cantero, si es que los hubiera. De esta forma se podrían relacionar con otros modelos semejantes dentro de la misma región para emitir un juicio de valor. No obstante, ello requiere de un corpus en el que se recogiesen las marcas de una misma región o área de influencia, por ejemplo, de una misma cantera cuya piedra nutriera a distintas regiones, pues permitiría un estudio comparativo.

         ¡Ya no escribo más! (Tampoco hay mucho más que decir).

         ¡Hasta pronto!





[1] En las representaciones pictóricas de la época, el maestro de obras es representado a mayor tamaño que los demás trabajadores, dando órdenes e instrucciones a los operarios; incluso su posición iconográfica entre el rey (o cliente) y el administrador. También suele representarse con guantes como símbolo de su condición de trabajador intelectual especializado en la principal de las artes liberales: la geometría. Magister doctíssimus, dostíssimus in arte, nobiliter doctor in arte son algunos títulos con los que se les designaba en la documentación de la época.




viernes, 29 de noviembre de 2019

CULTURA ACTIVA Y OTRAS HIERBAS


      “La cultura no es estática, está en constante evolución adaptándose a los cambios sociales, modificando festividades, desapareciendo unas que han dejado de tener razón de ser en la actualidad, y apareciendo e implantándose otras como forma de adaptación o evolución a los nuevos tiempos”.

         La frase anterior bien podría ser una declaración de cualquier profesional de la antropología que quisiera justificar, entre otros cambios sociales, el decaimiento progresivo que viene sufriendo la festividad de los Reyes Magos como noche mágica de espera de regalos, además de señalar el fin de las fiestas navideñas, y el auge y casi implantación que ha tenido Papá Noel al comienzo de las mismas a modo de pistoletazo de salida para dar comienzo a bacanales y diversión sin coto ni medida. Lo que antes era una noche familiar y casi entrañable aderezada con villancicos y buenos deseos, hoy día es una noche “maldita”, donde la hipocresía, los rencores y los malos modos son los platos fuertes de la cena, esperando con impaciencia la gran tarta de postre que es Papá Noel pare recibir regalos insulsos e inservibles que marquen el comienzo del fin de esa pesadilla que se está viviendo un año más y que no se termina de ver el fin.

         Y la pregunta que yo me haría ahora es: “¿de verdad que ese cambio extremista en cuanto al concepto que tenemos de esa noche obedece a una cultura activa y a una evolución social, o más bien obedece a una actitud personal de cada uno provocada por una alteración de la comodidad en la que estamos instalados y que nos impide adaptarnos, no ya a los cambios sociales, sino a los demás? Creo que si hoy día habláramos llamándole al pan, pan, y al vino, vino, dejaríamos de hablar de cultura activa o pasiva, de sociedad cambiante o conservadora, y llamaríamos por su nombre a lo que realmente está sucediendo: comodidad y aburrimiento por hartazón de todo. Hoy día tenemos todo y de todo, y queremos sensaciones y vivencias nuevas que, sin sacarnos del todo de nuestra queridísima comodidad y zona de confort, si nos trate de expulsar de ese aburrimiento y soporífero vivir que se hemos convertido nuestra vida. Y digo que hemos convertido, no que se ha convertido, porque los únicos que nos hemos querido instalar en ese soporífero aburrimiento hemos sido nosotros mismos con nuestra actitud hacia la vida, hacia la sociedad y, por ende, hacia los demás.
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         Podríamos dejar de lado la tan aludida y socorrida Navidad como paradigma de fiesta bandera para justificar ese “cambio social y de costumbres” y hacer una referencia a otras muchas que van apareciendo y surgiendo de ese hipócrita aburrimiento al mismo tiempo que se están eliminando otras por atentar gravemente contra nuestra comodidad.

         Halloween, Oktoberfest, Black Friday, Cyber Monday, Babyshower, Single Day, despedidas de soltero bacanalíticas, etc, etc. Todas estas fiestas no son más que una asimmilación de fiestas de otros países (fundamentalmente fiestas norteamericanas) que las vamos o ya las hemos asimilado como propias; incluso nuestros más jóvenes las tienen inmiscuidas e interiorizadas como fiestas pertenecientes desde tiempos inmemoriales a nuestro calendario festivo, fruto de vivirlas desde la primera y tierna infancia en guarderías y colegios de educación infantil, impuestas, a su vez, por profesionales de la enseñanza instalados en ese pertinaz y dañino aburrimiento en que han convertido su vida. Sus propias vivencias las trasladan a sus pupilos en una edad en la que la asimilación de nuevas experiencias y sensaciones está en el punto más álgido de su evolución.

         Si las fiestas anteriores las analizáramos con algo más de detenimiento, concluiríamos que son fiestas populares que nada dicen de nuestro riquísimo calendario festivo, civil y religioso del que deberíamos hacer gala. Son fiestas puntuales, de un solo día en su primigenia implantación de procedencia en la mayoría de los casos, y que nosotros las hemos asimilado e implantado “sólo y exclusivamente” en sábados, no en cualquier otro día, incluso sin respetar el verdadero día de celebración. Esto último no es más que la certera y clara aseveración de lo que veníamos diciendo acerca de la maldita comodidad y el dañino aburrimiento en el que se ha instalado la sociedad actual. Incluso muchas de ellas, con sólo leer el nombre, deduciríamos fácilmente el país de procedencia. Es el país que tanto admiramos para lo que nos interesa y tanto odiamos para lo que no nos interesa. El país del que asimilamos sus fiestas (aún nos queda por asimilar el Día de Acción de Gracias sin tener ni pajotera idea de lo que es y lo que significa; tiempo al tiempo) por conveniencia, y odiamos todo lo que hace fuera de él. Estoy seguro que todos sabrían reconocer y traducir sin dificultad alguna la típica frase Yankees, go home, expresión más cerca del odio que del amor (si es que algunos saben lo que son ambas cosas y saben diferenciarlas). Una muestra más de cómo la comodidad y el aburrimiento se puede sazonar con algo de hipocresía (de ésta última, la que pida, como la harina en la cocina).
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         Pero es que esos tres virus malditos y prolíficos no solamente están infestando las “fiestas nacionales”; están carcomiéndose también la comida y la riquísima gastronomía española, esa que tanto adoran los turistas en nuestro país cuando vienen de vacaciones. Avena, alfalfa (¡es broma!), quinoa, cuscús, humus, salsa harissa, sushi, fustomaki, tofú, algas marinas, wasabi, etc., son productos o alimentos referentes de nuestra alimentación hoy día que incluso pueden llegar a calificar o descalificar a quién los consume o los deja de lado por otros más “nuestros” y, por supuesto, mucho más saludables. Hoy día desechamos por sistema los cocidos, tanto madrileños como lebaniegos, fabadas de cualquier denominación de origen, verduras de cualquier color de hoja y tallo, fruta por tener azúcares (¿qué se espera encontrar esa gente en una fruta si no es azúcar y agua?), panes y barras tradicionales, de esas de harina, levadura y masa madre, etc. Esos son alimentos que desechan “per se” por obsoletos y conservadores (no progresistas en definitiva), aunque el nutricionista más desnutrido nos diga que son los mejores y más eficaces para cuidad nuestra salud. Y los desechan porque los conocen. De los que no conocen y en tiempos pretéritos tuvieron importancia en la alimentación de sus padres y abuelos no dicen nada; ¡como los conocen! Atrás quedaron los pitos duros y blandos, los casaillos, el poleo, las sopas de leche, las rebanás (ahora se llaman picatostes y sólo se comen en mínimas dosis y en el gazpacho andaluz), la carne de membrillo, el mostillo, etc.

         Considero que llegados a este punto es tontería continuar; no vale la pena. Creo que ha quedado suficientemente demostrado que lo que los profesionales de la antropología y la sociología tratan de justificar, no tiene ninguna justificación. La cultura no es estática, eso está claro, pero tampoco su imparable activismo es consecuencia de ese cambio social al que aluden. Estoy totalmente de acuerdo en que un cambio social es producto de un cambio de sus componentes, nosotros en este caso, pero el cambio obedece más a una consecuencia del aburrimiento, hartazón y comodidad que la necesidad de ese cambio social para adaptarnos a unos nuevos tiempos impuestos por factores que se encuentran fuera de nuestras posibilidades de modificación, como puede ser el cambio climático, por mucho que se hable, se diga y se manifieste uno.

         Aburrimiento, hartazón y comodidad, a partes iguales, son las enfermedades que más daño están causando hoy día entre nosotros. Son virus que los hemos creado nosotros y estamos poniendo muchísimo empeño en alimentarlos y engordarlos como signo de opulencia y estatus social. Ya veremos el resultado de esta sobreabundancia, pero, ya a mediados del siglo pasado, muchos médicos “pueblerinos” ya diagnosticaban que la peor enfermedad del hombre era la comodidad. De momento no se han equivocado, y mucho me temo que su diagnóstico va a ser demasiado duradero, e incluso me atrevería a decir diagnóstico perenne. Diagnóstico in seculam secolurum, como diría don Ino (¡saludos para él!).


sábado, 2 de noviembre de 2019

SIN TÍTULO (que cada uno ponga el suyo)




          Toda percepción del pasado constituye un ejercicio individual de recuperación de una herencia cuyos códigos sólo pueden resultar inteligibles en un determinado marco social. Cada vez que este marco social se modifica, aquella percepción se ve igualmente alterada. Pero eso no quiere decir que su vigencia tuviera que desaparecer; se modifica al modificarse las condiciones de su aparición y mantenimiento social, pero debería alejarse de su total desaparición o, al menos, del intento de su total aniquilación, más que desaparición. Porque lo hoy está sucediendo en nuestra sociedad es una progresiva aniquilación de estructuras, formas, tradiciones y creencias del pasado porque están alejadas o fuera de todo lugar de un mundo como el nuestro, el que actualmente padecemos y al que castigamos diariamente como represalia a ese padecimiento que, indirectamente, nos lo hemos autocreado de una forma conscientemente inconsciente (aunque parezca una contradicción, que igual lo es).

         Sin embargo, esa modificación en menor medida, aniquilación como meta final, puede producirse como consecuencia de cambios sociales y estructurales propios de una sociedad viva y cambiante, lo que llamaríamos cambios sociales propios sin más, pero también por la acción de grupúsculos dominantes que incluyen entre sus instrumentos de poder la facultad de generar o seleccionar una determinada visión del pasado adaptándola y acondicionándola a sus propias creencias, ignorando las de los demás. Y si eso implica deformar la realidad para imponer su criterio, pues se deforma sin más. Parte importante de su poder lo sustentan en condicionar la forma y manera de hacer ver la realidad a los demás, además de modificar su comportamiento. Son otro grupúsculo (¡otro más!) con el derecho autoconcedido de opinar y hacer opinar sobre y a los demás. Y cuánto más alejada y más resistencia oponga esa tribu a la que se quiere domesticar, menos benevolencia se tendrá sobre ellas, mayor intransigencia se tendrá hacia ella. Esto último es lo que determina si una acción es buena o mala: la intención del agente, ya que los actos en sí son moralmente neutros. En este caso la intención queda claramente demostrada, luego la acción se califica a sí misma.

         Corrección política, posverdad, propaganda, desinformación, miedo, aislamiento social, encasillamientos, son armas que este grupúsculo utiliza para imponer su poder. Lejos de actuar como verdaderos dictadores totalitarios (¡que lo son!), actúan de la manera más vil y cobarde: tiran la piedra y esconden la mano ¡Pío, pío, que yo no he sido! Como auténticos inquisidores del totalitarismo desafían impunemente a todos aquellos que traten de desafiar lo que ellos piensan, alegando que son ofensivos. Sacan a relucir esa intransigencia y arrogancia propia del autoritarismo y la tiranía cada vez que alguien difiere en su forma de entender el mundo. Para ellos es más fácil y más provechoso verter odio hacia todos ellos que debatir con argumentos y educación (perderían su posición dominante y ventajista para equipararse a toda esa chusma que quieren domesticar y atontar).

          Violencia machista, igualdad hombre/mujer (¡uy! ¡perdón! mujer/hombre), maltrato animal, democracia, progresismo, manifestaciones, independencia, violencia callejera, justicia social, dependencia, ocupas, desahucios, emigración, racismo, …, son temas en los que está totalmente prohibidísimos posicionarse en su contra o manifestarse públicamente (o en privado; ya se sabe que las paredes oyen) contrario a los mismos, bajo pena de expulsión y exclusión social, con la imposición del saco bendito correspondiente.

         En cambio, machismo, religión católica e Iglesia, corridas de toros, Navidad, Semana Santa, domingos en general, cantares populares “picantes” (que lo bueno de los cantares que se oyeron no son lo que dicen, ni su son, sino el mundo que llevan aparejado, que en la vida, casi todos los episodios importantes tuvieron su fondo musical), comida tradicional, vacaciones, …, son temas tabú de los que más vale alejarse de ellos cuánto más lejos mejor; prohibidisimante prohibidos posicionarse a favor de ellos. La exclusión social es la mínima pena impuesta por estos inquisidores cofrades de la ofensa y del totalitarismo que ven la violencia de la palabra una fuente de diversión al alcance de todas las edades.

         Este elenco de ignorantes pasan las horas muertas leyendo cosas que refuerzan sus prejuicios y sus creencias, renunciando frontalmente a inclinar la cabeza en el ángulo adecuado para entender los argumentos del otro, que casi siempre son argumentos equivocados contrarios a la corrección por ellos impuesta. No importa que una verdad sea lo opuesto a una mentira. Lo verdaderamente importante es que su opinión es elevada a la categoría de verdad.

         La desinformación, la posverdad, la propaganda son armas de destrucción masiva que todo grupúsculo totalitario magnificador de democracias liberales utiliza para distorsionar y menospreciar los hechos objetivos verificables, menos relevantes en la formación  de la opinión pública que la apelación a las emociones o creencias personales. Estas falacias sutilmente no se imponen; tan sólo se ofrecen como una información útil y verídica para la cosmovisión de un grupo, una clase, una comunidad o un país. Claramente se ve la intención de estas acciones para calificar adecuadamente estas acciones. Sobran las palabras.

         Lo peor de todo es lo conseguido por estos odiadores empedernidos, enfermos de su exacerbado narcisismo: una sociedad cada día más castrada en su identidad, en su libertad de pensar y en su libertad de creer. Una sociedad en la que sus miembros son un número y una ficha en el ajedrez anónimo de los poderes fácticos y dominantes que vigilan, doman y domestican para conseguir un producto que pueda ser vendido y consumido.

         Toda su vida la reducen y simplifican en el patético empeño de deshacer su propia vida y su propia existencia. Ensalzan a ese gran literato manchego y tomellosero cuando decía que la vida es una historia de locos contada por gilipollas.


sábado, 26 de octubre de 2019

DON INO Y LOS INDIGNADOS DE LA ACRACIA (¡QUÉ GRACIA!)


          ¡Pobrecitos míos! ¡Ácratas! ¡Indignados! … dicen que están ¿Seguro que saben lo que es ser ácrata? ¿Seguro que saben lo que es estar indignado? ¿Por qué tienen ellos que cumplir con ciertas normas sociales por mero hecho de pertenecer a una sociedad democrática? ¡Ah! ¡Que no quieren democracia! Ya entiendo. Que ellos son los que deben decidir qué hacer y qué no hacer en cada momento, sin que nada ni nadie les diga el qué ni en qué momento. Que ellos son responsables de sus propios ellos. ¡Pobrecitos míos! Como dijo aquel sabio: la ignorancia es muy atrevida.

         Me hace gracia lo de la acracia, como también me hace gracia que sepan lo que es o lo que significa. Si a uno de estos ácratas indignados les preguntas o les dices qué es eso, como no saben lo que significa pero les ha sonado muy bien, abanderan esa calificación hasta que la vida les va poniendo en su sitio o los manda directamente a la calle o debajo de un puente. ¡Yo soy ácrata indignado! Dirían algunos sacando pecho y metiendo culo, posando como posan aquellos a los que quieren defenestrar (nuevamente ignorancia atrevida).

         Todos hemos tenido la edad de estos ácratas indignados. Hemos hecho cosas que nuestros mayores, como no podía ser de otra forma, desaprobaban, pero no creo que esos hechos pudieran ser comparables a los de hoy día. Bien es cierto que eran otros tiempos, pero quizás sea esa vetustez la que les dé más o menos valor a unos hechos que a otros.

         Nosotros teníamos lo que teníamos, que era más bien poco, por eso tratábamos de aprovechar al máximo el tiempo y las oportunidades que nos iban dando o nos iban surgiendo en nuestra vida. Estudiar, trabajar, ambas cosas al mismo tiempo, eran las actividades que acaparaban la totalidad de nuestra vida. Pero eso no quería decir que no tuviéramos tiempo para nosotros, para nuestro ocio y nuestra diversión, para nuestras correrías y, ¿por qué no? para nuestras gamberradas. Sí, eran gamberradas, pero quizás inocentes, tontas y locas, propias de aquellos tiempos y de aquella vida. Eran igualmente reprobadas por nuestros mayores, pero quizás no eran tan maliciosas ni tan intencionadamente malintencionadas.

         Lo de hoy día, lo que ocurre hoy día casi a diario no tiene nombre, al menos nombre comparable con lo que hacíamos aquellos años. Hay mucha gente que, sin justificar ni aprobar rotundamente y tajantemente los hechos que suceden casi a diario en nuestras calles y ciudades, quieran quitarle importancia aduciendo a su juventud, a sus años mozos y sus correrías. No se pueden comparar, no es comparable, no es lo mismo. Son muchas las diferencias entre unos hechos y otros, entre unos años y otros, y entre unas vidas y otras.
https://www.definicionabc.com/politica/acracia.php
         
          Hoy día, estos ácratas indignados lo tienen todo hasta la saciedad. Tienen información permanente de cualquier cosa en tiempo real en ese artilugio que llevan en los bolsillos del pantalón que incluso sirve para llamar por teléfono y comunicarse con sus semejantes, y, aún así, son muchísimo más ignorantes que nosotros, que ni tan siquiera teníamos dinero para comprar un periódico. Tienen dinero paterno o materno a cuenta de la herencia venidera para poder costearse cualquier capricho insignificante e inservible, pero se indignan si ese dinero lo tienen que invertir en su educación en forma de pago de matrículas en universidades y colegios. Tienen todo el tiempo libre, las veinticuatro horas del día, para enviarse fotos y caritas sonrientes mientras se indignan porque no tienen trabajo y, cuando lo encuentran, nuevamente se indignan porque no les pagan lo suficiente para costearse sus caprichos caprichosos e inservibles. Tienen todo el verano por delante para nomadear de descampado en descampado similizando su conducta en conciertos berreros y polvorientos mientras se indignan por no tener  una casa propia donde poder habitar dignamente a ser posible a coste cero.

         Su indignación la exteriorizan culpando a los demás de su mala vida, mientras ellos no tienen ni la menos intención de hacer lo más mínimo por tratar de modificarla. La forma que tienen de solucionar todos sus males, lejos de aceptar sus enormes errores, es queriendo “ser ellos”, ser como son, sin normas, sin obligaciones, sin atribuciones, sin leyes, sin imposiciones, sin obediencias, sin comportamientos cívicos, sin nada de nada; tan sólo ser ellos. Ellos quieren ser los dueños, los amos, los gobernantes de su vida, los dirigentes de su futuro; ser ellos, y sólo ellos, sin que nadie les diga tal o cual cosa, sin consejos, sin conversaciones sosegadas y profundas, sin socializaciones ni convencionalismos. Ellos saben y tienen muy claro lo que quieren y no quieren, y para ello no les hace falta nadie que les diga lo que tienen o no tienen que hacer. No quieren una institución que acote sus actuaciones y uniformice una sociedad en desbandada. ¡Yo soy dueño de mí mismo, y de nadie más!, oímos de labios ácratas e indignados. ¡Nadie me tiene que decir lo que tengo o no tengo que hacer! ¡Yo soy así! ¡Yo hago esto así!, son frases ácratas indignadas que enarbolan puños en alto (da igual la mano que levanten; confunden la derecha con la izquierda, y no sólo físicamente, sino políticamente) y litronas en la otra (el artilugio informativo en el bolsillo a modo de paquete simulador de paquetes ochenteros de vaqueros ceñidos por el tiro de la entrepierna).

         ¡Pobrecitos míos! ¡Qué atrevida y peligrosa es la ignorancia! Quizás sea la única enfermedad que se cura leyendo, a ser posible, leyendo algo que tenga letras y les pueda enseñar algo.

         ¡Ácratas! ¡Indignados! … ¡Y que aman y quieren la acracia! ¡Qué gracia! Seguro estoy que quieren conseguir una sociedad que no saben que se llama ácrata: a, no, κρατος (cratos), poder; no poder, sin poder, al contrario de la sociedad en la que viven, que les permite hacer lo que hacen, decir lo que dicen, y tener lo que tienen: democracia, demos, pueblo, cratos, poder; poder del pueblo. El pueblo les está dando ese poder para que han y digan libremente lo que están haciendo y diciendo libremente. ¡Y ellos sin saberlo y renegando de ello! ¡La ignorancia que maliciosa es!

         ¡Pobrecitos míos! ¡Ácratas indignados! ¡Pobrecitos míos!


martes, 22 de octubre de 2019

DON INO Y LA DEMOTANASIA


          El refranero español, bastante más sabio que quién lo utiliza (pero ¡bastante más!, sobre todo en la actualidad), siempre está dispuesto y preparado para apoyar y complementar cualquier tipo de situación, sea del índole que sea, que tenga que ver con la vida del hombre en la tierra. Y la situación que ahora os traigo a colación bien se podría apoyar con el siguiente refrán: “Con mi tiempo y mi dinero, hago lo que quiero”, refrán muy utilizado por los holgones del pueblo para justificar sus acciones ante sus, muchas veces, obligaciones. Si a ese mismo refrán lo acompañamos o complementamos con el tan utilizado desde el origen de los tiempos: “Haz lo que yo te diga, pero no hagas lo que yo haga”, ya tenemos a ese holgón inquisidor del totalitarismo dispuesto a decirnos, exigirnos y casi obligarnos a qué podemos y qué no podemos hacer, sin tener en cuenta lo que él haga o deje de hacer. Además, estos pichuleros, mayormente burgueses gracias a su condición de barrigasagradecías, tratan siempre de ponerle nombres feos y malos a todo lo que no les conviene, como es el caso del palabrajo que se está comenzando a usar cada vez con mayor frecuencia entre el vulgo: demotanasia.

         Paradójicamente, esta palabra que trata de ser un sinónimo de despoblación, no existe (no interesa la realidad a la que hace referencia) en el diccionario de la RAE. Es una palabra acuñada por la investigadora Mª Pilar Burrillo en 2015 (palabra casi bebé en nuestra sociedad) para referirse a un proceso por el que, debido a acciones políticas u omisión de las mismas, se provoca la desaparición de un territorio que emigra y deja la zona sin relevo generacional; es decir, un territorio envejecido y condenado a su total desaparición, lo que siempre se ha llamado despoblado.

         Etimológicamente, esta palabra hace referencia, a su vez, a dos palabras más: demos, población, pueblo, y Thanatos, dios de la muerte e hijo de la noche Nix. Por tanto, demotanasia podría traducirse o definirse como la muerte de un pueblo o una población.

https://educalingo.com/es/dic-pt/tanatos

         
          Si tuviera que autodefinirse como filósofo provecto, dejando a un lado mi condición eclesiástica, estaría en condiciones de afirmar tajantemente que un pueblo o una población no se muere; realmente la matan sus habitantes. El final es el mismo, pero el comienzo no: no es lo mismo morir sin más (que ya es bastante desgracia, porque como vivo no se está de ninguna manera) que te maten. No es lo mismo por mucho que lo digan esos pichuleros. Y es justo en este punto donde se enlazan y confluyen los dos refranes referidos al comienzo con esta palabreja.

         Estos interesados de turno, nuevos burgueses de ascendencia barrigasagradecías, se empeñan día a día en culpar a los demás de esa acusada y generalizada despoblación que sufren la mayoría de los pueblos, sobre todo en zonas donde tanto la orografía del terreno como el clima que padecen hacen que las condiciones de vida y las perspectivas de futuro no sean las idóneas para habitar en ellos. Sin embargo, cuando su dedo acusatorio señala a una determinada parte de la población (por no decir la totalidad), nada dicen de lo que realmente hacen ellos para evitar dicha despoblación. Los demás son los culpables de abandonar sus tierras y sus casas para buscar una vida mejor, tanto para ellos como para sus hijos, mientras ellos abandonan furtivamente, siempre en días holgones, sus casas y sus pueblos para disfrutar de su “merecido descanso” en otra ciudad (nunca un pueblo), a ser posible con más perspectiva de futuro para sus hijos y más actividades descansatorias (a ser posible con vistas al mar) para ellos. Los demás son viles desertores y renegados de su historia por abandonar su tierra, mientras ellos son los patéticos repobladores de territorios infestados de tontos pichuleros del montón que no conocen su propia miseria ni aun cuando la ven en los ojos de los otros.

         Ellos tienen el derecho autoconcedido de decir a los demás que no abandonen su territorio y su población, que deben mejorarlo y que ellos les ayudarán. Mientras tanto, mientras esa ayuda llega (nunca lo hará), ellos “descansan” al borde del mar; es decir, magnifican el refrán “con mi tiempo y mi dinero (que es de los otros por pagarle para ayudarles), hago lo que quiero”. Además, “no se os ocurra hacer lo que yo hago”, piensan ellos.

         Ya descansados, regresan al futuro territorio demotanásico para seguir hurgando, alentando y engañando a la población con promesas vanas y viles acerca de conseguir una vida mejor, con proyectos sustentados con humo que la primera ráfaga de viento de sensatez y cordura se lleva por delante. Son los primeros en quejarse públicamente de la falta de oportunidades, de la falta de vida social y laboral del territorio, a la vez que preparan su huída y próximo descanso lejos de esa moribunda ciudadanía secuestrada por su propia existencia y su mala fortuna por tener que convivir con estos embaucadores cuya única función en la vida es conmover a las gentes de bien y culpabilizarlas por no hacer o no ser como ellos, lo que jamás ocurrirá entre otras cosas porque no les interesa que eso ocurra. Mientras unos vivan bajo el yugo demotanásico, los otros lo harán sobre esa mísera libertad que implica deformar la realidad para seguir manteniendo ese binomio antagónico que les permita mantener esa superioridad y supremacía sobre los demás.

https://www.dclm.es/noticias/65029/la-despoblacion-presente-pasado-y-futuro

         
          No es propio de una persona provecta como yo, y mucho menos si tenemos en cuenta mi condición eclesiástica, hablar de este modo tan grosero y tan barriobajero, pero hay situaciones en las que, volviendo a utilizar el refranero español, hay que llamar “al pan, pan, y al vino, vino”. Sólo de esta forma quizás se llegue a poner de manifiesto quiénes son en realidad unos y quiénes son los otros. Llamándolos a cada uno por su nombre, quizás comiencen a tomar conciencia de su verdadera existencia y les brote su miseria acumulada que los haga volver al vómito.

         La hipocresía y la estupidez humana es infinita, mucho más cuando la generan este grupo de inquisidores sociales, cofrades de la mentira y la ofensa, que sacan a relucir su intransigencia y arrogancia cada vez que alguien difiere de su forma de entender sus actos y su mundo que, por cierto, siempre suele descansar sobre sólidos cimientos de ignorancia. Tratan de condicionar la forma de ver la realidad y el comportamiento a seguir por los demás. Y cuánto más alejados estén uno de los otros, menos benevolencia tendrán. Llamándolos por su verdadero nombre quizás se consiga que se miren al espejo de su propia existencia y descubran quiénes son realmente. Si el personaje que ven reflejado en él consigue hacerles sudar los ojos, la verdadera igualdad estará renaciendo, al tiempo que expulsamos a Thanatos de nuestro vulgo y acogemos y nombramos hijos predilectos de nuestro territorio y existencia a Zeus y Palas.