¡Dais
la voz o todavía estáis privados! ¡Vamos, vamos, que no es para tanto! ¡Bebed 7
traguitos de agua sin respirar para que se os quite el susto! Eso es lo que se
hace cuando alguien tiene hipo y no sabe cómo quitárselo. Los más mayores sí
que lo recuerdan. Algunas veces funcionaba y otras no, como todos los “consejos
de abuela” que antiguamente se aplicaban para tratar de sanar o paliar males
relacionados con la salud.
Pero
independientemente que esos remedios funcionaran o no, lo que siempre me ha
llamado la atención era por qué tenían que ser 7 traguitos y no 8 ó 6 ó 10 ó 5
ó cualquier otro número. ¿Sería que como los teníamos que beber sin respirar
era el número exacto y justo para aguantar sin aire? No creo que fuera por eso.
El motivo era otro, era el valor simbólico que desde tiempos inmemoriales se le
daba a los números y, por lo tanto, también al número 7. ¿Os habéis fijado que
el número 7 está más presente en nuestras vidas de lo que parece? 7 Sacramentos,
7 pecados capitales, 7 días de la semana, 7 vidas tiene un gato (¡ja, ja, ja!),
7 dolores de la Virgen María, 7 iglesias de Asia, los 7 sellos, dragones con 7
cabezas, 70 veces 7 que aparecen en los Evangelios (sííí, ya sé que la cabra
tira al monte, pero entended lo que soy y entended o tratad de entended todo
esto del Arte Románico).
Durante
la edad media, anterior a ella y posterior a ella, el hombre ha tratado siempre
de expresar sus sentimientos y de explicar sus sensaciones por medio de
símbolos, que no son sino informaciones creadas por el ser humano dentro de un
contexto determinado para expresarse, para mostrar una realidad, su realidad, y
revelar al alma humana lo transcendental, lo no manifestado.
Pues
bien, el Arte Románico está lleno de simbolismo. En una sociedad prácticamente
analfabeta en su totalidad, la religión impregna y define casi todos los
aspectos de la vida cotidiana, y la construcción de iglesias y catedrales no
iba a ser ajena a esa impregnación simbólica por un lado, y religiosa por otro,
sobre todo religiosa. Dios pasaría a estar omnipresente en sus vidas, sería el
centro de su vivir, el punto de partida y el punto de llegada.
Este
será uno de los principales mensajes que la Iglesia, como poderoso estamento de
la sociedad feudal, tratará de enviar a toda una población mayoritariamente
analfabeta. La Iglesia tratará de culturizar a sus fieles y propagar a los
cuatro vientos sus dogmas y verdades evangélicas por medio del Arte Románico,
utilizándolo como la herramienta pedagógica para adoctrinarles. Construirá
iglesias y templos para mostrar su poder, pero al mismo tiempo educará a sus
fieles iletrados por medio de la fe, encargada a su vez de separar lo divino de
lo humano. El templo o iglesia será un espacio sacro, una representación del
cosmos, donde quedará representada la dualidad sagrado-profana,
celeste-terrestre, divina-humana.
La
unidad conceptual románica no es solamente un planteamiento intelectual de
hombres del siglo XI. Responde también a una coherencia de orden difícil de
comprender por el ser humano (metafísica) exigido por el principio de analogía
de que “lo que está aquí abajo es como lo que está allí arriba”.
La
gran coherencia intelectual que se impusieron a sí mismo los hombres que a
mediados del siglo XI concibieron el Arte Románico en su totalidad, no es más
que la consecuencia de la excelencia con la que trataron todo lo relacionado
con la Divinidad de Dios, desde lo intelectivo que se adentraba en el misterio
de Dios, a la construcción en la que habitaría el mismo Dios entre los hombre
(templos e iglesias), incluyendo la liturgia que habría de cantar su gloria.
En
el Arte Románico, los encargados de diseñar tanto los programas iconográficos
como la simbología de los templos fueron los teólogos redactores, con profundos
conocimientos no sólo en filosofía teológica o de explicación e interpretación
bíblica, sino también de liturgia cristiana, historia, cultura, astronomía,
etc.
Construimos
en piedra
Desde
un punto de vista arquitectónico, el templo es ya en sí mismo todo un símbolo,
y los demás elementos que lo complementan, los pictóricos y los escultóricos,
se funden armónicamente en una unidad. El símbolo que subyace en la
arquitectura del templo románico es el de la fusión de la profunda dualidad de
lo que existe, es decir, de lo divino con lo humano, de lo celeste con lo
terrestre.
El
templo es la casa de Dios y, por tanto, deberá diferenciarse de los otros
edificios profanos. Y la primera diferenciación va a estar en el material que
se utiliza para su construcción. Lejos de utilizar los mismos materiales con
los que se construían las casas donde habitaban las personas (barro, madera,
carrizo, etc.), para la construcción de los templos e iglesias se utilizaba la
piedra.
La
dureza de la piedra ha impresionado al hombre desde tiempo inmemorial,
simbolizando la eternidad, por lo que el culto relacionado con las piedras
estuvo muy extendido en las comunidades prehistóricas. Recordad todos los
complejos arquitectónicos prehistóricos construidos con dólmenes, menhires,
etc. que aún podemos apreciar en la actualidad y que, aún hoy día, son
visitados por miles de personas, sobre todo en fiestas muy señaladas, como el
solsticio de verano (Stonehedge), ya que se supone que son observatorios
astronómicos construidos para adorar al Sol cuando éste era considerado un dios
para aquellas comunidades prehistóricas. Esta divinidad solar pasó a la
civilización egipcia con el nombre de Ra, civilización ésta que también utilizó
la piedra para construir sus más importantes monumentos funerarios, las
pirámides, que después de tantísimos siglos aún podemos contemplar en una digna
plenitud.
Pero
no sólo se utilizó la piedra por su dureza y su símbolo de eternidad, sino que
también el teólogo redactor aplicó su doctrina cristiana; aplicó el evangelio
de Mateo: “… y Yo te digo que tú eres
Pedro, y sobre ti edificaré mi iglesia, y las puerta del abismo no prevalecerán
contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos: lo que atares
sobre la tierra, estará atado en los cielos; lo que desatares en la tierra,
estará desatado en los cielos.” (Mateo 16, 18-19).
Este
pasaje evangélico, además de ser la base para la construcción en piedra de la
morada de Dios, designa las llaves como el atributo más importante para
identificar a Pedro en una representación apostólica.
San Pedro portando las llaves como su principal
atributo.
Arquivolta de la portada de Santa María del Rey.
Atienza (Guadalajara)
Solo
la iglesia construida en piedra aguanta el paso del tiempo (Se hizo roca mi casa al construir la casa
sobre roca). Pero al mismo tiempo también pretende ser una representación
en miniatura del cosmos, un espacio sacro donde se supere la dualidad
sagrado-profano, celeste-terrestre, divina-humana.
Pero la piedra
guarda en sus entrañas la imagen de la Divinidad que la creó, y el hombre (el compañero
constructor armado de cincel y mazo) debe ponerla al descubierto para el resto
de los hombres. El origen primero y último de cada talla románica, de cada una
de las esculturas que nos interrogan desde portadas, frisos, capiteles y
canecillos, no es otro que el sugerir con formas sensibles los arquetipos
divinos presentes en la
Creación y transmitidos al hombre en el Paraíso. El templo románico
se convierte así no sólo en símbolo por sí mismo, sino además en soporte de
símbolos que hablan a los hombres de las verdades primeras y de Dios mismo.
Su
presencia en la cristiandad recordará al templo de Jerusalén en la
justificación de la salmodia hierosolimitana (nueva palabreja para nuestra
jerga particular) que inmortalizara el salmo 25: “Amo la morada de tu casa / el lugar de asiento de tu gloria.”
…
y en lo alto
Al
igual que en otras religiones celestes, la morada de Dios está en lo alto;
también en el cristianismo, en el cual a Dios se le invoca como “El Altísimo”.
Por todo ello, hay que elegir la ubicación del templo en función de ese
apelativo,, que debe ser lo más elevada posible, alzándose en la parte más alta
de la población, como en una colina desde la cual se domine la aldea. Si ello
no fuera posible por la horizontalidad del terreno, se elevan sus muros dentro
de lo que permitiera la tecnología arquitectónica del románico, alzándose con
él dominadores campanarios que se elevarían hacia el cielo.
Santa Cecilia de Vallespinoso. Aguilar del Campoo
(Palencia)
Unión
celeste y terrestre
Los
tres elementos esenciales de un templo o una iglesia románica son la cabecera,
la nave y la torre. La unión de todos ellos refuerzan sus efectos individuales
para conseguir un todo superior a sus individualidades; sinergia en toda su
extensión. Esa acción aditiva trata de simbolizar la unión de dos mundos: el
del hombre y el de Dios.
Cuando
en un capítulo anterior hablamos de la arquitectura románica, dijimos que una
de las características primordiales –si no la más importante- del Arte Románico
era el uso del arco de medio punto. Observándolo detenidamente vemos que dicho
arco se compone de una parte semicircular y otra parte cuadrada o rectangular.
El
arco de medio punto no fue elegido caprichosamente pensando sólo en el juego
arquitectónico que pudiera dar, sino porque el semicírculo y cuadrado
simbolizaban lo celestial (la bóveda celeste, lo alto) y lo terrenal (4 lados,
4 direcciones cardinales, 4 estaciones, 4 elementos, 4 evangelios, …, lo bajo)
respectivamente.
La
planta cuadrangular o rectangular, simbolizando con sus cuatro lados la Tierra, nos remite al
Génesis, donde se define la
Tierra como un cuadrado
que flota en el abismo sobre el cual reina la divinidad. En el centro de este
cuadrado se encuentra el paraíso terrenal del que parten los cuatro ríos que se
dirigen a los cuatro puntos cardinales. El cuatro (4) es, en la numerología
pitagórica, el número que define las estaciones, los cuatro puntos cardinales y
los cuatro elementos del universo terrestre: aire, tierra, fuego y agua.
El
círculo es el sol, simbolizando así mismo la perfección y la divinidad. El
movimiento del universo es circular. Los ritmos cósmicos, el recorrido de los
astros, los cambios de día, de las estaciones, el calendario agrícola, los
crecimientos biológicos ordenados en cíclos, ...; todo es cíclico.
En
los monasterios benedictinos, el oficio divino se desarrollaba según dos
círculos concéntricos. El primero aquel que describe todos los días el canto de
los salmos: maitines, laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas.
El segundo ciclo, el anual, se organizaba alrededor de la fiesta de la Pascua
(Domingo de Resurrección).
El
ábside, situado en la cabecera del templo es semicircular y representa al
Cielo, por lo que este espacio es el más sagrado (altar), cuyo acceso está
limitado a los mensajeros de Dios (clero). Realmente, el cielo no interesa como
tal; interesa porque es la morada de Dios.
En
el templo, el “cielo” son también las bóvedas. Todas sus modalidades giran en
torno a la esfera como representación de la perfección (bóveda de cañón, medio
cañón, un cuarto de cañón, casquete, etc.). Por encima de las bóvedas se
encuentra la cúpula que representa la esfera celestial, la perfección celestial,
con la función terrenal de iluminar el crucero. Esta cúpula está ubicada encima
del crucero, que acoge a menudo en las cuatro esquinas del soporte del techo la
imagen de los cuatro evangelistas. Esas esquinas del soporte pueden ser bien
pechinas o bien trompas.
La
unión de la nave con la cabecera representa, de esta forma, la unión de lo
terrenal con lo celestial (arco triunfal).
Unión de lo celeste con lo terrestre
Otro
símbolo de la comunión de lo terrestre con lo divino es la torre románica que,
bien asentada y cimentada en el suelo, se alza gloriosa apuntando al cielo que
quiere alcanzar.
Torre de la iglesia de Santa María del Durro
Cristo
crucificado
En
la construcción de la arquitectura románica, algunos de sus elementos
arquitectónicos están encadenados a formulaciones que van más allá de las
trazas geométricas. Muchas iglesias románicas presentan una planta en forma de
cruz latina, creándose un claro paralelismo con la cruz y Cristo crucificado;
adquieren la forma de Cristo en la Cruz.
Los
templos románicos suelen tener su núcleo principal en torno al altar. Es el
lugar sagrado del santuario, el ábside. En el latín de los teólogos de la época
se denominaba “caput”, cabeza. Cuando comparan el templo con el cuerpo de
Cristo, indican aquí el lugar que le correspondería a la cabeza. Los brazos de
la cruz apuntan a los cuatro puntos cardinales; de ahí que en el vocabulario
arquitectónico habitual se sigan usando los términos cabecera, brazos del
transepto, y pies de la iglesia,
en total equivalencia con las partes del cuerpo de Cristo. Cualquier templo
dotado de crucero tiene forma de cruz a los ojos de Dios (mirando desde
arriba).
Ciertamente
pueden parecer estas opiniones estereotipos a elucubraciones del mundo moderno
con rasgos de trasnochado pietismo, pero en los textos de la época se aludía al
carácter simbólico que no entendía nada en el mundo que no fuera o tuviera
representación divina.
Orientación
de las iglesias románicas
El
simbolismo arquitectónico del templo románico va mucho más allá, y se relaciona
con la luz. Toda iglesia medieval, y por ende, románica, tiene su cabecera o
ábside orientada hacia oriente, fuente de luz, dirección de Jerusalén, ciudad
santa donde murió Jesús, símbolo del Paraíso. El simbolismo subyacente es que
el altar, situado en la cabecera, debe estar del lado donde aparecen los
primeros rayos de luz del alba. En el altar está Cristo, y Cristo es la luz del
mundo que ilumina al hombre y le saca de sus tinieblas. (Ego sum lux mundi –Yo soy la Luz del Mundo-, Apocalipsis, Juan 8, 12). El hombre permanece en “su
noche” hasta que la luz de Cristo le ilumina espiritualmente, como hace la luz
solar desplazando la noche al amanecer. La luz que entra por la ventana del
ábside es la luz creadora de las formas y de las cosas, indicando el sol
mañanero la creación de un nuevo día, es decir, la creación cotidiana.
Luz creadora proveniente del Este
De
este modo, la iglesia se sitúa frente a la esperanza, a la resurrección de
Cristo, y por la posición que ocupa con respecto a los cuatro puntos
cardinales, la iglesia dirige la procesión de los hombres hacia los estallidos
de la gloria de la próxima venida del Salvador, hacia el este, en
contraposición del oeste, donde el sol se oculta, región de las tinieblas y de
la muerte. De ahí que el muro de la fachada occidental de cualquier templo o
iglesia se reserve para la representación del Juicio Final, en la que los
elegidos y salvados se encuentran a la derecha de Cristo, mientras que los
condenados se encuentran a su izquierda.
Portada de Santa María la Real de Sangüesa
(Navarra)
A la derecha de Cristo, los elegidos, los
salvados. A la izquierda de Cristo, los condenados al infierno.
Observad las caras feas de la izquierda; son los
condenados
Perpendicularmente
al este y al oeste están el norte y el sur. El norte es la región de la
oscuridad y las escarchas (portada del cierzo, por el frio que proviene de esa
parte), y su fachada está dedicada al reino de la ley, con representación del
ciclo del Antiguo Testamento. El sur representa al mediodía, de donde viene el
calor. Evoca la idea de Cristo Salvador, del reino de la gracia. Su fachada se
encuentra decorada con escenas del ciclo del Nuevo Testamento.

Pero
como tantas y tantas veces hemos dicho a lo largo de todos estos capítulos que
hemos compartido juntos, en el Arte Románico nada es casual, nada se deja al
azar; todo tiene su por qué y, como no, su base eclesiástica, y esta
orientación no iba a ser una excepción. La orientación este-oeste de un templo
románico aporta al Arte Románico una contenido simbólico-espiritual
proporcionado por el versículo 27 del capítulo 24 del evangelio de San Mateo: “Cómo el relámpago que sale del oriente y
brilla hasta el occidente, así será la venida del Hijo del Hombre.”
De
esta orientación se benefician las horas litúrgicas de los distintos oficios
religiosos, pues por la mañana es iluminado el ábside (este), durante el día el
costado meridional (sur), y al atardecer la fachada occidental (oeste),
quedando siempre el costado septentrional (norte) a oscuras.
El
hombre, cuando accede al templo por la puerta oeste, tiene el norte a su
izquierda y el sur a la derecha. La izquierda siempre ha tenido mal augurio,
como lo prueba la doble acepción “sinister” – “siniestra”. La derecha ocupa en
todas las civilizaciones el lugar de honor, atestiguada por los textos,
imágenes y costumbres (Cristo sentado a la derecha del Padre). Incluso dentro
de la nave de la iglesia había separación en cuanto a la ubicación de sexos
dentro de ella. Los hombres se situaban a la derecha, mientras que las mujeres,
consideradas inferiores y, en algunos casos, seres maléficos, se situaban a la
izquierda.
Pero
tanto unos como otras permanecían en la nave, en la parte terrenal del templo,
sobre el suelo, que es el que permanece en contacto con los fieles. Este suelo
representa el “plano terrenal”, en donde se desarrolla la vida del hombre, y
donde se desarrollan mayormente los elementos verticales del edificio, que son
los elementos destinados a enseñar al hombre el camino que se acerca a Dios.
Cuánto más alto, más cerca de Dios; a poca altura, más cerca de los hombres.
La
cabecera, el muro, el crucero, las puertas, las fachadas, el cimborrio, el altar,
…, todo estaba al servicio de la belleza, pero también en una inevitable
articulación divina que sometiera la materia al espíritu, como afirmaba Ulrico
de Estrasburgo: “… Dios no sólo es
completamente bello en sí y como fin de la belleza, sino que además es causa eficiente
ejemplar y final de toda la belleza creada.”.
Y
fue la Iglesia, como estamento, la encargada de fomentar y auspiciar esa
belleza en sus templos con el fin de transmitir a los fieles iletrados un
mensaje pedagógico revestido de formas simbólicas. Ese mensaje al fiel es
sencillo pero múltiple:
·
Dios
es uno, como una es la cabecera de la Iglesia, aunque tenga varios ábsides. Uno
como una es la cúpula central.
·
Hay
un mundo de las tinieblas y un mundo de la luz, y hay un camino para ir de las
tinieblas a la luz, como un camino hay desde la entrada occidental del templo
hasta el altar, a oriente.
·
Ese
camino tiene una guía, que no es otra que Cristo. Hacia su figura debe
dirigirse el fiel en el camino anterior, cuando lo contempla como Pantocrátor
en el ábside mientras avanza por la nave central.
Fue
la intención de esos viejos edificios medievales ser habitáculos de la verdad
cristiana interpretada de la forma más bella posible del momento, en pequeñas o
enormes construcciones que unían la calidad de sus obras a la gloria divina que
poseían en su interior.
¿Qué
os ha parecido este capítulo? Demasiado místico, ¿no? Es cierto, pero como
habréis podido comprobar, ya en el Arte Románico todo lo realizado tenía un
porqué y una finalidad determinada. Como venimos diciendo en todos estos
capítulos, en el Románico nada se dejaba al azar, tono tenía su porqué. Los
teólogos redactores tenían muy claro el cómo y el dónde de una construcción
románica y eran los que elegían la temática religiosa a representar en
tímpanos, capiteles y portadas. Los magister muri, como sabéis, no eran más que
meros arquitectos de esas construcciones sin ningún tipo de decisión a la hora
de elegir la temática, tanto del Nuevo Testamento como del Antiguo Testamento,
como de su ubicación.
Pero
no creáis que todo era tan serio y formal. De vez en cuando, tanto los magister
muro como los propios escultores, se permitían ciertas licencias a modo de
“venganza” hacia esos teólogos redactores por la disciplina casi militar a que eran
sometidos en sus trabajos cotidianos. Esas licencias normalmente se encontraban
en los canecillos de las iglesias, templos y catedrales, donde expresaban sus
sentimientos, sus vicios, sus regocijos, sus formas de vida y de diversión, sus
“pecadillos”, etc. Sin embargo, también de vez en cuando, se permitían camuflar
o esconder ciertas figuras entre la temática religiosa esculpida en tímpanos y
portadas. Y si no, observad las siguientes imagenes y decidme qué véis.

¿Lo
habéis visto? Sí. Es un cerdito esculpido entre una arquivolta que la utiliza a
modo de mesa o baranda; su cabecita por encima y sus patas por debajo de ella.
Esta figura se encuentra en la portada de Santa María de Uncastillo (Zaragoza).
Y es que, por mucho que se quiera, no se puede poner puertas al campo, aunque
la Iglesia monopolizara todo lo construido y por construir. Por mucho rigor
constructivo que quisiera imponer, siempre el cantero escultor podía salirse de
esas directrices marcadas y expresar algo fuera de ese mundo eclesiástico
impositivo como desfogue y descarga emocional.
Como
veis, no todo en el Románico es rigor y disciplina. También hay cierta libertad
constructiva del hombre para poder expresarse libremente. Esto, aunque no lo
creáis, es casi exclusivo del Arte Románico. Con la llegada del Arte Gótico, y,
sobre todo, del Renacimiento y el Barroco, estas licencias prácticamente
desaparecen, volviendo de nuevo los constructores a esa total dependencia
constructiva de la Iglesia.
¡Hasta
pronto!