viernes, 12 de agosto de 2016

DON INO Y LOS "MOLONES"

          
          Eso de las modas y los cambios de costumbres siempre ha existido. Y en mis tiempos, los padres se enfadaban con sus hijos sobre las nuevas formas de vida que éstos iban adquiriendo. El enfado de los padres no era tanto por el nuevo estilo de vida adoptado por sus vástagos, sino por no continuar con lo ya establecido, con la costumbre, con la tradición. La nueva vida del hijo no era por llevar la contraria a los padres, sino como forma de reivindicarse en el mundo, en la vida, como un llamar a la puerta del avance y del progreso, siendo unas veces conscientes y otras inconscientes de lo que podía acarrear lo nuevo por establecer, y el poco conocimiento o el mal uso de las palabras avance y progreso, la mayoría de las veces prostituidas para ocultar la verdadera realidad: querer hacer lo que venga en gana el día que venga en gana, a la hora que venga en gana.

         A la par de la existencia de modas y cambios de costumbres, también ha existido siempre, y asociados a esos cambios, el borreguismo, la magnificencia de lo conseguido, y el enfrentamiento y la rotura de relaciones con todo aquel que le intente discutir su nueva cultura y forma de vida. El “conmigo o contra mí” se convierte en la mayoría de las ocasiones en el lema que agita su bandera, bandera que como todas las anteriores, las presentes y las venideras acabará desfilachada, rota y menguada en forma y tamaño de tanta agitación, y tanto ondeaje al viento. Eso es lo que quizás ellos no saben o lo ocultan si lo saben, lo que es aún peor y más peligroso, porque lo que hacen y cómo lo hacen lo hacen a conciencia y con un determinado fin oculto, casi siempre enfocado en el prójimo, y si es el más débil, mejor, más fácil es todo.

         Pero mientras que en mis tiempos y años posteriores, muy posteriores, esos cambios sociales juveniles y no tan juveniles se producían más o menos separadas en el tiempo, en la actualidad los cambios son más veloces, más rápidos, no dando tiempo a adaptarse a una moda cuando ésta desaparece de la noche a la mañana, y de la mañana a la noche aparece otra nueva.

         El motivo es bien fácil de adivinar: los creadores de las modas y sus pseudoseguidores quieren la exclusividad, quieren darse a conocer como una minoría vanguardista, rompedora, salvadora, respetuosa con los animales (ver la violencia literariamente hablando de los antitaurinos), deportistas, poco consumistas, ecológicos. En el momento que el borreguismo ensalza y comienza a agitar su nueva bandera, dicha cultura o moda desaparece para iniciar la andadura una nueva contracultura con el mismo fin que la anterior, y por supuesto que la venidera: tratar de vender cosas y molar, a la par que llamar la atención con un buen número de imbecilidades y escándalos con el único objeto de mantenerse en la palestra. Si no ha quien les diga lo guapos y molones que son, comienzan a incendiar las redes sociales contra todo aquel que no participa de sus estupideces, y cuando comienzan a darse cuenta que lo que querían hacer (si es que querían hacer algo de verdad válido) no iba a cambiar el mundo y tratar de adaptarse a sus gustos, desaparecen de la escena social y aparecen al cabo de un ratito con otro surtido de imbecilidades y estupideces muy cercanas y similares a las dejadas por sus antecesores (que en realidad son los mismos, ya que en vez de llevar pantalón de campana lo llevan de pitillo. Hay que ver lo puesto que estoy en esto para ser un cura de los siglos XIX y XX). Y es que para ellos, todo lo masivo no significa nada y tienen que sacar e inventar una nueva y absurda etiqueta social para poder soportar mejor la estupidez humana, basada, como no, en el vanaglorismo y en el miramiento de ombligo.



         Con la cantidad de vocaciones sacerdotales que había en mis tiempos, ¿os imagináis que cada poco tiempo comenzáramos un grupo de curas a tratar de cambiar la liturgia de la misa? ¿Os imagináis una misa oficiada por una caterva de estos gafapastosos? Veamos: en vez de utilizar agua y vina en la consagración, utilizarían un gin-tonic con bolitas negras parecidas a cagarrutas de oveja; en vez de una oblea de pan, utilizarían pan de pueblo con una corteza de dos centímetros de gorda, por lo artesanal y fermentación casera, lo que obligaría a sacerdotes de cierta edad a llevarse a la misa un mortero para machacar la corteza del pan para poder tragárselo en vista de las poquísimas piezas dentales de que dispone para atacar semejante lancha de pan; en vez de darnos la mano en la paz, se inventarían un saludo estilo afroamericano que los feligreses deberían ensayar media hora antes del comienzo de la misa debido a la complejidad del mismo, pero santo y seña oficial de dicha congragación; en vez de rezar el Padrenuestro cogidos de la mano, realizarían la ola, lo que añadiría un plus de calidad al oficio debido a su compenetración con el deporte, aunque con la edad media de los feligreses, … no sé yo; y ya en la comunión en vez de dar al feligrés que así lo desee una hostia consagrada, le darían una rosquilla de San Isidro o una caridad de San Antón, con el agravante de que, obviamente, los feligreses comulgados no podría tragarse así como así, teniendo que dar tiempo para su masticación y quitada de hipo posterior, entrando en este punto de la misa un nuevo elemento muy nuestro: el vasillo de “limoná”, para tratar de acelerar la quitadura de hipo y de paso fomentar la gastronomía de la zona, valor añadido tanto para la misa como el fomento del turismo en la zona. ¡Tope la misa!

         Si todo esto os ha parecido una soberana idiotez (que lo es, sin parecer ni nada) y lo trasladamos al día a día, nos daríamos cuenta de la cantidad de imbecilidades que tratar de meternos por los ojos y por la boca, además de por otros sitios, tratándonos de convencer que eso es lo que de verdad vale, lo que debe ser, lo que debemos hacer y seguir para estar en la onda y, cómo no, en la cresta de la ola. No hay día que pase sin que aparezca un nuevo producto, un nuevo complemento, un nuevo alimento, un nuevo estudio dirigido sobre tal o cual cosa que avale el nuevo estilo social estúpido impuesto. Hay mucho y muy variado, pero trataré de citar sólo algunos, quizás los más llamativos o los que más a mano nos pueden quedar a nosotros, los “normales”, los “anti”, los “criticaores”, “carcas” y “pasados de moda”.

-      Cerveza artesanal: esta mezcla de jarabe para la tos, agua oxigenada y alcohol de noventa y seis a partes iguales, con una graduación alcohólica superior en algunos casos a los siete grados, está subiendo como la espuma (no la de la cerveza) Son incontables las marcas de cervezas artesanales que están surgiendo. Parece como si cada uno de estos visionarios tuviera un alambique o una destiladora en su casa. Eso sí, ninguno siembra o cosecha su “cebá”; eso es para otros, suyo es el trabajo artesanal y la comercialización y convencimiento borreguil. Lo de ir de cañas con este tipo de cervezas puede ser lo más parecido a una quedada para zampar potitos aguados pero con mucho alcohol. La anunciada castaña futura es cuestión del número de “cucharás” de potitos.


-      Café de color azul: es el tope de la gama de imbecilidades, estupideces e idioteces. Se la denomina blue latte, y se vende por el pírico precio de ocho euracos (no sé si el trago o la taza tipo café solo negro). Su alto valor nutricionista es que es antioxidante, de lo que se infiere que este potingue no está fabricado con agua, porque si hay algo que oxide más que el agua que me lo digan. Dicen que es muy saludable y que está cien por cien libre de materia animal, lo que no acabo de entender, ya que el café no es producto animal, a no ser que se refieran al borrico usado por Juan Valdés cuando baja el café de las montañas colombianas camino al “tostaero”, o se refieran al mismo Juan Valdés, animal también él pero de otro estilo. En fin, a ocho euros la tirada, los fabricantes de Lexatín están que les topa la ropa al cuerpo, por la caída de ventas.


-      Bicicletas viejas para no montar: como estas tribus (no sé si urbanas o no) no utilizan el transporte público (apoyando lo nuestro que se llama), utilizan la tracción animal, es decir, la suya, y prefieren, entre otros transportes, la bicicleta, aunque en muchos casos, o mejor dicho, en la mayoría, no van subidos en ella, sino empujándola, signo y símbolo de la confraternización entre hombre y máquina. Pero antes de esa ceremonia, la máquina ha sido repintada con colores chillones estilo Titanlux a brocha y papal recogegotas, por si alguna vez les da por madrugar para pasear por en mitad el campo y ofrecer un colorido campestre rompedor, muy lejos del mimetismo de la fauna autóctona lo habita, pero esa es la única forma que alguien pueda reparar en ellos, aunque sólo sea para soltar una borriquería verbal muy propia y adecuada a la situación. Siempre les quedará la opción, en el piso de treinta metros cuadrados, de colgarlas en el techo y llenarlas con macetitas de cactus y bonsáis atados con bridas de electricista, aunque esto último no sea una buena idea, ya que, con el tiempo, una bolsa de bridas para un electricista profesional puede llegar a costar cinco euros por brida, con el consiguiente incremento en las instalaciones eléctricas. Para que luego digan que no convierten en oro todo lo que tocan.

Foto de Sanz J Danilo

-      Batidos de frutas y verduras (smoothies para los amigos): todo molón barbudo y gafapastoso debe tomar un batido de frutas (solo) o verduras (solo) o un potingue de ambos, si es verdad que se considera un rompedor y un amante de la comida vegana (¿vegetariano de “toa la vida”?), probiótica (seguro que casi ninguno sabe qué es eso), proteínica (ver anterior paréntesis) y protectora y preservadora del medio ambiente, aunque esto último solo puede ser cierto a medias. Después de tomar uno de esos mejunjes, esta tribu nota como poco a poco van sintiéndose mejor, sobre todo de un día para otro, cuando la papilla alimentaria comience a hacer su efecto y se pasen toda la noche dándole voces al señor Roca sin posibilidad de un alivio “levantaor”, aunque sólo ser para estirar las piernas. Como no pueden reconocer la “tontá” que han hecho, siempre les quedarán consecuencias buenas conseguidas con el brebaje, como lo “limpicos” que se van a quedar y su iniciación a la literatura en la biblioteca del pobre, comenzando, eso sí, con algo fácil y sencillito: Ulises de James Joyce. Sobre la cuarta página, con permiso duodenal, van a su mesita de noche para coger uno de sus libros de cabecera, Fray Perico y su borrico, de Juan Muñoz Martín que, para autoconvencerse de nuevo, dicen que lo leen y memorizan para cuando les cuenten cuentos a sus hijos. Más cuentistas no pueden ser. Tope.


-      Pan artesano o pan moreno: como ya dije cuando auguré una misa hípster y molona, el pan de estos contraculturas es un pan con un cortezón de tres o más centímetros de grosor, conseguida con una fermentación natural y una cocción lenta. Esto hace que el pan pueda durar algo más de un día, muy lejos del tiempo que dura una barra caliente de los establecimientos pret-a-porte orientales que hay cada dos puertas en cualquier ciudad o pueblo más o menos grande que se precie. Eso sí, el precio de esta maravilla incorruptible y fibrosa puede rondar los nueve euracos el kilo, lo que hace que no pongamos cara de extrañeza cuando en un establecimiento hostelero nos cobren diez euros por un montadito de tortilla francesa sin más más; el pan es artesanal, suele ser la justificación. Si a eso le añadimos que los huevos son ecológicos (¿o lo son las gallinas?) y proteínicos, lo que favorece una alimentación macrobiótica y ortoréxica (que tanto ellos como  yo no sabemos qué significa ese tipo de alimentación aunque mucho me temo que es una alimentación de “toa la vida” cambiada de nombre, muy de estos molones para vender y, sobre todo, encarecer productos), los diez euros del “montao” se nos hacen baratos y dejamos cincuenta céntimos de propina balbuceando algo sobre su uso en una barbería, síntoma del cabreo que llevamos por ser víctimas de otra estafa legar a la que nos abocan estos molones. Como el pan, dicen, puede durar más de un día, decidimos comernos el “montao” a trocitos pequeñitos tipo miguitas de Pulgarcito durante las cinco comidas que recomienda la OMS para darle coba a los diez con cincuenta euros del manjar, acordándonos siempre de nuestra gloriosa barra de Viena con trozos de magras dentro, sólo para merendar. Han vuelto a convertir en oro (o en miseria, según para quién) todo lo que tocan.


-      Canastas de frutas (madera de palés para ser más exactos y llamarle al pan, pan y al vino, vino): en otro intento de llamar la atención, tanto por la “tontá” como por el engaño, estos urbanitas molones han puesto de moda las canastas de madera de frutas y los complementos de interior fabricados con madera de palés. No hay casa molona ni café clónico, restaurante o establecimiento regentado por esta gente que no tenga mesas, estanterías, maceteros, armarios (empotrados y sin empotrar), sillas, etc., etc., fabricados con esa madera. Ellos dicen que son complementos ecológicos, que es madera reciclada, cuando lo cierto y verdad es que es madera rutilantemente nueva de puro pino gallego, llegando a hablar diversas federaciones regionales y nacionales de la madera de una “maderización”, o sea, una tendencia nueva en los envases con el fin de imitar la madera o realizarlos con madera. Y si fuera el Amazonas me pondría a temblar pensando en el estropicio que me harían estos molones madereros en los próximos años. Por cierto, ¿habrán oído hablar estos listos de la carcoma? Lo mismo la cocinan a fuego lento después de criarla en su casa pensando que también es comida ecológica.


-      Obsolescencia de Ortega y Gasset: aquello se “yo soy yo y mis circunstancias” que decía esta buen José lo han asimilado, abanderando y prostituido de tal forma que todo lo demás se lo pasan por el arco de sus piernas con galibo bajo con el fin que roce donde debe rozar. Ellos son ellos, y no los demás, o como los demás, y para conseguirlo y tratar de diferenciarse del resto de los “normales” han cambiado de nombre a todo aquello que les ha parecido bien, mejor dicho, más que cambiar de nombre lo han inglesizado, por no decir idiotizado. Ahora no hay compradores con personalidad comprando lo que desean, sino “Personal Shooper”, que no es lo mismo; ellos son una cosa y nosotros otra, pero sigue sin ser lo mismo. Ellos utilizan la técnica del Mindfulness para trabajar; nosotros, cuando trabajamos, prestamos atención plena en cada momento en lo que estamos haciendo, aunque no entiendo muy bien donde está la diferencia de unos y de otros, ¿quizás en que nosotros no tenemos tantos pájaros en la cabeza cuando trabajamos?. Ellos tienen “coachs” para todo y consultan con “influencers”; nosotros nos las apañamos como podemos y aprendemos todos los días del día a día, nuestros éxitos y nuestros fracasos son nuestros y de nadie más, como nuestras alegrías y nuestras penas. Eso sí, somos y seremos siempre mucho más libres y personales, sin “coachs” ni “influencers”. Ellos miran al adelgazamiento para obtener un cuerpo que cumpla con sus cánones establecidos. Para ello utilizan el “running”, el “crossfit”, el “fitness”, el yoga, la terapia dietox, comen “clean food” y no comen “bad food” y obtienen el estado “wellness” después de intentos y más intentos sin conseguirlo, pero diciendo y vanagloriándose de ello en los círculos adecuados y molones. Nosotros seguimos comiendo turrón y polvorones en verano, comemos “cascamonos” de primer plato y una sarta de chorizos y morcillas secados encima de la leñera como segundo plato. El postro puede ser pan de Calatrava o media sandía, según si el tiempo acompaña. Luego nos vamos a inflar la rueda de un tractos con una bomba manual (eso sí, la rueda pequeña). Ellos toman quinoa, bayas de Goji, aguacates (guacamole), chía, kale (berzad de “toa la vida”); nosotros tomamos patatas en bicicleta, macarrones con chorizo, migas, gachas, magras, chorizo cabecero, torreznillos de carántula, tiznao, poleo, atascaburras, patatas al montón, cebolla con huevo, perdiz en escabecha, sardinas de cuba, tortas de chicharra, rosquillos fritos, pestiños, roscapiña, torrijas, arrope, y hacemos vinos de pitarra y mistela con mucho clavo (miedo me da pensar cómo y, sobre todo, con qué harían ellos la mistela); vamos menudencias tentempiés para pasar la mañana, … y nosotros tan normales. ¡Mundo cruel!


Estos molones, hípster, yuccies o como se llamen ahora o dentro de un rato, tienen entontecida a media sociedad, sobre todo a la parte más joven de ella. Los están llevando a una sociedad de la excelencia, de ritmos frenéticos, de resultados inmediatos. Les están creando un entramado sociocultural que les construye sus propias subjetividades, eliminando de ellos cualquier resquicio de personalidad, lo que de verdad diferencia a un ser humano de otro. Da pena verlo y mucha rabia decirlo y denunciarlo, pero considero que solo así se puede llegar a cambiar toda la tontunez de la que estamos invadidos.

Muchos de vosotros consideraréis que mi denuncia social es meterme donde no me llaman, que con no hacerles caso es suficiente; que si no me gusta pues no los sigo y que deje vivir a los demás, que cada uno haga lo que quiera. Quizás llevéis razón los que pensáis eso, pero creo que yo también la llevo porque considero que todo tiene un límite, el de cada persona o ser humano, y el tener a alguien constantemente intentando cambiar los límites diciendo a los demás lo que deben y no deban hacer, lo que deben y no deben pensar, lo que deben y no deben comer, lo que deben o no deben beber, lo que deben y no deben pagar, cómo deben y no deben vestir, qué música deben y no deben oír, cómo deben y no deben trabajar, en qué deben y no deben emplearse; en definitiva, qué está bien y qué está mal.

Muy mal vamos si nos dejamos llevar y guiar por todas estas formas. El ser humano tiene, o debe tener, la suficiente personalidad para estar por encima de todo eso, y la suma de todas las personalidades de todo ser humano que forma nuestra sociedad es lo que la hace grande y fuerte. La anulación de la personalidad tiene consecuencias nefastas, terribles y horribles (ver algunos pasajes de la historia reciente de España y Europa y luego me contáis).

Soy (o fui) un “carca” (además de muy viejo y muy antiguo), y lo sé (o lo sabía), pero sé (o supe) lo que soy y siempre he querido (quise) seguir siendo lo que soy; al menos puse todo mi empeño para que nadie me anulase o me quitase mi personalidad. Es (o era) mía, y es lo que me diferencia (o diferenciaba) de los demás seres humanos. Ego sum.


lunes, 8 de agosto de 2016

DON INO Y LAS VACACIONES


          Quién no ha visto en verano a un cura, bien con una camisa gris o bien con una camisa negra, con el cuello abrochado pegado a la garganta y sellado con la típica tirilla blanca, y no se ha preguntado cómo puede ese hombre aguantar el calor que hace. Si además es un cura algo mayor y, como se dice ahora “chapado a la antigua”, lleva su sotana, la extrañeza y la incomprensión nos invaden y los calificamos como personas peculiares o singulares en el mejor de los casos. Pero lo cierto y verdad es que en mi época, la sotana, tanto en invierno como en verano, era una prenda obligatoria, con calor, con frío, con viento, con lo que fuera. Con frío o con lo que fuera todavía tenía pase, pero en verano era algo incomprensible. Y la llevábamos durante todo el verano, porque, a diferencia de ahora, los curas de mi época no teníamos vacaciones, no disfrutábamos de ese periodo ocioso en el que una persona dejaba de lado su vida laboral y se dedicaba en pleno a los placeres mundanos; es ahí, en ese periodo vacacional cuando podríamos habernos quitado la sotana, pero ni por esas. También es cierto que la vida en mi época se desarrollaba de otra manera: la casi totalidad de las personas se pasaban el verano en sus faenas agrícolas o ganaderas, no había tantos hoteles, ni la playa tenía ese estatus de paraíso terrenal. Sin embargo, lo que era invariablemente inevitable era el calor sofocante del verano, días larguísimos de sol machacándonos con calores horribles y noches sudorosas en camas húmedas. Eso es el verano, para muchos la mejor época del año, la que más les gusta, o por lo menos eso es lo que dicen.

         Siempre he estado convencido que el verano no es bueno para las personas, que no les puede gustar, por mucho que digan que es la mejor época del año. Aguantar cuatro meses temperaturas de casi treinta y cinco grados día sí, día no, no es sano, ni bueno, tanto biológicamente como mentalmente. Afirmar que el verano gusta es confundir las vacaciones, el ocio, la cervecita, la playa y la siesta (recordamos que España es el país paradigmático de la fiesta, la siesta e Iniesta) con el calor, con días interminables de sol (demostrado científicamente que es anti natura para el ser humano), y con noches y noches sin dormir ni descansar adecuadamente.

         Pero lo cierto y verdad es que pasamos la mayor parte del año esperando el verano, reclamándolo con fuerza, pensando, programando y contratando las “merecidas” vacaciones estivales, aquellas que nos van a sacar de la monotonía del trabajo, las que van a solucionar todos nuestros problemas de convivencia, las que nos van a permitir descansar más y mejor, cuando en realidad las vacaciones se pueden convertir en una trampa mortal para nosotros y para nuestra familia, amén de los problemas económicos que nos pueden acarrear por haber tirado la casa por la ventana al contratar ese viaje o estancia fuera de nuestro alcance y posibilidades, pero con la noble intención de tratar de solucionar problemas familiares. El resultado, las mayores de la veces, es totalmente el contrario y terriblemente nefasto.

         Dejando a un lado aquellos que prefieren menos días de vacaciones en un hotel de costa pero con la única obligación de comer y beber sin conocimiento, aquellos que prefieren más días en un apartamento playero con la obligación de seguir realizando las mismas actividades caseras que en su propia casa pero con la cesta de la compra disparatada un doscientos por cien por estar donde está, o aquellos que prefieren una larga estancia en el pueblo (pegar la gorra en lenguaje coloquial) visitando a familiares que no han visto desde hace casi cuatro meses (desde Semana Santa más o menos, el que haya ido al pueblo por no haberse ido al extranjero o a la playa que es lo que mola hoy en día en esa época del año), lo cierto y verdad es que las vacaciones se convierten en un desafío, en una auténtica lucha de supervivencia, en un mal humor constante aderezado con fatiga crónica y explosiones de mal humor. Vamos, flipando en colores.

         Sin dejar el sofocante y cansino calor, llegan las vacaciones que tanto nos gustan, y con ellas el primer madrugón del primer día para iniciarlas (¡empezamos bien!, madrugando más que para ir a trabajar). Cuatro, cinco o seis horas de coche, sin contar atascos en la salida y en la llegada, y retenciones hasta llegar donde vamos, sea donde sea. Una vez acoplados en nuestras nuevas estancias comienza el calvario.

         Independientemente de donde nos hayamos dejado caer, comenzamos a comer y a beber sin conocimiento, provocando hinchazones, llameteos estomacales y atascos colonarios y duodenales, lo que nos obliga a buscar farmacias para adquirir pack’s de 6 unidades de enemas desatascadores, primer alivio de mis grandiosas vacaciones.

         Si hemos optado por la opción pueblo con familiares y larga estancia, cambiamos los desatascadores por las tisanas, tila para ser más concreto y no faltar a la verdad. Garrafas de arroba y media de tila vamos consumiendo hora a hora, minuto a minuto, sin dejar de chupar ese macarrón que tenemos cosido permanentemente en la boca en un extremo y con el otro en la garrafa con ruedecillas que vamos arrastrando constante y penitentemente a modo de botella de oxígeno vital tranquilizante a medida que nos vaya haciendo falta, cuando notemos que se han pasado los efectos del trago aspirativo anterior y tenemos un nuevo episodio de arrebato asesino. Y es que la convivencia con el cuñadito de turno, los suegros halagadores y hacendosos y los sobrinos importantes hacen que la estancia en el pueblo deje a un paseo por un campo de minas en una mera anécdota bélica, en un Camino de Santiago espiritual y renovador. Eso sin contar las comidas “fresquitas de cuchara”, inventadas por los ancestrales paisanos del lugar para tratar de evacuar el calor adquirido durante la mañana, lo que nos provoca verdaderos regueros de sudor y encharcamiento camil mientras tratas de dormir un rato una siesta casi impuesta, buscando el botijo a tientas para echar un trago de agua por el lado de la boca donde no tienes cosido el macarrón tilero y vital.

         La opción playa tiene dos vertientes: opción hotel u opción apartamento. La opción hotel es una opción más corta, más tranquila, más sosegada (si es que las vacaciones son sosegadas) pero también la más cara. Este formato vacacional tiene como única obligación comer y beber sin conocimiento ni control, con las consecuencias estomacales y estreñidas ya referidas. Sabes que son pocos días, y que en ese tiempo tienes que amortizar todo lo que han pedido que tenías que pagar por esos días de asueto. Si no te atasquizas y envasquizas, llegas a tu casa con la sensación de haber tirado el dinero, aunque la hinchazón de cara, manos y pies dice lo contrario. Los próximos siete días, como poco, son de recuperación, introduciendo frutas por la cavidad superior y peras con agua y jabón Lagarto (por aquello de la sosa y el aceite usao para que salga más rápido el brazo de gitano) por la cavidad inferior, ya que el dinero que te queda no da para más, por muy baratos que estén los pack’s de 6 unidades de enemas, y aunque por el segundo pack sólo pagues la mitad. Los remedios de la abuela quizás sean nuestra farmacia particular en los próximos meses.

         Con la opción apartamento de playa la cosa cambia. Estás como en tu casa pero en la playa. Cocinas, haces la cama, barres, friegas, lavas la vajilla y la ropa (cada cosa donde corresponda) haces la compra en tiendas de barrio donde un melón puede llegar a costarte lo que todos los regalos de Reyes juntos para toda la familia, y, cuando ya parece que no tienes nada que hacer, te vas a la playa, ese oasis anual merecido en tu vida que te va a permitir sentirte como un auténtico ser humano.

         Es muy probable que no tengas que coger el coche para ir a la playa, por lo que te ahorras el buscar aparcamiento lo más cercano al borde de la playa, pero como contrapartida tienen que ser ti mismo el portador de los complementos y utensilios necesarios para disfrutar de tan merecido regalo.

         Tras un organizado y mental pensamiento para transportar tanta mercancía comienza el embarco: sombrilla al hombro a modo de fusil, bolsa de palas y pelota en el otro, sillas plegables en una mano y bolsa playera con tentempiés hipercalóricos en la otra, triple riñonera en cintura sujetas por las toallas playeras, gafas de sol negras, sombrero de paja tamaño entre segador y mejicano, y chancletas de entrededo para levantar arena hasta la altura de la espalda cuando comiences tu entrada triunfal en la arena, después de pasear garboso esos quinientos u ochocientos metros que separan la puerta del edificio de tu apartamento de la arena de la playa (del piso donde te alojas no hablamos porque no hay ascensor).

         Como te ha sido imposible bajar a las cinco de la mañana a coger sitio para plantar tu sombrilla, la hincas en mitad de la playa, a cien metros de la orilla, allí donde es imposible ver el agua del mar debido al gentío y las sombrillas champiñoneras. Una vez realizado el desembarco y edificado el palacete playero, comienza el desvestimiento y la untada de “pomá” para evitar sarpullidos y levantamiento de pellicas, terminando en el refrescante baño de agua marina, con el inevitable placer de descargar vejigas hinchadas después de tan azarosa y reconfortante mañana. Esto último se puede adivinar por la sonrisilla tipo postcoital que se te pone durante tan noble e imprescindible acción fisiológica, amén del espatarramiento y plante quieto solo alterado por el saltito obligado por la entrada y llegada de olas rompedoras en prominente barriguita cervecera y estival, siguiente tarea obligada una vez terminado el termal baño y llegada a nuestro aposento.

         Ataviado nuevamente con el sombrero seta de paja, gafas de sol negras y cartera dineraria sujeta entre la barriga y la goma del bañador, tras paseo oteador de ubres libres de vestidura por la orilla de la playa, llegas al chiringuito más cercano a por las cervecitas de rigor, bien tiradas (según el camarero) y mejor "sableas" (también por el camarero), lo que te hace olvidar el encanto visual pretérito para soltar un improperio sobre el precio de la “cebá” este año.

         Cuando te dispones a ir al hato te das cuenta que te has dejado las chancletas bajo la sombrilla antisolanera, y, con el fin de no escaldarte las plantas de los pies, comienzas a correr para llegar lo antes posible. La carrera se convierte en una lucha entre llegar pronto y mantener la mayor parte del líquido cervecero en los vasos de plástico; vamos, lo más parecido a una carrera de camareros con bandeja el día de Santa Marta. Cuando llegas, el poco líquido restante que queda en los vasos es el “cobete” que anuncia el comienzo de una serie de voces desencajadas provenientes de la parienta tumbada al sol, vuelta y vuelta, y que versan sobre el poco interés que pones para hacer cualquier cosa. Falta de afición dicen por ahí; hartura de playa afirmas tú.

         Con el fin de apaciguar el caldeado ambiente y no dar más motivos de miramientos a la familia devoradora de files rusos de al lado, la lágrima de cerveza que te queda en tu vaso se la viertes en el de la parienta, y la setaza que tenías y que has aumentado con el slalom cervecil, casi te obliga a ir de nuevo al chiringuito, pero por no ver de nuevo lacara del camarero cuando te ha respondido por el precio de la “cebá” en longa, te aguantas hasta que llegues al apartamento, última estación del viacrucis matinal antes de comenzar el vespertino.

         Cuando se calcula que ha llegado la hora de marcharse a calentar los macarrones con tomate que se quedaron hechos allá por las nueve y media de la mañana, comienza la recolección y montaje de aparataje playil. Sombrilla, paletas y pelota (¡no se “pa qué” les hemos traído), sillas plegables, bolsa chuchera (ni tocarlas; bastante he tenido con las voces, que también alimentan), toallas enrolladas y riñoneras en posición. Chancletas al pie comienza el regreso a casa, levantando arena a más altura si cabe que en la entrada debido al hundimiento de pies, propio del cansancio físico y mental.

         El paseo hasta la puerta del apartamento (de la subida al infierno mejor no hablamos) es menos garboso que el de ida y más callado; tan sólo se oye ronchar arena y soltar gargajos arenosos cuales pollos mañanero de fumador empedernío. Esta tarde más de lo mismo. Y sonreirás levemente pensando que queda un día menos para volver a tu casa, a tu querida, añorada y deseada casa, jurando y perjurando que no vas a volver a la playa … hasta el año que viene.

         Otra opción vacacional es una salida al extranjero: cualquier país del norte o del centro de Europa, incluso algún destino turístico centroamericano. Esta opción es la más cara pero también la más arriesgada, sobre todo por el avión. Pero no por el avión o aparato en sí, sino por todo lo que le rodea: huelga de controladores, huelga de pilotos, huelga de azafatas, huelga de gasolineros, cancelación de vuelos, retrasos de vuelos, sillones incómodos para dormir durante días, aseos sin duchas para asearse durante los días de espera, etc., etc. Una semana en Cancún pagada a tocateja en el mes de enero puede convertirse en cuatro días de ejercicios espirituales en el aeropuerto, dos de ida, uno de estancia en el hotel y otros dos de vuelta al aeropuerto (hogar, dulce hogar) y dos días libres menos para Navidad por haberte pasado en días de vacaciones. La culpa fue del cha-cha-cha, pero sin vacaciones de Navidad te quedas tú.

         El atontamiento jetlanguero con el que aterrizas no te hace olvidar el cabreo por la pérdida de vacaciones en Navidad, por mucho que te mires la pulsera del colorines del todo incluido del hotel donde no te ha dado tiempo ni de ponerte el bañador Turbo estilo piel de leopardo para “calentar” el ambiente. Solo tienes en mente el mojito purgante que te tomaste la única noche que pasaste en el hotel (lo que te va a evitar la compra del pack de enemas tan celebrado en cualquier tipo de estilo vacacional), y la obligatoria estancia navideña en el pueblo (con todas las consecuencias ya aludidas y avisadas con anterioridad) por el exceso de juerga caribeña que nos has “catao”. Solo pensar que quizás el año que viene tengas que volver de nuevo a ese mismo sitio en verano para saber de lo que va la vaína, te dan ganas de quedarte unos días más en el aeropuerto (al fin y al cabo le acabas tomando cariño después de tantos días acogido en su seno), en esos sillones y esos baños que tanto cariño les cogiste durante tus ejercicios espirituales antes de tu idílico destino.

         Hay más opciones vacacionales, como las Islas Canarias, llamas “la polvaera nacional” no sé muy bien por qué, o las otros islas, las Balerares, donde pueden practicas un deporte que los jóvenes ingleses, todo ebrios ellos y con modales británicos tan característicos en ellos), han puesto de moda: el “balconing”, que traducido al español significa “piscimortix”.

         Pero la verdadera opción vacacional, la buena, la válida, es quedarte en tu casa y hacer lo que te venga en gana, eso sí, sin molestar al prójimo. Descansarás (incluso el esfínter), pocas alteraciones emocionales, rutina a medias, y salud dineraria para casi todo el invierno. Para todo lo demás ya habrá tiempo, siempre y cuando tengas la intención de hacerlo.

         En mis tiempos quizás fuera más fácil, muchos más en mi caso por la propia idiosincrasia de mi profesión y mis aficiones. Misa matinal tempranera, mañana histórica donde correspondiera y tarde chocolatera y rebañadera entre devotas y feligresas, para terminar con la misa vespertina que marcaba el inicio del descanso nocturno para un día de mañana calcado al anterior. Quizás fuera más aburrido y más tedioso, pero era más saludable, sobre todo emocional y económicamente hablando. Pasaba más calor con la sotana, pero me daban menos “calorás”; daba más “cabezás” por las siestas, pero tenía menos sobresaltos durante el día. Sólo salía de mi casa para realizar visitas históricas y pastorales (que no pastoriles) pero aprovechaba más el día, día gemelo al de ayer y al de mañana, pero día apacible y placentero.

         Me gustan las vacaciones, pero también me gusta el día a día, el “carpe diem”, la disciplina, la monotonía diaria. Algunos pensarán que yo me lo pierdo, cuando tengo claro que realmente yo me lo gano, incluso lo gano. Son formas de ver las vacaciones, pero toda alteración del día a día conlleva unas consecuencias nefastas en la mayoría de los casos, placenteras en situaciones muy esporádicas.


jueves, 19 de mayo de 2016

LA PINTURA EN EL ROMÁNICO (y II)


          ¡Chicooos! ¡Venir “acá’quí”! ¡Dejar el pincho para cuando llueva más y halla más barro! ¡Si es que ahora no es época! Eso se juega antes de Navidad, que es cuando más ha llovido y hay mucho barro, y no ahora, que está todo muy seco.

         ¡Eeehh! Antes de pasar limpiaros bien el barro de las katiuskas, que luego lo vais soltando todo por ahí, y lo empringais todo. Conforme lo vayáis haciendo, ir tomando posesión de vuestra cátedra románica, que tenemos que continuar con el tema de la pintura románica que dejamos a medias.

         ¿Estáis ya todos acomodados y preparados? ¿Sí? Pues empezamos.

         En el capítulo anterior comenzamos a tratar la pintura en el Arte Románico. Vimos la función que ésta tenía dentro y fuera de las iglesias y templos románicos, cómo ejercía una influencia fundamental en la vida de las personas que asistían a los oficios religiosos, aleccionándolos sobre los males mundanos que les acechaban y ofreciéndoles la salvación y la remisión de sus pecados. En definitiva, una función docente, enseñándoles por medio de imágenes aquello que no podían aprender por medio de la lectura, debido a ese analfabetismo galopante que imperaba en casi la totalidad de la población románica.

         Hablamos de cómo estaban pintadas las iglesias y templos románicos tanto por fuera como por dentro, desechando y erradicando de una vez por todas la idea de templos e iglesias con la piedra desnuda, tal y como los podemos disfrutad en la actualidad. Vimos como esa desnudez pétrea es fruto de salvajes restauraciones llevadas a cabo por inexpertos arquitectos y tercos párrocos (mucho más que yo, por supuesto; otros habrá peores) que buscaban una nueva ambientación de sus templos e iglesias con el fin de atraer a más fieles a los oficios divinos, pero pagando un altísimo precio por ello al despojar a estas iglesias de sus encalados, interiores y exteriores, y eliminando la ambientación tradicional y original de ellas, pérdida que jamás podrá ser recuperada, al contrario de lo que puede ocurrir con la escultura, que algo sí que se puede recuperar por medio de una buena restauración.

         Por último hablamos de los colores que utilizaban los pintores románicos, su forma y manera de conseguirlos, lo más usuales, los más baratos, los más caros, las tonalidades más comunes, etc., dejando para esta segunda parte cómo los aplicaban sobre las paredes y muros, es decir, cómo pintaban en definitiva los pintores románicos, qué técnicas utilizaban, qué pasos o etapas debían de tener en cuenta para decorar muros y paramentos. Y de eso es de lo que vamos a tratar hoy.

         La pintura mural románica, como ya dijimos en el capítulo anterior, es una pintura bidimensional, sometida a un soporte que viene determinado por la arquitectura. El artista occidental partirá de la esquematización de las formas hasta llegar a una composición geométrica, alejada de la concepción naturalista de los elementos. Las figuras se construirán según ejes verticales y horizontales de simetría, y el espacio seguirá un criterio bidimensional. La línea es el elemento predominante, dibujando las figuras y definiendo las zonas donde se aplicarán los colores, que serán tratados como tonos fuertes, ya que las pinturas se verán con poca luz.

Virgen María. Ábside de San Clement de Tahüll (Lérida)

         La decoración pictórica del interior de las iglesias románicas se llevo a cabo mediante la técnica del fresco, consistente en la aplicación de los colores sobre un enlucido todavía húmedo. Se trataba de una técnica muy compleja que exigía a los pintores mucha habilidad y rapidez en el proceso de elaboración. Esto, dicho así, de pronto, no parece nada difícil, por muy compleja y habilidosa que pudieran hacernos creer que es esa técnica pictórica. La realidad es muy distinta. La pintura al fresco es una técnica compleja, laboriosa y muy lenta, como veremos más adelante, aunque hoy día nos pueda parecer una tontería decir que pintar o decorar una iglesia en su interior sea algo complejo, laborioso y lento, sobre todo lento. A lo largo de estos últimos años hemos podido ver cómo la parroquia y las ermitas de Torralba han sido repintadas totalmente en su interior y no nos ha parecido nada complicado ni lento; laborioso sí, porque, obviamente, hay que trabajar, pero nada complicado ni lento. Nuevamente tenemos que hacernos extemporáneos (¡cómo me gusta la palabreja!), tratar de pensar y sentir como los pintores románicos, de ponernos en su lugar y comenzar a decorar interiormente una iglesia o templo románico con los medios técnicos y materiales que poseían en esa época, no en la nuestra. Solo así nos daríamos cuenta de cuan laboriosa y compleja es su tarea de pintor decorador.

         El material básico y fundamental para pintar al fresco era la cal. Pero no penséis que la utilizaban para enjalbegar las fachadas o las habitaciones (iglesias y templos en este caso) y dejarlas todas ellas de un blanco inmaculado. No, nada de eso. La cal, en la pintura al fresco, es el material base y, a la vez, el material soporte en el cual se va a sustentar toda la pintura, que como ya os habréis dado ya cuenta por las imágenes que vamos visionando, no tienen nada de blanco; al contrario, como ya vimos en el capítulo anterior, se utilizaban muchos colores para la pintura, utilizándose muy poco el blanco; tan sólo para dar algo de profundidad o perspectiva a la imagen, pero muy alejado de un muro totalmente blanco.

         Sin tratar de profundizar en el tema, ni de hacer una exposición químico-geológica de la formación y obtención de la cal (no es nuestra función el conocer en profundidad dicho elemento), no nos vendría mal, aún asi, sobre todo para nuestra formación en general, conocer algo mejor la cal.

         La cal se obtiene por la cocción de rocas calcáreas (rocas calizas), es decir, rocas sedimentarias compuestas por carbonato de calcio (CaCO3) e impurezas en cantidad variable, como el carbonato de magnesio, la arcilla, la sílice, óxido de hierro, etc. Una vez triturada la piedra caliza, se introducía en hornos de leña a una temperatura aproximada de 900 ºC. La descomposición de la caliza a esta temperatura provoca la obtención de la cal viva (óxido de calcio). En esta transformación, la piedra caliza pierde anhídrido carbónico (CO2), lo que le supone, a su vez, una notable pérdida de peso y una reducción de volumen. Para su empleo en construcción o en revestimientos murales es necesario apagar esa cal viva en agua, lo que se conoce como “extinción”, un proceso muy delicado y que entraña peligro, ya que la reacción de la cal viva con el agua es muy violenta, y el calor que se puede desprender puede alcanzar los 300 ºC. El material resultante, por tanto, es la cal muerta o apagada, la cal que tiene la capacidad de fraguar y unir. Esta cal es la que se va a utilizar como conglomerante, ya que, aunque con muchas diferencias, vuelve a recuperar la composición química de la roca de partida (salvando las distancias, repito); de ahí la resistencia, en especial, al agua que adquieren las pinturas realizadas al fresco.

Anuncio a los pastores. Panteón Real de San Isidoro (León)

         Como venimos diciendo, los pintores románicos utilizaron la pintura al fresco para iluminar interiormente, sobre todo, sus templos e iglesias. Es una pintura ejecutada sobre un revoco (mezcla de cal, arena y agua) aún húmedo, todavía fresco (de ahí el nombre). Los pigmentos, generalmente de origen mineral, se dispersan en agua, y son fijados (aglutinados) por la cal del enlucido cuando éste se ha secado. Decir que a diferencia de los tintes, los pigmentos no penetran en la estructura porosa de los materiales, sino que se depositan sobre su superficie y permanecen fijados (pegados) gracias al aglutinante.

         En la pintura al fresco, los pigmentos deben ser aplicados al tiempo que el agua se evapora de la argamasa de cal. De esta forma se unen íntimamente con la cal, mientras que ésta absorbe anhídrido carbónico (CO2). Durante este lento proceso, se forma sobre la superficie del enlucido y los pigmentos una sutil película de carbonato de calcio (CaCO3) (aquí vamos a aprender hasta química. ¡Qué borriquería!). La nueva formación mineral, lisa y cristalina, envuelve los colores haciéndolos insolubles y proporcionándoles la textura y saturación característica de esta técnica pictórica.

Con anterioridad a estas labores, el pintor románico procedía a la preparación del muro mediante la aplicación de las diferentes capas de mortero, que reciben el nombre genérico de enlucidos (del latín lucere: brillar, resplandecer. Aplicar sobre una pared un revestimiento de yeso o cal con la intención de protegerla, alisarla o embellecerla).

         Los primeros estratos de mortero que se aplican para regularizar la superficie de la pared suelen estar constituidos de una argamasa de cal con una mayor proporción de arena con respecto a las siguientes; generalmente se trata de mezcla de cal apagada y arena con proporción de 1/3. A este primer revestimiento se le da el nombre de enfoscado. La correspondiente expresión latina a este término sería trullissatio, aunque el término arriccio es el más utilizado. El enfoscado son las primeras capas de enlucido que de manera casi invariable encontramos en la pintura mural y medieval y, como no, románica.

Microfotografía ejemplo donde se puede observar la superposición de tres estratos pictóricos sobre el mortero: 1: mortero;
2: primeracapa de pintura amarillo-verdosa;
3: segunda capa depintura anaranjado claro;
4: última capa de pinturaroja;
5: restos del adhesivo de cola de origen animalutilizado en el arranque de la pintura.
Los materiales identificados fueron tierra roja y amarilla, negro carbón,
calcita y dolomita (foto Laboratorio de Químic del IPHE).

         Los estratos siguientes, denominados revocos (intonaci) preparan definitivamente la pared para recibir la pintura. Estas últimas capas, de menor espesor que el enfoscado, son de textura más fina ya que gradualmente se rebaja la granulometría de la arena y se aumenta la proporción del conglomerante. En algunas ocasiones, se llegaba incluso a aplicar una última lechada de cal destinada a recibir los colores.

         Si habéis estado atentos a la explicación de la técnica de la pintura al fresco, os deberíais estar preguntando cómo es posible mantener tanto tiempo una pared o muro completamente húmedo para poder decorarlo de ese modo. La respuesta sería muy sencilla: simplemente no lo hacían, no mantenían completamente húmeda la totalidad del muro o la pared, sino sólo aquella parte que el pintor románico considerara que le daría tiempo a pintar en un determinado tiempo, generalmente en un día; es lo que se conoce como giornata (jornada en italiano). Su nombre hace alusión directa a la metodología de este tipo de trabajo, en la que tan sólo se enluce aquella superficie de la pared que se puede pintar en un día, tiempo durante el cual, y dependiendo de las condiciones de humedad y temperatura en las que se trabaje, el enlucido se mantiene aún húmedo (fresco), lo que permite fijar los colores sólo mediante la carbonatación de la cal sin recurrir al empleo de otros aglutinantes externos. Es por esto que en la técnica del fresco se encuentran siempre señales o indicios de haber aplicado la última capa en varias etapas sucesivas.

         Como el trabajo del artista estaba condicionado a que permaneciera húmedo el enlucido sobre el que se iba a pintar, se hizo necesario, como hemos visto antes, parcelar la superficie del muro en pequeños sectores que fueran fácilmente abarcables. De esta manera, una vez preparado el soporte con la primera capa de enfoscado, se trabajaba por “andamiadas”; es decir, superficies regulares que se cubrían con la definitiva capa de mortero en la medida que permitía la disposición del andamio.

         Ahora es cuando vosotros tendríais que decir: “Sí, el curita lleva razón como siempre, pero no tengo claro cuál es la diferencia entre jornadas y andamiadas; a mí me parecen las dos cosas lo mismo. No encuentro la diferencia”.

         Bien. Efectivamente, ambas palabras pueden llevar a la confusión, sin embargo la diferencia está clara: el término andamiada hace referencia a las porciones de enfoscado que en primer lugar recibe la pared con el fin de regularizar su superficie, mientras que las jornadas se refieren a las últimas capas de enlucido, la que hemos llamado revoco. Esa es la diferencia entre ambas.

         Como es lógico, la disposición de las andamiadas corresponde a la altura de las plataformas de madera colocadas junto a las paredes para aplicar los enlucidos; de ahí su nombre. Su distribución en la superficie de la pared, muro o paramento sigue unos esquemas verticales y horizontales, y habrá tantas divisiones verticales como alturas del andamio fueran necesarias para enlucir todo el muro. Las subdivisiones horizontales de las andamiadas suelen determinar la anchura de superficie que puede enlucir el pintor desplazándose por el andamio.
Sección idealizada de un muro con pintura mural en la que se ilustra la estructura más común del soporte.

         Para ser honestos y fieles a la verdad y a la realidad, en la técnica del buen fresco no se aplica color sobre las andamiadas, puesto que éstas son una etapa intermedia en la preparación de la pared. La auténtica pintura se realiza sobre las jornadas, sucesivas aplicaciones de una argamasa más fina sobre la que se pinta por etapas. El modo de trabajar característico de la pintura románica presenta un esquema de distribución del trabajo pictórico que reúne los esquemas de disposición de jornadas y andamiadas, constituyendo una especie de paso intermedio. La andamiada es la primera aplicación del enlucido sobre la pared. Sobre las andamiadas, o lo que es lo mismo, sobre la capa primera de enlucido, se aplica el definitivo revoco que recibirá la pintura. La aplicación del revoco se dividirá en jornadas tanto más pequeñas cuanto mayor sea la complejidad del dibujo. Sirva como ejemplo de este modo de trabajo la restauración de las pinturas de la iglesia de San Pelayo de Perazancas de Ojeda, en la provincia de Palencia (la provincia de Europa donde más Arte Románico hay por metro cuadrado), donde los técnicos llegaron a contar hasta dieciocho andamiadas en la bóveda del ábside y otras tantas en los muros.

Pinturas del ábside de San Pelayo de Perazáncas (Palencia)

         Una vez que se tenía preparada la andamiada, y antes de pasar a pintar definitivamente el ábside, la bóveda o el muro, el pintor procedía a la organización de la composición de la obra a través de líneas guía que delimitaban los espacios de los motivos o las escenas que se iban a pintar. Para ello se servía de unas incisiones sobre el enlucido fresco realizadas con un objeto de hueso o de metal; de esta manera el dibujo quedaba inciso en el muro. Otra variante era el sistema de la cuerda batida mediante el cual se podían trazar con gran exactitud líneas verticales u horizontales. Consistía en tensar una cuerda que se batía a modo de arco sobre la superficie todavía blanda del enlucido, dejando su huella tímidamente impresa en él. Otras veces se trazaban a pincel líneas finas de color rojizo para componer la geometría de los rostros de las figuras; es la sinopia, un nuevo concepto que aparece en la pintura románica.

         La sinopia consiste en la realización de un dibujo previo o preparatorio sobre el arriccio con un color rojizo denominado ocre de Sinopia (una localidad cercana al Mar Negro, de la que procedía el color y de la que toma el nombre). Como esta capa de enlucido lleva otra encima (el intonaco) que se aplicaba por jornadas, la sinopia podría parecer, a priori, un trabajo inútil, pero era de gran ayuda como guía de la composición para corregir errores del boceto (debemos tener presente que dicha composición de la obra debía ser aprobada por el comitente redactor de todo el programa iconográfico y pictórico de la iglesia o templo) y para determinar las partes (jornadas) en las que trabajar cada día. Se podía realizar a mano alzada o con la ayuda de cuadrículas. Además, como la sinopia y la pintura definitiva estaban realizadas sobre dos morteros diferentes o enlucidos diferentes, la unión de éstos presentaba la parte más débil de la composición. Esta débil unión es la que van a aprovechar los técnicos (y expoliadores de arte) para separar o “arrancar” la pintura de la pared y llevársela, bien a museos para su conservación y exhibición para disfrute de todos los amantes de este arte, bien a sus propias casas para una posterior venta al mejor postor con fines lucrativos (expoliadores). De ahí que cuando estas pinturas han sido quitadas de su lugar de origen, aún se pueda apreciar la composición pictórica de la obra, ya que lo que realmente se ve después es justamente la sinopia, ese primer boceto. Los restos de pintura de la iglesia de San Baudelio en Casillas de Berlanga, son, quizás, el ejemplo más paradigmático de esta técnica de pintura románica.

San Baudelio. Casillas de Berlanga (Soria)
Pinturas sin arrancar a comienzos del siglo XX

San Baudelio. Casillas de Berlanga (Soria)
Pinturas sin arrancar a comienzos del siglo XX

         Aunque el método que hemos descrito fue el más utilizado por los pintores románicos, es posible que no siempre se llevaran a cabo de esta forma. La ausencia en muchos casos de líneas incisas sobre los perfiles de los motivos representados, evidencia una forma más inmediata y directa de trabajar.

         Después de conocer con más o menos profundidad la técnica pictórica románica, muchos de vosotros os deberíais estar preguntando cómo es posible arrancar la pintura mural de su lugar de origen, qué técnica utilizaban, cómo lo hacían, quienes y porqué lo hacían. Son preguntas curiosas que deberíamos de tratar de contestar en un tema como éste, dedicado a la pintura románica, aunque si habéis estado atentos a las explicaciones anteriores alguna pista que otra ya hemos dado. ¿Os acordáis que dijimos que primero se echaba sobre el ábside o muro el arriccio y luego el intonaco, dos morteros diferentes cuya unión era más débil de lo deseado? Pues por ahí pueden ir las cosas. Veamos.

         Arrancar un fresco de incalculable valor histórico puede parecer una intervención cruel, sacrílega, herética, arriesgada y extrema, pero a menudo ha sido la única forma de salvar el patrimonio pictórico amenazado por el expolio (amigos de lo ajeno) y el deterioro de los elementos. Esto lo saben bien los expertos conservadores y restauradores de los museos más importantes del mundo, entre los que se encuentra el MNAC (Museo Nacional de Arte de Cataluña) como ya comentamos con anterioridad.

         Además de su básica función de mantener y conservar dicho patrimonio, se solía recurrir a realizar esta operación cuando el sustrato de la pintura había perdido su cohesión, hasta tal punto de hacer imposible su consolidación “in situ”, cuando la adherencia de la película pictórica del sustrato era deficiente o cuando el sustrato era demasiado delgado. Entonces se optaba por salvar la capa de pintura arrancándola y trasladándola a un nuevo soporte como si de un decorado teatral se tratara. La técnica utilizada se denomina strappo (arranque, tirón, despegado en italiano), un sistema rápido y sencillo de realizar que se popularizó en la zona catalana y de los Pirineos a finales del siglo XIX.
Arranque de pinturas en Santa María de Tahüll (Lérida)
19 de diciembre de 1919

de pinturas en Santa María de Tahüll (Lérida)
19 de diciembre de 1919

Arranque de pinturas en Santa María de Tahüll (Lérida)
19 de diciembre de 1919

         El sistema para realizar el strappo consiste en aplicar una o varias capas de gasa de tela pegadas al muro con un adhesivo (cola orgánica generalmente) que al secar tiene la suficiente fuerza como para llevarse la pintura cuando se tire de la gasa (previamente se debía insolubilizar la superficie pictórica mediante la aplicación de una resina, un polímero acrílico en solución, ya que las pinturas murales, como ya sabéis, presentan cierta solubilidad al agua). La elección de una tela y un adhesivo adecuados determinarán en gran medida el éxito del arranque. Si el adhesivo no tiene la suficiente fuerza o no penetra lo suficiente en la película pictórica, es probable que parte de ésta permanezca en el muro.

         La pintura, una vez arrancada, se suele enrollar para facilitar su transporte. El paso final consiste en limpiar el reverso de la pintura para colocarla en un nuevo soporte. En este momento es cuando se puede retirar la gasa de protección, utilizando humedad para separar el adhesivo que tenía pegado.

         El strappo presenta la ventaja de ser un método directo que permite la separación de grandes superficies en una sola pieza, demostrando su utilidad a la hora de arrancar pinturas de superficies curvas como bóvedas, ábsides o cúpulas, aunque en la mayoría de los casos (sobre todo en el siglo XIX cuando este técnica era la única conocida y utilizada) no se extrae con todo su espesor, ya que casi siempre queda en la superficie mural una impronta constituida por el dibujo preparatorio (la sinopia, ¿os acordáis?) o por una sutil película de color. Esto mismo es lo que ocurrió en San Baudelio de Berlanga, en Casillas de Berlanga, Soria, como comentamos anteriormente; de ahí que en sus muros aún se conserven las improntas de las pinturas arrancadas o strappadas.


         Sin embargo, no todo van a ser virtudes en esta técnica de trabajo, ya que también presenta unos inconvenientes que hace que su empleo esté poco extendido en la actualidad. El principal y mayor de los problemas es que cuando la pintura se añade al nuevo soporte tras ser arrancada, tiende a presentar una superficie anormalmente plana y uniforme, debido a la pérdida de las pequeñas ondulaciones naturales de la pared; a esto habría que añadir pérdida de película pictórica y un abombamiento de las telas del traspaso. Aun así, la aparente sencillez del método y su bajo coste hace que éste fuera el método idóneo para el expolio de murales por parte de los amigos de lo ajeno.

         Una saga de restauradores que introdujeron en España esta técnica a principios del siglo XX fueron los italianos Stefanoni, que se lanzaron por toda Europa para responder a la llamada del mejor postor y expoliar pinturas y murales románicos para luego venderlos a museos, sobre todo americanos. Por aquellos años no había legislación en España sobre este patrimonio y la entonces Junta de Museos de España contrató a esta saga para que trabajara para ella y le ayudara a recuperar obras de excepcional valor, como los ábsides de San Climent y Santa María de Taüll, San Joan de Boí o Santa María de Aneu, todos ellos en los Pirineos, principal zona de trabajos de estos italianos.

Lapidación de San Esteban. Sant Joan de Bohí (Lérida)


Ábside de Santa María d’Áneu (Lérida)

         Lamentablemente no son muchos los conjuntos de pinturas románicas que ha podido salvarse y que se conservan en diversos museos, sobre todo en el MNAC. El motivo se debe fundamentalmente a transformaciones posteriores del edificio para adecuarlo a otros estilos artísticos acordes con la época. Sin embargo, de la importancia que llegaron a tener estas pinturas nos da cuenta el ábside de la iglesia de San Climent de Taüll, en el Pirineo catalán, conservado en el MNAC. Se trata de un formidable Pantocrátor que ocupa gran parte del ábside. Está sentado sobre el arco iris y dentro de una mandorla mística (aureola de forma elíptica o almendrada que encierra la figura de Cristo como símbolo de gloria) Alza la mano derecha en señal de bendición y sostiene en la izquierda el libro de las Escrituras en el que se puede leer Ego sum lux mundi, “Yo soy la luz del mundo”. Alrededor de la cabeza ostenta el nimbo con la cruz, y encima de sus hombros están escritas la primera (alfa - Α) y la última (omega - Ω) letras del alfabeto griego que simbolizan el principio y el fin de todas las cosas. Es el Cristo del final de los tiempos, el Señor del universo que en su segunda y definitiva venida hace que se inclinen ante Él los ángeles y la creación toda. Alrededor de Cristo aparecen el Tetramorfos, y completan el espacio un serafín y un querubín. En la parte inferior se representa a la Virgen y cinco apóstoles.

Pantocrator de Sant Climent de Tahúll (Lérida)

         El colorido es suntuoso, con predominio de grises y azul pleno y luminoso en el entorno de Cristo para romper las gamas cálidas del resto. El tratamiento de los pliegues es también muy importante: los hay rectilíneos sobre el pecho y las piernas, pero los de la manga derecha parecen volar, y entre las rodillas la tela se riza en finos arabescos.

         Los rasgos del rostro nos enseñan su geometrización: los ojos son dos severos círculos negros; la nariz, dos líneas paralelas que dividen el rostro y se prolongan en unas cejas altas y abiertas que agrandan el gesto de la cara; la barba y el pelo un alarde de geometría compositiva y de esquematismo lineal. Todo ello inscrito en el potente óvalo de la cara.

         No encontraremos ni modelado, ni simulación de profundidad. Todo es línea marcada, rotunda y color. Una pintura plana que acusa más de frontalidad en Cristo que en los ángeles y personajes que le rodean y que giran la cabeza para mirarlo.

         El objetivo se ha conseguido: la representación perfecta de una divinidad sobrenatural que “no es de este mundo”. Al ámbito sobrenatural remite su fuerza, su inmovilidad y la fijeza de su mirada.

         Ahora os daréis cuenta por qué en el logotipo de esta aventura románica aparece esta pintura. Es de las más importantes, si no la que más, de las que se conservan en el mundo de este estilo artístico. Apareció intacta tras la retirada de un retablo de época posterior; de ahí su ocultamiento, su descubrimiento y su conservación. Por suerte no es la única, pero por desgracia es de las únicas que podemos contemplar tal y como los artistas románicos la concibieron. Un regalo para cualquier persona que admire este arte y un deleite para cualquiera que tenga la posibilidad de su admiración. Nadie queda indiferente ante ella, os lo puedo asegurar. Mi consejo es que, si tenéis la posibilidad de contemplarla, lo hagáis. Seguro que os lo agradeceréis. No lo hagáis porque os deje tranquilos por mi cansinez, sino por vosotros mismos, como agradecimiento por ser quien sois: unos auténticos romanicófilos.

         ¡Hasta pronto!